El aullido y el lamento 2: La sinfonia del vínculo - Capítulo 70
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- Capítulo 70 - 70 Salvajes
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70: Salvajes 70: Salvajes (Diana) Sus dedos se apretaron con furia en mi cintura, tirando de mí, acercándome a él.
El calor que irradiaba era casi insoportable, como estar pegada a un horno.
Cada golpe de su bajo vientre contra mi trasero era una embestida fuerte y posesiva.
El ritmo se aceleró, cada vez más rápido, cada vez más fuerte.
No había rastro de autocontrol.
Este no era el Víktor tierno y paciente.
Esto era el Lycan.
Lo escuché rugir, un sonido bajo y gutural que vibró desde su pecho hasta el mío.
Podía sentir la fuerza pura de esa bestia.
Sentí sus dedos aferrarse a mi trasero en una última embestida que llenó de su cálida esencia mi interior.
Un espasmo me recorrió, una sacudida eléctrica que me robó el aliento.
Su cuerpo abandonó el mío y cayó sentado tras de mí.
Yo me desplomé por un momento sobre las pieles, tratando de recuperar el aliento, mi corazón martilleando contra mis costillas.
Quería más…Pero había una precaución necesaria que tomar primero.
Una sonrisa salvaje se dibujó en mi rostro.
¿Quién dijo que la precaución no podía ser parte del juego?
Me estiré hacia mi bolso mágico, tirado entre nuestra ropa descartada.
Víktor me miraba expectante, sus ojos dorados fijos en mí, siguiendo cada movimiento.
Saqué un par de viales de agua del manantial.
Con una lentitud deliberada, derramé el agua sobre su entrepierna.
Él siseó, un sonido agudo, y su cuerpo dio un espasmo por el frío.
Mis manos siguieron al agua, dándole calor, masajeando.
Fue un acto de limpieza, sí, pero mis dedos se demoraron, estimulando, limpiando los rastros de nuestra primera batalla con una devoción casi ritual.
Una vez que el agua terminó su trabajo, no le di tiempo a pensar.
Mi boca se cerró sobre él.
Lo sentí temblar, un gruñido bajo vibrando en su garganta.
Justo cuando sentí que su cuerpo estaba a punto de estallar, me detuve.
Me aparté, mirándolo con una sonrisa retadora.
Me senté en su regazo, frente a frente, nuestros cuerpos chocando, y sentí de nuevo la comunión de nuestros cuerpos.
Mis caderas respondieron de inmediato con movimientos furiosos, dibujando círculos que hacían gemir al Lycan.
Me reí, sintiendo el poder cambiar de manos.
¡Era mi turno!
Cerré los ojos y tomé prestados los sentidos agudos del lobo.
Su mundo se abrió para mí: el olor a tierra húmeda, el humo del fuego, el sudor en su piel y, por encima de todo, el olor penetrante de su propia excitación.
Inhalé y susurré en su oído: —Puedo oler tu excitación, Lycan.
Mi mano se aferró a su cabello, tirando hacia atrás, dejando su cuello vulnerable a mis mordidas.
Sentí sus manos grandes y ásperas en mi cintura, como tratando de controlar el movimiento de mis caderas, de retomar el dominio.
Mi cuerpo no lo permitió.
Yo seguí marcando el ritmo, arañando su pecho, mordiendo su hombro, tirando de su cabello.
¡Quería esta lucha!
Quería llevarlo al borde de la locura con cada círculo que mi cuerpo dibujaba sobre el suyo.
Su agarre se volvió más fuerte, más posesivo.
Sin separar su cuerpo del mío, se puso de pie en un solo movimiento fluido de pura fuerza.
¡Me levantó con él!
Solté mi agarre de su cabello, sorprendida, dejando mi cuerpo caer hacia atrás, como desvaneciéndose.
Sentí una mano en mi espalda, la otra permaneció en mi cintura.
Me sostuvo en el aire.
Sentí cómo usaba mi cuerpo para su placer, seguía embistiendo, yo sentía que me hacía suya mientras flotaba.
Entre aquel placer cegador, de alguna forma recuperé la postura, aferrándome a él.
Con un ligero golpe de mi talón en su pierna, lo obligué a volver al piso.
Perdió el equilibrio y cayó sentado sobre las pieles.
Se acostó, y ahora yo recorrí con la mirada el cuerpo de mi presa.
Me senté sobre él.
Sus manos se aferraron a mis pechos, apretando con fuerza.
Mis caderas se movieron con locura, rápido, sin control.
Gemía y gritaba, liberando toda la tensión, toda la rabia de la montaña.
Hasta que lo sentí.
Un orgasmo liberador, una explosión de sensaciones y humedad que me sacudió por completo.
Casi de inmediato, y con una sutileza que me sorprendió, Víktor guio mi cuerpo tembloroso, recostándome sobre las pieles a su lado.
Lo miré, agotada.
Él me seguía viendo con fuego en la mirada.
Hizo un ademán exagerado, teatral, esa chispa del Víktor juguetón mezclada con la bestia.
—Mi amada Nextherian —dijo, su voz ronca—, permítame por favor beber de su humedad hasta embriagarme.
No respondí.
No podía.
Estaba temblando.
Mientras se preparaba para devorarme, mis manos se aferraron a su cabello, guiándolo hacia mí.
Sentí el calor de su lengua, la sensación increíble, lo sentía literalmente bebiendo mi orgasmo, saboreando mi humedad.
¡Oh, dioses!
Mis manos traicioneras le impedían separar su cabeza; sus manos me impedían cerrar las piernas.
El sentimiento era abrumador.
Espasmo tras espasmo, mi cuerpo se retorcía rogando por un descanso.
El Lycan me torturaba con placer.
Tiré con fuerza de su cabello.
Él gimió, sumiso, siguió mis órdenes.
Se separó y se movió, hasta que quedamos frente a frente, yo recostada y el apoyando su peso sobre mí.
Me besó con locura, obligándome a probar mi propia humedad de sus labios.
El sabor era una mezcla de él y de mí, salvaje y adictivo.
«Eres un degenerado», proyecté en el vínculo, el pensamiento cargado de una risa traviesa.
«Te amo, Lycan».
Por un momento, nos quedamos compartiendo una mirada de complicidad.
La cueva estaba en silencio, un silencio hermoso interrumpido solo por nuestros jadeos, por el esfuerzo de devolver el aire a nuestros pulmones.
Me puse de pie y él me abrazó, atrayéndome contra su pecho.
Sentí sus dedos recorrer mi piel, su aliento caliente sobre mi frente al tiempo que sus manos recorrían cada marca de mordida, rasguño y golpe que ahora teñía mi piel de un suave color rojizo.
No era doloroso; era como si estuviera…
agradeciendo, y disculpándose por la fuerza que había desatado.
Puse mi mano en su pecho, sobre su corazón que latía con fuerza.
En ese momento, lo sentimos.
No fue una decisión, fue…
una explosión.
Una conexión salvaje vibró entre los dos.
Me miró de nuevo, y esa mirada…
¡oh, dioses!
Esa mirada lo era todo.
Dio un paso hacia atrás y su cuerpo se transformó, la energía roja arremolinándose a su alrededor.
Los músculos se expandieron, el pelaje negro brotó, las garras se afilaron.
Liberó al Lycan por completo.
Sentí su mirada salvaje, la mirada de un cazador.
Pero se acercó con suavidad y puso una de sus garras sobre mi hombro.
El tacto fue ligero, casi reverente.
No tuve siquiera oportunidad de sentir el peso de su nueva forma, cuando mi propio cuerpo se retorció.
¡Fue increíble!
Era su esencia, su poder de Lycan, fluyendo hacia mí a través del vínculo.
Mi cuerpo lo aceptó, lo entendió.
Me desaté en una transformación que era mitad mía y mitad suya: un Lycan, sí, pero con un pelaje rojizo.
Nos quedamos frente a frente.
Salvajes.
Lo que sucedió después…
fue indescriptible.
No fue como la primera vez en la habitación de Víktor, no fue caos.
Fue…
sintonía.
Éramos dos bestias, dos depredadores reconociéndose.
No hubo ternura.
Hubo garras, dientes, una lucha por el dominio que era, en sí misma, la forma más pura de hacer el amor.
Recorríamos la pequeña cueva, en un abrazo salvaje y pasional, chocando contra las paredes, rodando por el suelo.
Cuando todo terminó, las pieles en el suelo estaban destrozadas, hechas jirones.
Las paredes de la cueva mostraban surcos profundos de garras por todas partes.
Estábamos jadeando, magullados, agotados y más vivos que nunca.
Sin hablar, le transmití una idea.
Así como él me había compartido su esencia provocando mi transformación, yo quería compartir la mía con él.
Si él podía prestarme su geomancia, yo podía prestar mi naturaleza cambiante…me concentre, lo pensé, lo deseaba…sucedió.
Nuestros cuerpos Lycan se contorsionaban hasta volverse un animal cuadrúpedo, un par de lobos huargos ¡Éramos libres!
Recorrimos el bosque como lobos gigantes, una estela roja y negra danzando entre los árboles.
Corrimos por el pueblo dormido.
Para los pocos humanos despiertos, éramos un par de animales salvajes de la montaña, demasiado peligrosos para acercarse.
Llegamos al hotel.
Volvimos a nuestra forma base detrás de unos arbustos, desnudos y riendo, nos escabullimos sin ser vistos hasta la puerta de la habitación, Víktor me detuvo.
Me miró, con el rastro dorado en sus ojos.
—Oye, ¿sabes?
—dijo, con voz ronca y una sonrisa tonta—.
Esto de ser lobo no está tan mal como creí.
—¡Cállate, Lycan bobo!
—dije, riendo y dándole un empujón.
Abrimos la puerta… Samara se sorprendió por nuestra abrupta llegada.
Estaba sentada en la cama, su libro olvidado en el suelo.
Pero nosotros nos sorprendimos aún más.
Sus ropas estaban en el piso.
Estaba sentada con las piernas abiertas de par en par, una enorme marca de humedad en las sábanas y su cabello enredado la delataban.
Sintió todo.
Compartió todo.
Los tres nos miramos.
Samara, entre jadeos, solo pudo decir: —Eso…
eso fue…
muy intenso.
Me acerqué a ella.
La conexión que había sentido con Víktor, ahora la sentía con ella.
Estaba a punto de besarla, cuando me distrajo la voz de Víktor.
—Un hechizo de contención de ruido sigue activo en la habitación.
Me quedé mirando a Samara, una mezcla de sorpresa y desafío en nuestra mirada compartida.
Ella solo me miró.
Tomó mi rostro con su mano, llevando sus dedos a mi boca.
Era el sabor inconfundible de su placer, lo entendí al instante, al igual que aquella noche en la montaña, cuando yo volví, compartieron su ternura conmigo bañándome en caricias, ahora, Samara había sentido el fuego purgando nuestra derrota, quería…necesitaba compartir esa furia para liberar la suya.
Me senté detrás de ella en la cama, mi espalda contra la pared, la suya descansando contra mis pechos.
Mis manos apretaron los suyos.
Vi la mirada de Víktor.
Sabía que sus sentidos estaban a flor de piel.
Susurré en el oído de Samara, lo suficientemente alto para que él lo escuchara: —La cena está servida.
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