El aullido y el lamento 2: La sinfonia del vínculo - Capítulo 72
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- Capítulo 72 - 72 Dolor que sana
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72: Dolor que sana 72: Dolor que sana (Samara) Me desperté con una lentitud deliciosa, como si emergiera de aguas profundas y cálidas.
Por un instante, solo fui consciente del peso reconfortante de la pierna de Diana sobre la mía y del suave murmullo de la respiración de Víktor cerca de mi oído.
Abrí los ojos.
La luz grisácea de la mañana en Rocagris se filtraba por la cortina de la habitación del hotel, iluminando una escena de tranquila devastación.
Diana estaba profundamente dormida, acurrucada contra mi pecho, su cabello rojizo esparcido sobre mi hombro.
Víktor yacía a mi espalda, su brazo extendido sobre mi cintura en un gesto de posesión inconsciente, su respiración profunda y rítmica contra mi nuca.
Estábamos los tres enredados en un nudo de sábanas y confianza, un contraste absoluto con la frenética batalla de placer que habíamos librado horas antes.
Recordé el agarre firme de Diana en mi cuello, la furia posesiva en los ojos de Víktor, el sonido de su mano golpeando mi piel.
Y ahora, esta calma.
Esta paz.
Nuestro vínculo, esa cuerda tricolor que habíamos forjado en el plano onírico, vibraba entre nosotros con una serenidad profunda y satisfecha, un río poderoso que había encontrado su cauce tras la tormenta.
Ya no había rastro de la frustración de Diana ni de la melancolía de Víktor; solo una profunda sensación de pertenencia.
Víktor comenzó a moverse, un gruñido bajo escapando de su garganta mientras se desperezaba.
Su brazo se tensó instintivamente a mi alrededor, atrayéndome más cerca.
—Buenos días, Lycan —murmuré, mi voz ronca por el sueño.
Él abrió los ojos, dorados y nublados por el letargo, y me sonrió.
Una sonrisa perezosa, sin filtros, que me calentó el alma.
—Buenos días, Bansheaver —respondió, su voz grave.
El movimiento despertó a Diana, quien levantó la cabeza de mi pecho con un pequeño bostezo que rápidamente se convirtió en una sonrisa radiante al vernos.
—Vaya…
así que no fue un sueño —dijo, su voz alegre—.
Aunque, sinceramente, la parte de los huargos fue bastante irreal.
No había incomodidad.
No había arrepentimiento ni dudas.
Solo la cómoda intimidad de tres almas que finalmente se entendían por completo.
Nos quedamos así un rato más, disfrutando de la calidez, hasta que el hambre se volvió una exigencia imposible de ignorar.
Nos duchamos por turnos y bajamos al comedor del hotel, sintiéndonos relajados, renovados.
El desayuno fue una conversación ligera, hablamos de cosas triviales: del pésimo café del hotel —una ofensa personal para mí—, de la extraña obsesión de Diana con los sombreros de piel que vendían en el pueblo, y de la sorprendente comodidad de la cama que habíamos puesto a prueba tan exhaustivamente.
Evitamos deliberadamente cualquier tema pesado.
No mencionamos la montaña, ni al Coleccionista, ni las torres de obsidiana.
Tampoco mencionamos a ULTIMA, ni el reporte que inevitablemente tendríamos que entregar.
Por ahora, solo éramos nosotros, tres viajeros disfrutando de una mañana tranquila en un pueblo de piedra.
Después de comer, decidimos salir a caminar.
El aire fresco de la montaña era vigorizante.
La derrota en el Colmillo Gris se sentía lejana, un eco de otra vida.
Mientras paseábamos por las calles empedradas, Diana nos guio hacia el pequeño parche boscoso que habíamos visto al llegar, el mismo que bordeaba el cobertizo del Nøkk.
Era un bosque diferente al de ULTIMA.
Más abierto, menos antiguo, pero vibrante de vida.
Diana corría delante, señalando formaciones rocosas interesantes o flores silvestres que desafiaban el frío.
Víktor caminaba a mi lado, sus sentidos ahora en calma, pero perceptivos.
—Mira —dijo en voz baja, agachándose.
Sus dedos apartaron unas hojas secas, revelando un grupo de raíces finas y de un color púrpura intenso.
—Raíz de furia paralizante —murmuró, casi para sí mismo—.
Thörne tenía razón, a veces hay que probarlas.
Con cuidado, arrancó un par y las guardó en su bolso de níquel.
Diana regresó con un puñado de musgo plateado que, según dijo, olía a electricidad y galletas de avena.
Yo misma recolecté algunas bayas de un azul profundo y unas hojas de sombra que sabía que eran excelentes conductoras de magia empática.
No era una misión; era un hábito, una recolección casual nacida de nuestro nuevo conocimiento.
Encontramos un pequeño claro donde el sol de la mañana se filtraba sin obstáculos.
Era tranquilo, protegido del viento.
El momento perfecto.
—Esperen aquí —dije.
Dejé mi bolso en el suelo y saqué los ingredientes que necesitaría: algunos de los que acababan de encontrar, un vial de agua purificada de nuestro maletín de alquimia, y el pequeño frasco de cristal que contenía mi esencia.
La Raíz de Lamento.
Diana y Víktor se sentaron en un tronco caído, observándome con curiosidad.
Me arrodillé en el centro del claro y comencé el proceso.
Trituré las hojas de sombra hasta convertirlas en una pasta fina, añadí unas gotas de agua y luego, con sumo cuidado, una pizca infinitesimal de mi propia raíz.
La mezcla siseó suavemente, volviéndose de un color verde pálido y luminoso.
—La noche anterior fue…
intensa —dije en voz baja, sin dejar de remover la mezcla—.
Y aunque el placer borró la frustración de la derrota, dejó sus propias marcas.
Víktor desvió la mirada, consciente de los mordiscos que había dejado en mis hombros, la silueta de su mano en mi trasero, los arañazos que mis propias uñas habían dejado en su espalda.
Diana se tocó la mejilla, recordando el ardor de la mano de Víktor.
—No son marcas de las que me avergüence —continué, mi voz firme—.
Pero no podemos regresar a ULTIMA pareciendo los sobrevivientes de un ataque de osos salvajes.
Además…
sanar juntos se siente correcto.
Terminé la poción.
El líquido verde pálido brillaba con una luz suave.
Vertí la mezcla en tres pequeños viales que saqué del maletín.
—Para nosotros —dije, entregándoles uno a cada uno.
Nos miramos los tres.
«Por el vínculo», proyectó Víktor en nuestra cuerda tricolor.
Bebimos al mismo tiempo.
La sensación fue instantánea y maravillosa.
Un calor vigorizante se extendió desde mi estómago hacia cada extremidad.
No fue la sacudida eléctrica de la adrenalina, sino una sanación profunda y pura.
Sentí cómo el dolor muscular residual de la batalla en la arena se disolvía.
Las marcas en mi piel, esos tatuajes de placer que Víktor y Diana habían dejado, se desvanecieron como tinta en el agua, dejando la piel limpia, suave y llena de energía.
—Vaya…
—dijo Diana, mirando sus manos como si fueran nuevas—.
¡Me siento como si pudiera entrenar otras tres horas contra Ványar!
Víktor se rio, un sonido profundo y relajado.
Se estiró, sus músculos moviéndose sin la rigidez del dolor.
—Nos vendrá bien para el viaje —dijo, guardando su vial vacío.
Decidimos que era hora de volver.
No había nada más que hacer en Rocagris.
Nuestra tregua autoimpuesta había servido a su propósito.
Guardamos todo en nuestros bolsos mágicos y nos dirigimos al auto.
El viaje de regreso fue…
tranquilo.
Un marcado contraste con nuestra venida.
El camino a Rocagris nos había tomado casi dos días, interrumpidos por el terror psíquico del Djinn y una noche acampando en un claro.
Pero el regreso…
el regreso fue directo.
Víktor encontró una ruta más corta, un camino rural que bordeaba las estribaciones en lugar de atravesar las colinas, un atajo que su recién afinada conexión con la tierra le permitió sentir.
Condujimos sin parar durante horas, el motor del auto era un zumbido monótono contra el paisaje que pasaba.
Diana no tardó en quedarse dormida en el asiento trasero, su energía finalmente agotada por la noche de pasión y la mañana de alquimia.
Víktor conducía con una mano en el volante, la otra descansando sobre mi rodilla, su pulgar trazando círculos perezosos sobre la tela de mis vaqueros.
Hablamos en voz baja, no de la batalla, ni del Coleccionista, sino de las cosas simples.
De la ridícula cantidad de viales de café que había guardado en el maletín, de cómo su nueva armadura de roca había resistido el golpe del Cíclope, de lo absurdo y maravilloso que había sido despertar los tres juntos esa mañana.
De como Diana con una seguridad y perversión casi desconocida me había obligado a beber de ella.
La cara de Víktor se pintó de tonalidades de rojo mientras buscaba la cara de Diana en el retrovisor.
Todo era perfecto… La conversación se fue apagando, dando paso a un silencio cómodo.
Apoyé mi cabeza en su hombro, sintiendo la vibración del motor y el ritmo tranquilo de su respiración.
Me dejé llevar por la paz del momento, sintiéndome más segura de lo que me había sentido en toda mi vida.
Cuando volví a abrir los ojos, el sol se estaba poniendo.
El cielo estaba teñido de un naranja intenso, y la luz morada del crepúsculo se reflejaba en las familiares torres góticas de ULTIMA, que se alzaban a lo lejos.
El viaje había terminado.
La calma daba paso, una vez más, a la realidad que nos esperaba entre esos muros antiguos.
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