El aullido y el lamento 2: La sinfonia del vínculo - Capítulo 73
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- Capítulo 73 - 73 Capítulo 73 ULTIMA despedida
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73: Capítulo 73: ULTIMA despedida 73: Capítulo 73: ULTIMA despedida (Víktor) A medida que nos acercábamos a los límites familiares de la universidad, esa calma comenzó a desmoronarse.
Comenzó como un picor bajo mi piel, una estática desagradable que no tenía origen físico.
Mi instinto, esa nueva y afinada conexión con la tierra que había renacido en el Bosque y en la montaña, comenzó a gritar.
No era un rugido de poder, era una alarma silenciosa y desesperada.
La tierra alrededor de ULTIMA se sentía…
enferma.
Agria.
Como si el suelo mismo estuviera de luto.
Mi cuerpo se tensó instintivamente, mis manos apretando el volante con una fuerza que hizo crujir el cuero.
«¿Víktor?
¿Qué pasa?» La voz mental de Samara fue instantánea, sacándola de su letargo.
Se enderezó en el asiento, su paz evaporándose para dar paso a una alerta aguda.
A través del vínculo, Diana también despertó en el asiento trasero, su energía plateada erizándose en respuesta directa a mi preocupación desbordada.
—Algo no anda bien —murmuré, mi voz sonando áspera en la quietud del auto.
Y entonces las vimos.
Cuando las altas columnas góticas de ULTIMA se hicieron visibles entre los árboles, un escalofrío colectivo nos recorrió a los tres.
No eran las majestuosas torres de siempre, símbolos de nuestro refugio.
Estandartes negros colgaban de cada torre, ondeando lúgubremente contra el cielo gris.
La escuela estaba de luto.
Pisé el acelerador.
El instinto que gritaba “aléjate” fue dominado por la necesidad abrasadora de saber por qué.
Estacioné el auto lo más cerca que pude de la entrada principal, el motor apenas se había apagado cuando yo ya estaba corriendo.
Me adelanté, mi velocidad puramente humana se sentía exasperantemente lenta, aunque dejé a las chicas atrás.
Crucé las puertas principales, notando apenas el enorme moño negro que las adornaba.
Corrí por los pasillos silenciosos, mi corazón martillando contra mis costillas, un eco sordo de mis botas contra la piedra.
El campus estaba desierto, como si todos sus habitantes hubieran sido convocados a un solo lugar.
Me dirigí al comedor principal.
La vista me dejó helado.
La gran sala estaba irreconocible.
No había mesas, ni bancas, ni el caos habitual de la hora de la comida.
Solo estudiantes.
Decenas de ellos, todos vestidos de negro, de pie, en un silencio reverente que pesaba más que cualquier conjuro.
Al fondo, donde solía estar la mesa de los profesores, lo vi.
Un féretro abierto.
A su derecha, la Profesora Nimue estaba de pie, su cuerpo usualmente vibrante ahora encorvado, su rostro oculto entre sus manos mientras su cuerpo se sacudía con sollozos silenciosos.
A su lado, el Profesor Ványar permanecía estoico como una estatua, su rostro de mármol impasible, aunque la rigidez de su postura traicionaba una tensión profunda.
A la izquierda del ataúd, sobre un pedestal, había una fotografía enmarcada, rodeada de flores blancas y un moño de luto.
La fuerza abandonó mis piernas.
Me apoyé en el marco de la puerta para no caer.
Era el Profesor Thörne.
En ese instante, Diana y Samara llegaron, jadeando, detrás de mí.
Vieron lo que yo veía.
Sentí el shock de Diana a través del vínculo, una ola de incredulidad y dolor.
Samara ahogó un grito.
Al segundo siguiente, ambas me estaban abrazando, una a cada lado, sosteniéndome.
Sus cuerpos eran la única cosa que me mantenía anclado a la realidad.
Ellas sabían lo que significaba.
No era solo un profesor.
Había sido nuestro antagonista, nuestro gruñón mentor de alquimia, pero también había sido nuestro aliado.
Nos había dado las pociones de sanación antes de la batalla con Ványar.
Nos había enviado las esencias de nuestros linajes —mi Polvo de Luna, la Raíz de Lamento de Samara— que habían sido cruciales en la montaña.
Nos había visto partir con un respeto a regañadientes.
A pesar de que durante mucho tiempo no nos entendimos, Thörne siempre me había tenido aprecio, y nos había enviado ayuda a la montaña.
Y ahora…
estaba muerto.
Me solté lentamente de su abrazo y caminé hacia el frente, mis pasos pesados, automáticos.
Ványar alzó la vista, sus ojos de ámbar reconociendo mi presencia, pero no dijo nada.
Nimue apenas notó mi llegada, perdida en su propio duelo.
Me acerqué y miré el rostro de Thörne.
Sus ojos estaban cerrados, su piel pálida y cerosa.
Los trabajadores de la funeraria habían hecho su trabajo, pero había algo…
equivocado.
Su rostro, normalmente arrugado por la impaciencia o el sarcasmo, no transmitía paz.
Había una tensión antinatural en su mandíbula, una sombra de sorpresa, casi de terror, grabada en sus facciones.
Escuché a Samara jadear detrás de mí.
Dejó escapar un suspiro de profunda preocupación y, sin una palabra, se alejó del féretro, incapaz de soportar lo que sea que su percepción de Tejedora le estaba mostrando.
Diana, siempre el nexo, permaneció cerca, su mano encontrando la mía, un pequeño y cálido punto de apoyo en medio del hielo.
Uno por uno, los estudiantes y profesores comenzaron a retirarse, dejando sus respetos y saliendo de la sala en un silencio sombrío.
Diana apretó mi mano.
—Iré a buscar a Samara —susurró.
Asentí, incapaz de hablar.
La vi alejarse, su cabello rojo una mancha de color en un mundo que se había vuelto gris.
Y yo…
yo me quedé.
Me quedé de pie junto al féretro, en el lugar de Ványar, y monté guardia.
No sé cuánto tiempo pasó.
Horas, tal vez.
Me quedé allí, observando el rostro del viejo alquimista que me había llamado “lobo” con desdén y “Víktor” con respeto.
Me quedé hasta que los trabajadores de la funeraria regresaron, sus movimientos profesionales y desapegados rompiendo el hechizo.
Se llevaron su cuerpo.
La sala quedó vacía.
Solo entonces me permití moverme.
El camino de regreso a mi habitación fue una caminata solitaria a través de pasillos que se sentían demasiado grandes, demasiado silenciosos.
Cuando llegué a la puerta de mi dormitorio —nuestro dormitorio—, dudé.
No estaba seguro de querer enfrentar esa nueva calma después de esto.
Pero abrí la puerta.
Diana y Samara ya me esperaban allí, sentadas juntas en la cama que había reconstruido.
En cuanto entré, se levantaron y me rodearon, sus brazos envolviéndome en un cálido abrazo trino.
Dejé caer mi cabeza sobre el hombro de Samara, sintiendo el aroma de Diana en mi otro lado, y por un momento, solo respiré, aferrándome a las dos únicas cosas sólidas que quedaban en mi universo.
Nos separamos lentamente.
Samara me miró, y la calma que había visto en ella en Rocagris había desaparecido, reemplazada por esa fría y analítica intensidad de la Bansheaver.
—Víktor…
—dijo, su voz baja y firme—.
Siento mucho tener que decirlo así, pero debes saberlo.
Hizo una pausa, y sentí un nudo de hielo formarse en mi estómago.
—Cuando vi su cuerpo —continuó—, busqué su hilo.
Cuando alguien muere por causas naturales, por enfermedad o vejez, su hilo vital simplemente se apaga, se desvanece como el humo de una vela.
Me miró fijamente, sus ojos verdes brillando con una certeza aterradora.
—El de Thörne…
el suyo estaba roto.
Alguien lo asesinó.
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