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El aullido y el lamento 2: La sinfonia del vínculo - Capítulo 75

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  4. Capítulo 75 - 75 Entre pociones y recuerdos
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75: Entre pociones y recuerdos 75: Entre pociones y recuerdos (Víktor) El viejo almacén de pociones era oscuro, frío y olía a moho, a hierbas secas y a la dulzura rancia de ingredientes olvidados.

Pero para mí, el olor se mezclaba con el recuerdo del sudor y la urgencia.

Este no fue el lugar donde todo explotó; ese fue mi dormitorio.

Este fue el lugar donde todo se intensificó.

Samara caminó sin dudar hacia un rincón oscuro, iluminando con la magia azul que le rodeaba la mano.

Allí seguía el barril de madera maciza, ligeramente ladeado y manchado, un testigo silencioso.

—Mira, ahí sigue el barril en el que tuvimos ese…encuentro intimo…de forma tan intensa —dijo, la esquina de su boca curvándose en una sonrisa de pura provocación.

—¿En el barril?

—Diana frunció el ceño, genuinamente desconcertada—.

¿en serio Samara?

¿Tuviste sexo en el almacén de Thörne?

¿Cómo pueden encontrar este lugar excitante?

Me reí, un sonido áspero.

La adrenalina me golpeaba igual que en aquel momento.

—No creo que lo encontráramos excitante, Diana.

Creo que actuábamos bajo la influencia de la Runa — Dije con sarcasmo.

—No encuentro otra explicación lógica para querer tener sexo en este lugar —contestó ella, cruzándose de brazos, pero la confusión en sus ojos dio paso a la curiosidad.

Samara soltó una carcajada rápida.

—Víktor, ¿recuerdas cómo cuando…

terminamos, brilló nuestra esencia en las botellas justo ahí?

Dejé de reír de golpe.

El recuerdo se manifestó nítido: el final de un encuentro intenso y caótico sobre el barril, y cómo la magia residual de ambos había encendido, por un instante, un par de frascos en la repisa cercana.

Dirigí mi mirada al punto que señalaba.

Dos frascos de vidrio, tan oscuros que parecían carbón sólido, estaban ligeramente separados del resto.

Si no hubieras estado buscando esa diferencia, habrían pasado totalmente desapercibidos.

“donde estaba la esencia, esta la respuesta” —ese viejo zorro, tan astuto como siempre.

Abrí el primero, con una sensación que me hizo vibrar la piel.

Dentro, envueltos en un pañuelo de seda azul, estaban los tres anillos.

El segundo frasco contenía la nota, escrita con la letra pulcra y familiar de Thörne.

Lo leí en voz alta: “La receta es para 3 joyas para los 3 anillos, un catalizador.

Úsenlos y podrán compartir mucho más de lo que imaginaron en el vínculo.” Analizamos los anillos, uno tras otro, observando con fascinación el metal negro lleno de runas que nadie conocía, uno verdes, uno rojas y el ultimo plateadas.

Tomé uno de los anillos.

Al deslizarlo por mi dedo, el metal se calentó de inmediato y se sintió líquido por un instante, ajustándose a la forma exacta de mi mano antes de volverse sólido de nuevo.

Se sintió pesado y firme, como si estuviera hecho de tierra compactada.

Samara tomó el suyo, un escepticismo tenue en sus ojos.

Se lo puso y luego, sin pensarlo, su mano se convirtió en la forma espectral que adoptaba al usar su magia más intensa.

El anillo no se cayó.

En cambio, su metal se volvió neblinoso, espectral, como una sombra.

Se adaptó a su naturaleza, no al revés.

—Increíble —susurró.

Diana no dudó.

Se puso el tercer anillo.

Su mano se transformó rápidamente, primero en la garra de un lince, luego en una forma más humanoide con escamas sutiles.

El anillo danzó con ella, adaptándose a cada cambio con perfecta fluidez.

Al instante en que los tres los tuvimos puestos, el vínculo se encendió, convirtiéndose en algo más que una conexión emocional: era nuestra red sensorial, el radar que usamos en batalla, listo, sin esfuerzo, no solo estaba activo, estaba sintonizado.

…si esto lo lograba solo el metal y las runas ¿Qué poder tendrían las joyas?

—Tenemos que encontrar los ingredientes —dije, sintiendo la urgencia en la voz de Samara a través del vínculo.

Empezamos a rebuscar en las estanterías polvorientas.

No fue difícil.

El almacén era un caos, pero los frascos que necesitábamos brillaban de una manera sutil.

Encontré el Polvo de Obsidiana.

El vial era idéntico al resto, excepto por un pequeño número raspado en la etiqueta: 12.

Samara localizó el Jazmín, una hierba rara de hojas brillantes.

Su frasco tenía un 3 muy discreto.

Diana halló el Hilo de Oro entre una maraña de cordeles mágicos.

Estaba enrollado en un carrete pequeño, y en la base había un 7.

—Cantidad/vial —murmuré, al entender la clave de Thörne—.

Doce unidades del Polvo, tres del Jazmín, siete del Hilo.

No indica la medida, sino cuántas unidades tomar de ese frasco exacto.

Fue muy astuto.

Pero la astucia traía un precio: paranoia.

—¿Por qué?

—preguntó Samara, la frustración creciendo en su tono—.

¿Por qué no dejó la receta completa con las cantidades?

—Porque alguien podría haberse infiltrado en ULTIMA —contesté, la bestia en mi interior gruñendo ante la idea—.

Él no quería darles toda la información de golpe.

Tuvo que dispersar el rastro.

El problema era que, aunque teníamos los ingredientes, no podíamos forjar las joyas aquí.

La magia necesaria para fundir y concentrar esos materiales en un catalizador de linajes sería enorme.

Alertaría a cualquiera que estuviera buscando.

—El laboratorio no es una opción —dijo Diana.

—Solo conozco un lugar que pueda cerrarnos las puertas en todos los planos —respondí, sintiendo el calor del anillo en mi dedo—.

Un lugar que fue diseñado para silenciar el poder, no para crearlo.

La sala de los ecos —Es la única opción —dije.

Samara asintió.

—Cuando la sala de los Ecos hizo desaparecer su puerta para darnos privacidad esa primera vez que los tres juntos…

—Ella se ruborizó, deteniéndose.

—Sí —terminé yo, recordando el momento en que la magia de los tres se había combinado por primera vez.

Fue caótico, pero también una promesa.

—La sala cerró todo acceso en todo plano.

Ni Caelum podría entrar.

Ni siquiera Nimue podría preguntarle al viento si escuchó algo.

Ese lugar es algo único.

Terminamos de recolectar los ingredientes mágicos y salimos del almacén con los ingredientes y los anillos calientes en nuestros dedos.

Teníamos que movernos rápido, usar el vínculo para evitar cualquier sombra.

Al pasar cerca de la fuente central, el anillo en mi dedo latió con una advertencia.

Era una sensación de frío y observación que Samara me transmitía.

Utilicé mi poder terrenal, apenas un susurro, para hacer que una tapa de alcantarilla se moviera ruidosamente lejos de nuestra ruta.

Suficiente distracción.

Dimos un paso adentro.

El silencio absoluto de la Sala de los Ecos nos envolvió, el vacío total de sonido y magia nos gritaba seguridad.

Pero allí, en el centro de la cámara sellada, una figura nos estaba esperando.

Era la Profesora Nimue, envuelta en su túnica azul oscura, sus ojos llenos de una tristeza profunda.

—Qué gusto verlos…

aun en momentos tristes como este —dijo, su voz tranquila resonando extrañamente en el vacío—.

Sabía que tarde o temprano vendrían aquí.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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