El aullido y el lamento 2: La sinfonia del vínculo - Capítulo 77
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- Capítulo 77 - 77 Venas de la Tierra y Bolsos Vacíos
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77: Venas de la Tierra y Bolsos Vacíos 77: Venas de la Tierra y Bolsos Vacíos (Samara) El silencio de la Sala de los Ecos se hizo añicos en cuanto el pasadizo en el suelo se abrió.
El aire que subía por el agujero era denso, terroso, cargado con la antigua magia de las raíces.
Nimue gritó la advertencia, empujándonos a la boca del túnel.
Sentí el terror de Diana y la furia contenida de Víktor, pero los anillos en nuestros dedos actuaron como un amortiguador de pánico.
El metal negro no nos bloqueaba; simplemente nos hacía fluidos, moviendo nuestra magia a una sincronía fortalecida.
Nos lanzamos al túnel.
La oscuridad era total, pegajosa y fría, pero no estábamos ciegos.
Podíamos ver con la visión de la banshee, notando las vibraciones de los hilos de la vida que tejían las paredes.
Víktor podía sentir la tierra bajo sus pies, y Diana se movía con una ligereza de depredador, siguiendo cada rastro de calor.
La información compartida era un acto de conciencia compartida, una sinergia fortalecida que hacía innecesaria la voz.
Los anillos aun sin las piedras hacían la sinergia mil veces mas fácil, mas natural, sin pensarlo, sin enviarlo conscientemente al vinculo, todo lo que uno sentía y veía, los recibíamos todos.
Corrimos por el estrecho túnel, un conducto serpenteante que nos recordó a las venas de la montaña que nos mostró el Leshy.
Raíces gruesas se entrelazaban con piedra ancestral, un conducto vivo.
La Presencia Ancestral no podía entrar aquí; la protección druida de Nimue era absoluta.
Pero la sentí.
Era un Lamento Distorsionado que venía de las paredes delgadas del túnel, un susurro de agonía que intentaba penetrar nuestro vínculo.
Era un dolor tan agudo que me daba picos de sufrimiento en la nuca, buscando romper nuestra concentración, tentándonos a detenernos.
Pero el grito más terrible no vino de la Presencia, sino de nuestra espalda.
Un estruendo sordo y final.
Sentí la magia de Nimue, una ola de energía poderosa y verde que hacía colapsar el túnel tras nosotros.
Mi empatía lo sintió, Nimue lloró en silencio la pérdida de una herencia ancestral, lo sentí, pero tambien sentí como ella entendió la necesidad.
El túnel que emanaba de la Sala de los Ecos había desaparecido para siempre.
Corrimos hasta que el túnel se abrió de golpe, arrojándonos a la penumbra de una bóveda.
Quedamos paralizados.
No era un sótano, era un bioma.
Una impresionante bóveda de unos doscientos metros de largo y cien de ancho, cubierta de vegetación exuberante.
Árboles con follaje alto que se elevaban cincuenta metros y un pequeño lago de agua cristalina.
Era un jardín secreto, y el aire aquí era puro, sagrado.
En una esquina, una escalera de madera gruesa y antigua ascendía hacia la oscuridad, la única salida evidente.
—¿Subimos?
—pregunté, mi voz sonando extrañamente fuerte en el espacio abierto.
Nimue se desplomó contra el muro de raíces, exhausta, pero negó con la cabeza.
—Imposible.
El túnel tras nosotros está colapsado, y la escalera…
bueno, lleva a la cabaña, sí, pero solo abre ante el susurro de la magia de druida.
Y por el momento, mi magia está agotada por proteger y cerrar el túnel.
Víktor intentó inmediatamente.
Conectó su mano a una raíz.
La tierra le respondió, pero las fibras de la madera permanecieron silenciosas.
—La voz de la tierra y el fuego no serán suficientes señor Von Wolf si no comulga del todo con la naturaleza y los árboles, esa puerta jamás abrirá —dijo Nimue con un tono de disculpa.
—Estaremos un tiempo aquí —concluí, sintiendo la verdad de sus palabras.
La sensación de acoso de la Presencia cesaba.
Su interferencia no llegaba a este lugar, la naturaleza sagrada de Nimue.
Teníamos tiempo.
Tiempo suficiente para descansar y comer.
Buscamos suministros en los bolsos mágicos.
Mientras sacábamos la comida, Diana hizo una pregunta que me perforó el alma.
—¿Notaron cómo en la montaña, por más que cazábamos y recolectábamos, los suministros escaseaban?
—No me había detenido a pensar en algo tan obvio, pero era verdad.
Analizaba mis recuerdos y hacia cuentas, recordaba el numero de presas, las raciones separadas, cuantas veces al día comíamos, Diana tenia razón, la escasez no tenia sentido, no tenía explicación…natural.
Un escalofrío aterrador sacudió mi cuerpo entero.
—¡las joyas!
¡la esencia del dragón!
Saquen todo de los bolsos ¡ahora!
¡ no hay tiempo que perder!
Diana no esperó ni un segundo.
Sacó de inmediato las tres joyas recién forjadas para los anillos.
Luego metió la mano en su bolso, donde guardaba su posesión más preciada.
La expresión de su rostro cambió a angustia y desesperación.
—No está.
El dragón…
no está.
Nimue la miró con preocupación.
—Tranquila, Diana, no es tu culpa.
No lo sabían.
—No lo entiende, profesora —dijo Diana, con lágrimas corriendo por sus mejillas—.
No solo usted confió en mí, el Guardián también lo hizo.
Nos contó por primera vez de su experiencia con el dragón, cómo volaron por el mundo antiguo, ella montada en su espalda.
—¿Por qué no dijiste nada antes?
—pregunté, sintiendo que un frío recorría mi espina dorsal.
—Lo siento, Sam.
Sabes que te confiaría mi vida y mi alma, pero algo me decía que esto, era entre el Guardián y yo.
De verdad lo siento —dijo, bañada en lágrimas.
Víktor y yo la abrazamos.
Sentí la furia de Víktor.
No era la rabia ciega de la bestia, sino la ira fría de un protector.
—Lo vamos a recuperar —dijo, con la voz grave—.
Lo arrancaremos de las frías manos del cadáver del coleccionista.
—Saquen todo lo que haya en los bolsos —dije, apartándome—.
Debemos buscar otra forma de almacenar.
Y hay que destruirlos.
El coleccionista no debe tener ningún camino o ventana que lo lleve a ustedes.
—Esa criatura, el coleccionista…
—comentó Nimue.
—Creo que es un elfo oscuro —interrumpí.
Nimue asintió lentamente, sus ojos fijos en la nada.
—Un elfo, sin duda.
No cualquiera podría intervenir con la magia de esos bolsos.
Y uno muy astuto, el desgraciado espero a que estuvieran atrapados para robar la esencia del dragón, es frio y calculador, haberla tomado antes, hubiera sido imprudente, pero es descuidado, no tomo las joyas, quizá las descarto como pura ornamenta, no se fijó en los pequeños detalles.
—¿Los pequeños detalles?
Profesora, no estará sugiriendo… — mi voz se quebró ante la duda.
—No descartemos nada, señorita Keane —dijo Nimue, sus ojos fijos en el tapiz de la bóveda, como si buscara respuestas en el cielo invisible—.
Pero las acciones no son del todo congruentes con las de un elfo oscuro.
Necesitamos saber más de él antes de hacer cualquier conclusión.
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