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El aullido y el lamento 2: La sinfonia del vínculo - Capítulo 79

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  4. Capítulo 79 - 79 El Susurro de la Sinfonía
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79: El Susurro de la Sinfonía 79: El Susurro de la Sinfonía (Diana) La bóveda era impresionante.

Más que un sótano, se sentía como un ecosistema entero que flotaba en algún lugar entre ULTIMA y el Bosque Oscuro.

Estábamos a salvo, eso era lo que importaba.

Por primera vez en días, pude bajar la guardia, aunque solo fuera por un momento.

Nimue se quedó meditando por un tiempo, envuelta en las enredaderas vivientes de la escalera.

Víktor y Samara la respetaron, pero yo no podía estarme quieta.

Teníamos las joyas puestas, sabíamos que el coleccionista nos había robado la esencia del dragón, y sabíamos que Thörne nos había dado la “Sinergia Total”.

La única forma de no volverme loca era usar ese poder.

—Tenemos que entrenar —dije, sintiéndome estúpida por la obviedad.

Víktor asintió de inmediato, ya golpeando una roca con el puño.

—Necesito saber si puedo quemar a distancia.

Si puedo canalizar el fuego para hacer explotar las defensas del Coleccionista.

Samara, más analítica, ya estaba observando el pequeño lago.

—Y yo necesito saber si puedo moldear esa roca, Para Víktor ya no basta con hacer vibrar la tierra; quería que se convierta en una lanza, o en armas que pudiera empuñar.

Nos concentramos en el centro de la bóveda, con el lago y los árboles como nuestros objetivos.

La primera hora fue caótica.

El vínculo, que antes solo transmitía emociones, ahora era un torrente de intenciones mágicas.

Era como si tres voces intentaran cantar en el mismo tono, pero cada una usando un idioma diferente.

Víktor intentó mover el agua del lago.

Cerró los ojos, concentrándose en el movimiento fluido de mi elemento.

Pero en lugar de agua, lo que hizo fue que la tierra circundante se resquebrajara y un chorro de vapor caliente salió del suelo.

Su fuego era demasiado terrenal, demasiado enfocado en la fuerza para la sutil fluidez del agua.

Samara intentó moldear una roca.

Concentró su mente en la obstinación y la inercia de Víktor, pero lo único que logró fue que el aire alrededor de la roca se volviera tan denso que el lamento de la banshee resonó en el ambiente, haciendo que Víktor y yo nos tapáramos los oídos por el dolor.

Yo era la peor.

Como Therian, mi magia es la adaptación, la vida, la conversión.

Yo podía recibir el intento de Víktor de usar el agua y el intento de Samara de usar la roca, pero al intentar canalizarlos, mi magia los mezclaba todos, creando lodo explosivo o pequeños tornados descontrolados.

Era la bomba elemental perfecta, pero no el arma precisa que necesitábamos.

—¡Basta!

—dijo una voz suave, cortando el caos.

Nimue se levantó de su trance, sus ojos verdes brillando con su magia restaurada.

Caminó hacia nosotros, su paso firme sobre la tierra.

—Están intentando mandar, chicos.

Y el poder de la sinfonía no se trata de quién toca la melodía.

Se trata de quién escucha —dijo, con la paciencia infinita de una maestra.

Se sentó en el suelo, con nosotros en semicírculo, y se convirtió en nuestra ancla y nuestra maestra.

—Víktor, estás usando el viento de Samara, pero le estás pidiendo que se comporte como tus elementos.

El viento de Samara no es calor, como tu fuego, es energía.

Es un éter puro, sin forma.

Debes sentir la intención de ella, no la tuya.

—Samara, estás pidiendo a la roca de Víktor que se mueva con la velocidad del aire.

La tierra no se mueve rápido.

Se mueve con propósito y firmeza.

Debes ceder tu velocidad y adoptar su pesadez.

—Y Diana —Nimue se dirigió a mí con una sonrisa—.

Eres la llave.

Eres el flujo.

Tu magia es la más honesta; adaptas lo que recibes.

Pero necesitas parar de adaptar y empezar a ceder el canal.

La lección duró horas, pero para mí se sintió como minutos.

Víktor, el más testarudo, fue el que más le costó.

Tuvo que aprender a dejar que la intención del agua fluyera por él, y cuando finalmente lo hizo, el agua del lago se levantó en una columna perfecta, gélida y obediente, sin un rastro de vapor.

Samara, la banshee emocional, tuvo que aprender a silenciarse.

Cerró la mente a su propio lamento y adoptó la calma de Víktor.

Cuando lo logró, la tierra se levantó sin un solo temblor, creando una silla perfecta.

Su expresión de triunfo era de una paz que nunca le había visto.

—Ahora, Diana —dijo Nimue—.

Necesito que uses el fuego de Víktor, pero no para quemar.

Para iluminar.

Me concentré en la rabia cálida de Víktor.

No en la fuerza del impacto, sino en el calor.

Lo cedí.

Dejé que pasara por mí, y por primera vez, no se convirtió en lodo o vapor.

Mis manos no ardieron; en cambio, una luz dorada y suave se encendió, flotando sobre mi palma.

Era un fuego limpio, un faro.

—¡Eso es!

—exclamó Nimue, triunfante—.

No son tres magias; son tres tonos que crean una frecuencia única.

—La sinfonía —dijo Víktor.

—Ahora, la prueba final —dijo Nimue, levantándose y caminando hacia la escalera—.

Esta puerta no la hice yo.

Es de mis ancestros.

Su magia es pura, elemental, y solo responde a la conexión total con la naturaleza.

Nos hizo un gesto para que nos uniéramos.

—Vamos a usar el susurro de la sinfonía para abrir la puerta.

Víktor, tú invocarás a la tierra y el fuego.

Samara, tú invocarás al agua y el aire.

Diana, tú serás la vida y la unificación de todo.

Yo les daré el tono inicial, la voz del bosque.

Nos tomamos de las manos, los anillos vibrando furiosamente.

El dorado de las joyas se intensificó, creando un pulso que no era solo magia, sino también el latido de nuestros corazones.

Nimue cerró los ojos y comenzó a susurrar a la madera de la escalera.

Su magia era un tono profundo y resonante, la voz del árbol que crece lento pero seguro.

—Ahora —susurró Nimue.

Cerré los ojos.

No pensé en la roca ni en el lamento.

Pensé en la confianza.

Dejé que la voluntad de Víktor y Samara fluyera a través de mí, convirtiéndome en el conducto de los cuatro elementos.

Sentí el poder de la tierra, el calor del fuego, la fluidez del agua y la velocidad del aire.

Los tres pensamientos se convirtieron en uno, una sinfonía perfecta.

Ya no sentíamos el dolor, solo la armonía.

El aire se llenó de un zumbido.

La escalera de madera, inmutable hasta ahora, comenzó a moverse.

Sus raíces se separaron de las paredes y las enredaderas se desenlazaron, revelando una puerta de madera oscura en la parte superior.

Las bisagras crujieron, pero el sonido fue musical, no mecánico.

¡Lo hicimos!

Rompimos la sinergia, exhaustos pero victoriosos.

En ese instante, me di cuenta de algo.

Entre la huida, la forja, y el entrenamiento intensivo, habíamos perdido toda noción del tiempo.

El aire que entraba por la abertura de la puerta no era el frío de la noche, sino la calidez de un sol naciente.

Definitivamente habíamos pasado más que un par de horas corriendo y entrenando; habíamos pasado la noche en vela.

—¡Es hora de irnos!

—dijo Víktor.

Nimue se acercó a la puerta, pero antes de tocarla, sonrió de una manera que me confundió.

No era la sonrisa triste de la druida; era una sonrisa de alivio y triunfo.

—Un momento —dijo.

Tocó la puerta de madera con un solo dedo y susurró algo en un idioma antiguo.

La puerta se abrió por completo.

Y en el umbral, bajo la luz del día que inundaba el piso de madera de la cabaña, una figura estaba esperando.

Era el Profesor Caelum.

Estaba pálido, vestido con su túnica que cambiaba de tono respondiendo a nuestra presencia y con el semblante cansado.

—¡Por fin!

—dijo, aliviado.

Víktor y Samara se quedaron congelados.

—Tranquilos —dijo Nimue, tocando mi hombro.

Estaba radiante—.

Yo lo invité.

Le permití al bosque que susurrara nuestra ubicación en el velo.

Una frecuencia secreta que solemos usar Caelum y yo para hablar.

Alguna vez, hace tiempo, fuimos más que solo compañeros de profesión.

Hoy somos buenos amigos.

Tener secretos a veces nos puede dar un ventaja, ¿no lo creen?

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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