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El aullido y el lamento 2: La sinfonia del vínculo - Capítulo 89

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  4. Capítulo 89 - 89 El Error de Uroboros
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89: El Error de Uroboros 89: El Error de Uroboros (Víktor) Mi cuerpo Lycan temblaba.

No por miedo, sino por la furia contenida.

Sentí el Fuego bajo mi piel, rugiendo, pidiéndome que ignorara la estrategia, que redujera a cenizas a Ványar y todo su sagrado conocimiento ancestral.

Pero el Vínculo era un ancla de hielo.

Samara estaba al mando.

Ványar nos hizo un gesto con la mano, apuntando hacia un pequeño sofá de cuero envejecido cerca de la chimenea que ahora estaba apagada.

—Por favor, tomen asiento.

Será una larga historia, y la violencia, incluso la latente, es agotadora —dijo con la cortesía de un anfitrión que ignora que acaba de condenar a muerte a sus invitados.

Mi instinto gritó: ¡No te sientes!

Sentarse era ceder autoridad, era mostrar debilidad.

Pero miré a Samara.

Sus ojos me devolvieron una orden clara.

Obedecimos.

Nos movimos, tensos, como tres resortes que acaban de ser empujados contra su límite.

Diana se hundió en el sofá, su Agua temblorosa, la traición era algo que su alma simple luchaba por procesar.

Yo me senté en el borde, listo para saltar, con las manos apretadas en puños que, si los hubiese dejado, habrían roto la madera.

El Vínculo se encendió, un hilo de Viento frío y analítico envolviéndonos.

«Si miente, mi empatía lo captará —advirtió Samara enfocando sus dones de banshee con precisión quirúrgica—.

Con los anillos puestos y la Sinergia activa, llevamos una ventaja que él desconoce.

Escuchemos lo que tiene que decir.» Ványar se mantuvo de pie tras el enorme escritorio.

Esa mesa era un altar de su poder, y él no iba a descender de su estrado.

Sus ojos se clavaron en el techo, como si leyera la historia en las sombras.

—Durante la Primera Era —comenzó su relato, y su voz se hizo más profunda, más solemne, la de un historiador que recita un juramento—.

La magia brotaba en cada rincón del mundo.

Las criaturas, en su forma más pura y poderosa, abundaban.

El poder era accesible para todos.

Y con él, el caos.

Se detuvo para acentuar el punto.

—No había reglas, no había estructura.

Solo la arbitrariedad elemental.

Fue ahí donde mi clan, el linaje que se convirtió en los fundadores de esta Academia, hizo un juramento: resguardar y proteger la magia de sí misma.

De la extinción por el abuso.

Cada palabra era un ladrillo en su propia prisión lógica.

Escucharlo hablar con tanta convicción me enfurecía aún más.

—Las piedras de contención que vieron en la montaña, en el sitio de la prueba… —Continuó, y sentí un escalofrío al recordar la estructura que drenaba vida—.

Algunas son tan antiguas como la Primera Era.

Su propósito es simple: almacenan la magia para que no se desperdicie.

Lamentablemente, el costo suele ser la vida de la criatura… un sacrificio pequeño para un bien mayor.

Mi Fuego se avivó.

Sentí un impulso asesino al escuchar esa frase.

Mi mente Lycan no entendía de “sacrificios pequeños” cuando se trataba de la vida de un ser vivo.

—Mi clan se tomó muy en serio el papel de guardianes —prosiguió—.

Incontables elfos, los más puros, se unieron a la causa.

Creamos escuelas como esta, ULTIMA, donde solo los dignos, los más aptos, podían acudir a refinar sus talentos.

De estas academias han salido incontables gobernantes, líderes que trajeron orden al caos.

Señaló la ventana, más allá de los muros.

—Pero el caos persistía fuera de los muros.

Había una fuerza elemental que no podíamos someter.

Los Dragones.

Criaturas temperamentales que, así como creaban montañas, destruían asentamientos, que creaban huracanes y volcanes… todo a capricho de sus cambios de ánimo.

Tomó aire, la pausa dramática de un orador magistral.

—Su magia fue, eventualmente, contenida.

Y esa fue la bomba.

—Ese fue el error de mis ancestros.

Los antiguos elfos se dieron cuenta muy tarde que los Dragones no solo eran protectores, sino creadores de la magia misma.

Sin su presencia en el mundo, la magia comenzó a ser más escasa.

Criaturas con la forma base nacían sin la chispa de la magia o la transformación… Su mirada se posó en mí, luego en Diana, y finalmente en la ventana.

—…Humanos.

La consecuencia del fracaso de mi pueblo.

Seres egoístas y temerosos que destruyen lo que no entienden y se vanaglorian de su mísero intelecto.

Me mordí la lengua para no responder.

La historia era aterradora.

La escasez de magia no era un ciclo; era una masacre.

—Su misión en el Colmillo Gris fue un éxito, señor VonWolf —dijo, sonriendo con descaro—.

Me entregaron la esencia del último de los Dragones.

Justo cuando mi Fuego estuvo a punto de estallar, el Agua de Diana se desbordó.

Era la empatía, el dolor por la vida contenida, que la hizo reaccionar.

—Si el error de los antiguos fue capturar a los dragones… —interrumpió Diana, levantándose del sofá, con el rostro pálido, la voz rota por la incredulidad—.

¿Por qué hace usted lo mismo?

¡Es estúpido!

¡No tiene sentido!

Ványar la miró por encima del hombro, la decepción pintada en su rostro.

—Insolente e imprudente como siempre —dijo, pero luego suavizó el tono—.

Sin embargo, entiendo la ironía.

No haré lo mismo.

Se acercó a una estantería y tocó un tomo cubierto de polvo.

La estantería se deslizó, revelando una bóveda oculta detrás.

—Necesito la esencia de todos y cada uno de los dragones, desde el último hasta el primero.

Señaló un punto en el piso, justo en el centro de la oficina.

—El sótano de ULTIMA, ese rincón mágico que solo te muestra lo que necesitas, en donde ustedes bajo la guía de Nimue, encontraron un pergamino.

A mí me mostró los restos del dragón primigenio… Uroboros.

El nombre ancestral, cargado de historia y poder, resonó en la habitación, más fuerte que un trueno.

—El dispositivo que vieron en la montaña… —El que nutre los portales —dijo Samara de inmediato, su voz tensa, el viento analizando la función.

Ványar sonrió de nuevo, negando con la cabeza con esa superioridad exasperante.

—Lógica, pero estúpida conclusión, señorita Keane —corrigió—.

Ese mecanismo, creado por los enanos primordiales con ayuda de mi clan, almacena la magia.

Y cuando yo tenga a todos los dragones… alimentará el cuerpo de Uroboros, regresándolo a la vida.

Mi respiración se detuvo.

El plan era demente.

—La magia volverá, sí.

Los guardianes originales, volverán… —Ványar se enderezó, la luz en sus ojos era la de un dios menor—.

Pero doblegados a mi voluntad.

Al orden y al progreso.

Un mundo sin caos, Víktor.

Un mundo donde el poder está resguardado por quienes de verdad lo entienden.

La simple idea de Ványar controlando ese poder, doblegando la fuerza primigenia del mundo a su retorcido sentido de “orden”, me revolvió el estómago.

No era protección.

Era la esclavitud final de la magia.

Era la tiranía del intelecto sobre la fuerza.

El Fuego se liberó de las cadenas.

Me levanté.

La silla cayó detrás de mí con un golpe sordo.

«Ya fue suficiente, Samara.

Ya sabemos lo suficiente.

Es tiempo de la Tierra y el Fuego».

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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