El aullido y el lamento 2: La sinfonia del vínculo - Capítulo 93
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- Capítulo 93 - 93 El Hambre del Velo
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93: El Hambre del Velo 93: El Hambre del Velo (Diana) —Treinta minutos son suficientes para un último refuerzo —intervino Nimue, su mirada fija en Caelum.
Caelum asintió, su rostro inexpresivo.
Dio un paso atrás, y de nuevo, el aire se rasgó con la misma magia silenciosa que anunció su llegada.
Una segunda lágrima se abrió en el espacio, pero esta vez, de ella no salió un profesor, sino una figura femenina de una belleza inquietante, envuelta en jirones de niebla oscura y envuelta en una esencia de deseo palpable.
Era una magia que no se sentía como el Fuego ni el Agua; se sentía como el eco de un sueño.
—Es lo que fui a buscar —dijo Caelum, mientras la figura flotaba en la cabaña, mirando al Vínculo con unos ojos dorados y hambrientos—.
Una Súcubo del Velo.
Una criatura tan inusual que pocos saben de su existencia.
Sentí un escalofrío.
La presencia era poderosa, desestabilizadora.
Era el caos de la emoción pura.
—Como Ana les explicó, hay un método para reforzar el Vínculo —continuó Caelum, mirando a Víktor—.
Su magia sabrá cómo evolucionar asimilándola.
Ella les dará la capacidad de intervenir en las emociones de Ványar, incluso a través de sus barreras lógicas.
Ana, de pie junto a Caelum, aclaró el beneficio para nuestra misión.
—En teoría, la esencia del Velo le permitirá a Samara hacer tangibles sus lamentos, volviéndolos ecos de culpa que golpearán directamente en la mente de Ványar.
Y a ti, Diana… esa misma capacidad de transicionar entre los planos le da a tu Agua el poder de liberar esencias mágicas.
Podrás disolver las piedras de contención en caso de Vanyar las use en su contra.
El pánico se disolvió en propósito.
La criatura era nuestra clave para el equilibrio.
—Por suerte para ustedes —dijo Caelum con un tono peligrosamente clínico—, comparte la lujuria de un súcubo cualquiera.
Le sugiero, Víktor, que utilice esa furia contenida para hacer la transferencia lo más rápido posible.
Cuanto más controle el proceso, más puro será el poder que asimilen.
Víktor miró a la criatura, su Fuego ya mezclándose con el deseo que emanaba de ella.
La furia y el dolor de Alun’diel eran el combustible perfecto para tomar el control.
La Súcubo del Velo nos daría el poder de la mente y la emoción.
(Víktor) La puerta del cubículo ritual se cerró con un chasquido que sonó a sentencia final.
El aire dentro se volvió sólido, casi masticable.
Olía a madera vieja, a incienso frío y a algo mucho más antiguo y perturbador: a deseo estancado y a sueños que se pudren en la oscuridad.
La Súcubo del Velo flotaba a medio metro del suelo, desafiando la gravedad y la decencia.
Al principio, no parecía tener pies; una niebla negra se arrastraba bajo ella como la cola de un vestido hecho de sombras.
Su piel tenía el color del alabastro bajo la luna, pero era translúcida, revelando el latido violeta de una sustancia que definitivamente no era sangre.
Sus ojos dorados no parpadeaban.
Me miraban con una familiaridad obscena, como si ya me hubieran consumido mil veces y todavía tuvieran hambre.
No era una mujer.
Era un abismo con curvas.
Las palabras de Caelum resonaron frías en mi mente: «Es una herramienta».
Así que la traté como tal.
Avancé.
Mi Fuego no pidió permiso; se encendió en la base de mi columna y subió como una cuchilla al rojo vivo.
La temperatura en el cubículo se disparó.
La ropa que llevaba se incineró sobre mi piel en un estallido de ceniza y humo antes de que mis manos pudieran siquiera intentar quitarla.
En el instante exacto en que quedé desnudo, expuesto en mi forma base, pero con la furia del Lycan a flor de piel, ella reaccionó.
La niebla que formaba sus piernas se arremolinó y se solidificó.
Donde había sombras, surgió carne.
En un parpadeo, la figura etérea colapsó en una realidad tangible: materializó un cuerpo femenino completo, desnudo y perfecto, que descendió suavemente hasta que sus pies descalzos tocaron el suelo de madera.
Ya no era un fantasma.
Se había convertido en una ofrenda de carne de alabastro, con caderas anchas y muslos sólidos, diseñados para recibir el impacto.
Ella sonrió.
Dientes demasiado blancos, una lengua demasiado larga.
Me agarró por la nuca y el primer contacto físico fue un latigazo eléctrico directo a la base de mi cerebro.
Sentí cómo intentaba invadirme, meterse por cada poro, por la boca, por los ojos.
Un torrente de imágenes sucias y ajenas inundó mi mente: cuerpos que se abrían como flores carnívoras, bocas gritando placer mientras se desangraban, orgasmos eternos que terminaban en locura.
Apreté su garganta, sintiendo ahora la solidez de una tráquea real bajo mis dedos.
Mi Fuego respondió con violencia, quemando la lujuria ajena y convirtiéndola en combustible propio.
La arrojé contra la pared de madera.
No hubo preámbulos.
Una herramienta no necesita cortesía.
La penetré de una sola embestida brutal.
No encontré calor humano; encontré un vacío que succionaba, una gravedad inversa que quería tragarme entero.
Un vacío que gimió con mil voces diferentes, todas pidiendo más profundo, más rápido, más roto.
Clavé los dedos en sus caderas recién formadas y la tomé como quien clava una estaca en el corazón de un demonio.
Sin ternura.
Sin pausa.
Cada embestida era una orden marcial: «Dame lo que tienes y desaparece».
Ella se retorcía, se arqueaba, se partía en dos y se volvía a formar alrededor de mí.
Sus uñas —largas, negras, afiladas— rasgaron mi espalda.
Sentí mi sangre caliente correr y evaporarse antes de tocar el suelo.
Intentó besarme, buscando robarme el aliento, pero le mordí el labio inferior hasta que su sangre manó con sabor a éter y tormenta eléctrica.
Se la escupí en la cara.
A través del Vínculo, Samara y Diana lo estaban viendo todo.
Lo estaban sintiendo todo.
Samara me apretaba la mente como un torno de acero: «No te pierdas, Víktor.
Es un instrumento, no tu reina.
Úsala.» Diana temblaba en la periferia de mi conciencia; su Agua intentaba enfriar el incendio que yo estaba alimentando, pero se evaporaba al instante ante la intensidad del rito.
La Súcubo intentó un último truco desesperado: se abrió más, imposiblemente más, y sentí que su interior se convertía en un túnel sin fin, un portal directo al otro lado del Velo que quería arrastrarme para siempre.
Mi Fuego rugió.
Lo dejé salir todo.
El clímax no fue un orgasmo humano, sino una detonación.
Un grito que no pertenecía a este mundo escapó de mi garganta.
La quemé desde dentro.
Mi semilla fue lava pura, inundándola con la fuerza de la Tierra y la furia del Fuego hasta que esa forma física perfecta que había creado no pudo sostenerlo.
Chilló —un sonido que era éxtasis y agonía fundidos en una sola nota— y comenzó a deshacerse como papel mojado en ácido.
Sus muslos, sus pechos, su rostro…
todo se rompió en mil fragmentos de niebla negra y dorada que, en lugar de dispersarse, se metieron por mi piel, por mi boca, por mis ojos.
Caí de rodillas, jadeando.
El suelo estaba cubierto de ceniza y de un residuo que brillaba como polvo de estrellas muertas.
La puerta se abrió de golpe.
Samara entró.
Con un gesto rápido de su Viento, materializó ropa nueva sobre mi piel aún humeante.
Me puse de pie.
Ya no quedaba nada de la Súcubo.
Solo el eco de su hambre, ahora domesticada, latiendo dentro de mis venas junto a mi propia sangre.
Podía ver los hilos del aire.
Podía ver el color de las emociones.
—Listo —dije, mi voz ronca, sonando a humo y a algo mucho más oscuro.
Samara me miró a los ojos.
No había celos en su mirada.
Solo un frío reconocimiento táctico.
Habíamos usado a la criatura exactamente como ella quería usarnos a nosotros.
Diana se acercó por detrás y tocó mi cuello.
Su tacto había cambiado; su Agua ya no era solo calma.
Era disolvente.
Podía sentirla capaz de deshacer cualquier cadena, cualquier piedra, cualquier mentira.
Caelum, observando desde el umbral, asintió una sola vez.
—Transferencia completa.
El Velo es suyo.
Sonreí sin humor, sintiendo el nuevo poder vibrar bajo mi piel.
Ahora sí estábamos listos para romperle la realidad a Ványar.
Y que el dios que correspondiera se apiadara de él.
Porque nosotros ya no teníamos piedad que ofrecer.
Cuando me enfoqué, el mundo no era el mismo.
Podía ver el Velo.
Veía las runas de Nimue flotando en la cabaña.
Veía las emociones de mis compañeras como capas de color a su alrededor: el Miedo azul de Diana, la Determinación plateada de Samara.
—Funcionó —dijo Caelum, comprobando sus monitores mágicos—.
La transferencia fue total.
—Siento el poder —dije, sintiendo el ardor de la nueva energía—.
Mi Fuego puede arder en otros planos, propagarse a través del Velo.
—Siento las emociones en mis lamentos —dijo Samara—.
Puedo darles intención y forma.
—Mi Agua se siente diferente —murmuró Diana.
Su toque ya no solo calmaba; ahora sentía la capacidad de transicionar esencias.
—Bien.
Ahora, la misión final —dijo Nimue, levantándose.
El tiempo se agotaba—.
Víktor, Samara, Diana: la Sala de los Ecos.
Veinticinco minutos.
No luchen para ganar; luchen para distraer.
Caelum se acercó al mapa.
—Nosotros tres iremos por el sótano.
Si ULTIMA nos ayuda, encontraremos a Uroboros y liberaremos las esencias.
Cumplan su parte.
Nos despedimos con un gesto.
No había tiempo para abrazos o promesas románticas.
La vida de ULTIMA dependía de la fría ejecución del plan.
Corrimos por los jardines en dirección al ala de la Academia que albergaba la Sala de los Ecos.
La prisa era tangible.
Gracias a la Súcubo, el Vínculo nunca había sido tan cristalino.
Podía ver hilos de energía, como raíces nerviosas, que conducían a la Sala de los Ecos.
Practicamos la sincronía sobre la marcha.
En cada esquina, liberaba una pulsación rápida de Fuego a través del Velo que quemaba las runas de detección.
Samara usaba ese vacío para empujar nuestro avance con ráfagas de Viento.
Diana usaba su Agua potenciada para neutralizar cualquier rastro físico que pudiéramos dejar.
Éramos una máquina de asalto y sigilo.
Llegamos a la puerta de la Sala de los Ecos.
El gran portal de madera se alzaba imponente, emanando la energía antigua.
Me detuve.
Mi rostro estaba duro, listo para la batalla.
—Él nos está esperando —gruñí.
Samara tocó mi brazo, su rostro decidido.
—La ira es el cebo.
El Velo es nuestra arma.
Y yo asentí, sintiendo la furia canalizada.
No seríamos solo la Tierra, el Viento y el Agua.
Ahora éramos el Velo.
Entraríamos, haríamos ruido, y daríamos a Caelum y Nimue el tiempo que necesitaban para acabar con el error ancestral de Ványar.
No había vuelta atrás.
La puerta se abrió.
La confrontación había comenzado.
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