El aullido y el lamento 2: La sinfonia del vínculo - Capítulo 94
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- Capítulo 94 - 94 El inicio de la guerra
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94: El inicio de la guerra 94: El inicio de la guerra (Narra Víktor) El aire en los pasillos de ULTIMA se sentía espeso, cargado de una electricidad que no provenía de ninguna tormenta natural.
Era la magia de la academia misma, alerta, como si las piedras antiguas supieran que algo se rompía esa noche.
Corrimos, no como estudiantes huyendo de una clase, sino como guerreros hacia el frente.
Samara a mi izquierda, su mano rozando la mía en un gesto fugaz que me anclaba; Diana a mi derecha, su respiración agitada pero determinada, el Agua en sus ojos brillando con una claridad fría.
El Velo, esa esencia nueva que ardía en nosotros gracias a la Súcubo, hacía que cada sombra pareciera viva, cada eco un susurro de emociones ajenas.
No hablábamos.
No hacía falta.
El Vínculo era un torrente: sentía el Viento de Samara calculando rutas, el Agua de Diana midiendo riesgos, y mi Fuego y Tierra listos para aplastar.
Veinticinco minutos.
Eso era todo lo que teníamos para distraer a Ványar, para que Caelum, Nimue y Ana pudieran llegar al sótano y destruir a Uroboros o liberar las esencias dracónicas.
Si fallábamos, los portales se abrirían, y ULTIMA caería en el caos que el elfo tanto decía odiar.
Llegamos a la puerta de la Sala de los Ecos.
La madera antigua, tallada con runas que ahora parecían sangrar luz tenue, se alzaba imponente.
Empujé, y se abrió con un gemido que resonó como un lamento.
Dentro, la sala era un vórtice de oscuridad y ecos.
Los cristales flotantes, que solían pulsar con luz etérea, ahora estaban teñidos de un verde enfermizo, como si la magia de Ványar los hubiera corrompido.
Él estaba en el centro, de pie sobre el círculo de piedra, su armadura dorada reluciendo con un fulgor siniestro.
En su mano, un báculo que no reconocí: tallado en hueso de dragón, con vetas de energía negra pulsando como venas.
Sus ojos, fríos y calculadores, se posaron en nosotros.
No había sorpresa en su rostro élfico, solo una satisfacción gélida.
“Han venido”, dijo, su voz un eco multiplicado por la sala.
“Como predije.
El Vínculo siempre es predecible en su lealtad ciega.” Samara dio un paso adelante, su forma espectral ya asomando en los bordes: niebla arremolinándose en sus pies.
“No vinimos a negociar, Ványar.
Vinimos a terminar lo que empezaste en la Hoguera.” Su voz era un silbido, cargada con el Velo ahora, y sentí cómo intentaba penetrar su mente, buscando grietas emocionales.
Pero el elfo solo sonrió, una curva cruel en sus labios.
“Alun’diel”, escupió él, y el nombre fue un cuchillo.
Sentí el dolor explotar en el Vínculo: el mío, un rugido de Fuego; el de Samara, un vendaval helado; el de Diana, un torrente ahogado.
“Ese engendro era el caos encarnado.
Lo arranqué para salvar el orden.
Y ahora, tomaré sus esencias para el mismo propósito.” No esperé más.
El Fuego estalló en mí, potenciado por el Velo.
Cargué, la Tierra subiendo por mis piernas, endureciendo mi piel como armadura rocosa.
Mi puño, envuelto en llamas que ardían en planos invisibles, se dirigió a su rostro.
Pero Ványar fue más rápido: un gesto de su báculo, y un portal se abrió frente a mí, un vórtice de oscuridad que me succionó.
Salí disparado al otro lado de la sala, estrellándome contra una columna.
El impacto crujió mis costillas, pero el Velo me permitió sentir su emoción: un hilo de arrogancia, delgado pero vulnerable.
Diana gritó, su Agua manifestándose en una ola que barrió el suelo, intentando arrastrar a Ványar.
Él saltó, elegante como siempre, y contraatacó con un rayo de luz élfica que la rozó, quemando su hombro.
Samara lamento, un aullido espectral amplificado por el Velo, que no solo resonó en el aire sino en su mente: vi cómo el elfo se tambaleó, un flash de culpa por Alun’diel perforando su barrera lógica.
Nos reagrupamos, jadeando.
Quince minutos.
Teníamos que aguantar.
(Narra Samara) El dolor de Alun’diel era un fuego eterno en mi pecho, pero ahora, con el Velo, lo convertí en arma.
Ványar nos había robado tanto: no solo a nuestro hijo, sino nuestra paz, nuestra inocencia.
Lo miré desde el borde del círculo, el Viento arremolinándose en mis palmas, teñido de niebla etérea.
Él se enderezó, sacudiendo la cabeza como si mi lamento fuera un mosquito molesto.
“Interesante”, murmuró.
“Han asimilado algo del Velo.
Pero el caos no vence al orden.” Víktor ya se ponía de pie, rugiendo, su forma licántropa parcial emergiendo: garras extendidas, ojos dorados ardiendo.
Diana, a mi lado, invocaba Agua de la humedad del aire, formando escudos líquidos que flotaban como burbujas iridiscentes.
Sentí su miedo a través del Vínculo, pero también su furia: por Thörne, por nosotros, por el equilibrio que Ványar amenazaba destruir.
Atacamos en sinergia.
Víktor cargó de nuevo, pero esta vez con Tierra: el suelo se levantó en picos rocosos que intentaron empalar a Ványar.
Él abrió un portal bajo sus pies, reapareciendo detrás de Diana.
Su báculo descendió, pero mi Viento lo interceptó: una ráfaga espectral que lo empujó hacia atrás, cargada con ecos de culpa.
“Siente lo que nos quitaste”, siseé, y vi cómo su rostro se crispaba, un recuerdo de Alun’diel perforando su mente lógica.
El Velo funcionaba: sus emociones, enterradas bajo siglos de frialdad élfica, emergían como grietas.
Diana giró, su Agua convirtiéndose en látigos que azotaron su armadura, congelándose al impacto para agrietarla.
Ványar gruñó, invocando una barrera de luz que los derritió, pero Víktor ya estaba sobre él: un puñetazo de Fuego que atravesó el Velo, quemando no solo carne, sino su arrogancia interna.
El elfo retrocedió, sangre élfica goteando de su labio.
“Insolentes”, escupió.
“Uroboros los consumirá.” Abrió tres portales a la vez: de uno salió una ráfaga de viento corrupto, de otro una lluvia de fragmentos dracónicos afilados, del tercero una niebla que intentaba succionar nuestra esencia.
Me lancé al Viento, volviéndome etérea, y absorbí la niebla, redirigiéndola con mi lamento: un grito que reverberó en su cráneo, amplificado por el Velo.
Ványar se arrodilló, presionando sus sienes.
“¡Basta!”, rugió, pero su voz temblaba.
Víktor destrozó los fragmentos con puños de Tierra, y Diana neutralizó el viento corrupto con una contra ola.
Nos sincronizamos: mi Viento impulsó a Víktor hacia adelante, su Fuego fundido con mi lamento para un ataque combinado.
Golpeamos su barrera, y por un instante, se quebró.
Lo vi: un hilo de duda en su mente, el miedo a que su “orden” fuera solo una ilusión.
Pero Ványar contraatacó.
Un portal masivo se abrió sobre nosotros, derramando energía primigenia que nos aplastó al suelo.
El dolor era cegador, pero el Velo nos permitió compartirlo, diluyéndolo.
Diez minutos.
Teníamos que resistir.
(Narra Diana) El Velo ardía en mis venas como un secreto susurrado, convirtiendo mi Agua en algo más: un puente entre emociones y realidad.
Ványar nos había roto, pero ahora, en esta sala que nos conocía, éramos el río que él no podía contener.
Lo vi tambalearse tras el ataque de Samara y Víktor, su armadura dorada agrietada, su rostro élfico torcido en una mueca que no era solo dolor físico.
El Velo me dejaba sentirlo: culpa por Alun’diel, enterrada bajo capas de justificación, emergiendo como burbujas en un estanque.
“¡No entienden!”, gritó, su báculo brillando.
“El caos los destruirá a todos.” Abrió un portal directo al Velo, invocando sombras emocionales: miedos nuestros materializados.
Vi a Alun’diel como un espectro dorado, disolviéndose; a Thörne cayendo de nuevo.
El dolor me golpeó, pero el Vínculo lo transformó: usé el Agua para disolver las ilusiones, convirtiéndolas en lluvia que lavaba la sala.
Víktor rugió, su Tierra elevando pilares que bloquearon un rayo de Ványar.
Samara lamento, su Viento teñido de Velo perforando su mente: “Siente el vacío que nos dejaste.” El elfo se dobló, pero contraatacó con una onda de fuerza que nos lanzó contra las paredes.
Mi hombro ardía, pero el Velo me permitió transitar el dolor, compartiéndolo para que no nos quebrara.
Nos reagrupamos en el centro.
Cinco minutos.
“Ahora”, pensé, y el Vínculo respondió.
Mi Agua se fusionó con el Fuego de Víktor y el Viento de Samara: una tormenta de vapor espectral que envolvió a Ványar.
Él invocó una barrera, pero el Velo la penetró, quemando su culpa interna.
“¡No!”, gritó, un portal fallando por primera vez.
Lo empujamos al límite, nuestra sinergia un torbellino.
Él abrió un último portal, pero lo cerramos con Agua etérea.
Cero minutos.
Habíamos aguantado.
Ahora, solo quedaba esperar que el equipo del sótano hubiera triunfado.
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