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El aullido y el lamento 2: La sinfonia del vínculo - Capítulo 95

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  4. Capítulo 95 - 95 Traición y Unión
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95: Traición y Unión 95: Traición y Unión (Narra Víktor) La puerta de la Sala de los Ecos no se abrió; estalló.

Fue un estruendo visceral, como si las raíces de un árbol milenario decidieran romper la piedra de una montaña en un solo segundo.

La madera astillada voló por la sala, y entre el polvo y el caos, aparecieron ellas.

Nimue y Ana irrumpieron como diosas de la venganza.

Sus auras brillaban con una urgencia cegadora; Nimue rodeada de un verde esmeralda vibrante, Ana envuelta en las sombras líquidas del Viento oscuro.

Caelum no estaba con ellas, y por un segundo, mi corazón dio un vuelco, pero la batalla no daba tregua para preguntas.

Nimue extendió una mano, sus dedos contorsionados en un gesto de mando antiguo.

—¡Ahora!

—gritó.

Del suelo de obsidiana, donde nada debería crecer, surgieron vides gruesas como troncos, brillantes y pulsantes de magia salvaje.

Se enroscaron alrededor de las piernas de Ványar, subiendo por su armadura dorada, buscando inmovilizarlo, asfixiar su magia.

Al mismo tiempo, Ana invocó sombras que cobraron vida propia, zarcillos de oscuridad que se enredaron en su báculo de hueso, tratando de arrancárselo de las manos.

—¡Lo hicimos!

—gritó Ana, su voz llena de un triunfo desesperado—.

¡Liberamos las esencias!

¡Uroboros no se alzará!

La noticia fue un bálsamo para mi alma, pero duró lo que dura un parpadeo.

Ványar, atrapado entre la naturaleza y la sombra, no mostró miedo.

Solo una irritación suprema.

—Plagas —escupió.

Liberó un pulso de luz élfica, una onda expansiva de energía blanca y pura que cortó las vides y disolvió las sombras como si fueran humo.

Su rostro, siempre compuesto, se torció en una máscara de furia pura.

Ya no era el profesor; era el tirano expuesto.

Sin un conjuro verbal, abrió un portal detrás de ellas.

No era un portal de transporte; era un vórtice negro, una boca hambrienta que giraba con violencia.

—¡No!

—rugí, intentando lanzarme hacia ellas, pero la distancia era demasiada.

El vórtice las succionó en un instante.

Nimue alcanzó a mirarnos una última vez, sus ojos esmeralda no mostraban miedo por ella, sino una advertencia final para nosotros.

Ana desapareció con un grito ahogado que fue cortado de golpe cuando el portal se cerró con un chasquido seco.

Silencio.

La sala se selló de nuevo.

Las runas en las paredes brillaron con un rojo amenazante.

Ványar nos miró, su armadura agrietada por nuestros ataques anteriores, pero su poder…

su poder se sentía intacto, denso, sofocante.

—No importa si la escuela me traiciona —rugió, y su voz hizo vibrar mis dientes—.

No importa si esta sala los deja entrar o salir a voluntad.

Da igual.

Acabaré con todos ustedes aquí y ahora.

Su amenaza retumbó, multiplicada por los ecos infinitos de la sala.

Sentí el Vínculo pulsar con un miedo agudo, pero también con una resolución fría.

Samara estaba a mi lado, su forma parcialmente etérea, la niebla arremolinándose en sus pies como un mar tormentoso.

Diana jadeaba a mi derecha, su hombro herido sangrando, pero su Agua flotaba a su alrededor, lista, afilada.

Entonces, una voz resonó directamente en mi cráneo.

No era el Vínculo.

Era algo más intrusivo, más académico.

«Encontramos el cuerpo.

No fue posible destruirlo, está protegido por barreras de la Primera Era, pero lo tenemos vigilado.

La única opción es derrotar a Ványar.

Si él cae, las barreras caen.» Era Caelum.

Asentí internamente, apretando los puños hasta que mis nudillos crujieron.

«Únete a nosotros.» La presencia de Caelum se materializó.

No entró por la puerta; flotó desde una grieta en el aire mismo, una proyección astral que se solidificaba rápidamente.

Sus ojos blancos estaban fijos en el elfo.

—Tu orden es una ilusión, Ványar —dijo Caelum, su voz tranquila contrastando con la violencia del ambiente—.

Termina esto.

No hay honor en reinar sobre cenizas.

Caelum no esperó respuesta.

Extendió sus sentidos, y un torrente de energía etérea fluyó hacia Ványar, un ataque invisible que buscaba cortar la conexión del elfo con los planos mágicos.

Ványar ni siquiera parpadeó.

—Decepcionante, Caelum.

El elfo contraatacó con un movimiento perezoso de su muñeca.

Un rayo corrupto, negro como tinta y crepitante de rayos rojos, impactó a Caelum en el pecho.

El impacto fue brutal.

Caelum salió despedido como una muñeca de trapo, estrellándose contra una columna de obsidiana con un sonido sordo y terrible.

Se derrumbó en el suelo, jadeando, su forma parpadeando entre lo físico y lo espectral.

—La energía…

—balbuceó Caelum, intentando levantarse, pero sus brazos fallaron—.

En tantos planos…

me abruma.

Estábamos solos de nuevo.

Ványar sonrió, una curva cruel y sanguinaria.

—Ahora, mueran.

Cargué.

No hubo pensamiento táctico, solo instinto.

Mi Fuego estalló, pero ya no era solo mío; estaba potenciado por el Velo de la Súcubo, ardiendo en un espectro azul y dorado.

Samara soltó un lamento detrás de mí, un silbido agudo que buscaba perforar la mente de Ványar, distraerlo un milisegundo.

Diana invocó una ola desde la humedad del aire que se estrelló contra él, intentando arrastrarlo.

La pelea reinició.

Más feroz.

Sin piedad.

Ványar peleaba como un dios acorralado.

Abría portales ofensivos por todas partes: rayos de luz nos azotaban desde el techo, desde el suelo, desde los lados.

Esquivé uno por instinto, rodando por el suelo, pero otro rozó mi hombro.

El dolor fue ardiente, cauterizando la piel al instante.

—¡Samara!

—grité.

Ella se volvió totalmente etérea.

Su Viento golpeó a Ványar, empujándolo contra la pared.

Diana formó escudos líquidos que absorbían los impactos de luz, protegiéndonos de la lluvia mortal.

Los cristales de la sala pulsaron, y sentí que la propia ULTIMA intentaba ayudarnos, desviando ligeramente los ataques de Ványar.

Caelum intentó levantarse en el fondo.

Otro torrente corrupto lo golpeó sin piedad.

Cayó inmóvil.

—¡Profesor!

—gritó Diana, su concentración rompiéndose un segundo.

—¡No!

¡No se distraigan!

—bramó Samara en el Vínculo—.

¡Ványar avanza!

El elfo caminaba hacia nosotros, su báculo brillando con un poder primigenio que distorsionaba el aire.

Teníamos que ganar tiempo.

O todo se perdía.

«¡Sinergia Total!», ordené mentalmente.

«¡Intercambio!» Sentí el cambio químico en mi sangre.

El Agua de Diana fluyó en mí, fría, adaptable.

El Viento de Samara corrió por mis venas, ligero, rápido.

Me lancé hacia Ványar.

Él esperaba un golpe de Tierra o Fuego, levantó una barrera física.

Lo sorprendí con un puñetazo que no impactó; fluyó.

Mi puño se convirtió en agua a alta presión al contacto, rodeando su guardia y golpeando su garganta.

El agua se congeló al impacto.

Él parpadeó, tosiendo, retrocediendo.

—¿Qué…?

Samara tomó mi Fuego.

No aulló viento; soltó un lamento flameante, una onda de sonido que quemaba el aire y chamuscó las cejas del elfo.

Diana usó mi Tierra.

Golpeó el suelo con su pie delicado, y pilares de roca negra surgieron bajo Ványar, lanzándolo al aire como un muñeco.

No sabía quién atacaría con qué.

La confusión era nuestra mejor arma.

Lo acorralamos.

Paso a paso.

Golpe a golpe.

Su espalda chocó contra la pared de obsidiana.

Nuestros ataques sincronizados llovían sobre él.

Pero entonces, su furia estalló.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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