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El aullido y el lamento 2: La sinfonia del vínculo - Capítulo 96

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  4. Capítulo 96 - 96 Sinergia y Absorción
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96: Sinergia y Absorción 96: Sinergia y Absorción (Narra Samara) Ványar retrocedía, y por un momento embriagador, creí que habíamos ganado.

Sus ojos élficos, siempre fríos y distantes, ahora ardían con una rabia humana, sucia.

Lo teníamos.

La Sinergia Total, potenciada por el Velo, nos hacía impredecibles, un caos que su mente ordenada no podía procesar.

Víktor invocó mi Viento.

Fue extraño ver a mi enorme Lycan moverse con esa gracia antinatural; lanzó una ráfaga comprimida que desequilibró al elfo.

Yo usé el Agua de Diana.

Invoqué látigos helados que azotaron su armadura, buscando las grietas, congelando el metal dorado hasta que crujió.

Diana se transformó.

Fue fluido, rápido.

Primero, un águila real que picoteó desde arriba, obligando a Ványar a cubrirse la cara.

Luego, al aterrizar, se convirtió en un oso pardo masivo.

Un zarpazo brutal agrietó la madera de su báculo de hueso.

—No…

saben…

nada —gruñó Ványar, limpiándose un hilo de sangre violeta de la boca.

Abrió un portal pequeño, defensivo, frente a su pecho.

Lo cerramos con un ataque combinado de Fuego y Tierra.

El portal colapsó.

Pero entonces, su expresión cambió.

La rabia desapareció, reemplazada por una determinación fría y aterradora.

Dejó de intentar defenderse.

—La magia dracónica era para Uroboros —dijo, su voz extrañamente calmada en medio del estruendo—.

Un desperdicio usarla en mí.

Pero nada me impide tomar las otras para aumentar mi propia capacidad.

Levantó ambas manos.

Un portal masivo se abrió sobre su cabeza.

No era negro, ni dorado.

Era multicolor, caótico.

Incontables esferas de luz surgieron de él.

Eran esencias mágicas.

Cientos de ellas.

Pequeñas almas brillantes robadas de criaturas menores a lo largo de los siglos.

Grifos, sirenas, elementales de bajo nivel.

Las esferas golpearon su cuerpo como una lluvia de meteoritos.

Ványar no gritó de dolor; gritó de éxtasis.

Su cuerpo las absorbió con avidez.

Su piel comenzó a brillar con una luz que no era natural, una mezcla enfermiza de colores.

Un poder abrumador, denso como la gravedad de un agujero negro, irradió de él.

La Sala de los Ecos tembló hasta sus cimientos.

Su aura se expandió violentamente, empujándonos hacia atrás varios metros sin siquiera tocarnos físicamente.

Víktor gruñó, clavando sus garras en el suelo para no salir volando.

—¡No!

El elfo se enderezó.

Las grietas en su armadura se sellaron solas.

El báculo, antes dañado, pulsó con una nueva fuerza, vibrando con el grito silencioso de las esencias consumidas.

La pelea cambió al instante.

Ványar no asimiló habilidades nuevas; no le salieron alas ni garras.

Simplemente potenció su magia base a niveles divinos.

Abrió portales más rápido de lo que el ojo podía seguir.

Rayos de energía letal llovieron sobre nosotros.

Un portal se abrió bajo mis pies y comenzó a succionarme.

Me volví etérea al instante para escapar de la gravedad, pero un rayo perdido me golpeó en el pecho.

El dolor fue agudo, un frío que me robó el aliento.

Caí al suelo, rodando.

Diana se transformó en un león de montaña, rugiendo, y saltó sobre él con la intención de morder su cuello.

Ványar ni siquiera la miró; solo extendió la mano y la lanzó con una onda de fuerza telequinética tan fuerte que la escuché chocar contra la pared opuesta con un crack seco.

—¡Diana!

—gritó Víktor.

El Lycan combinó elementos en desesperación.

Fuego con Viento.

Creó una tormenta ígnea, un tornado de llamas azules que envolvió a Ványar por completo.

El fuego rugió, consumiendo el oxígeno de la sala.

Pero cuando las llamas se disiparon, Ványar emergió intacto.

Su luz élfica formaba una burbuja impenetrable a su alrededor.

Ahora brillaba tanto que era difícil mirarlo directamente.

Contraatacó.

Un simple gesto de su dedo envió un rayo que me rozó el brazo.

Sentí mi piel quemarse y mi conexión con el Vínculo parpadear.

Caí de rodillas, jadeando.

Víktor cargó de nuevo, la última línea de defensa.

Usó Tierra para endurecer su piel hasta que pareció de diamante.

Golpeó con toda su fuerza.

Ványar bloqueó el puño con una sola mano desnuda.

Sonrió, y abrió un portal a quemarropa en el estómago de Víktor, disparando energía pura que lo mandó a volar.

Diana, recuperándose, usó Agua mezclada con el Fuego residual de Víktor.

Un vapor corrosivo, ácido, quemó el rostro perfecto del elfo.

El elfo gritó, llevándose las manos a la cara.

Pero entonces, absorbió más esferas del portal superior.

Su piel se regeneró en segundos.

Su poder creció aún más.

Nos estaba acorralando.

Sus ataques eran incesantes, una marea que nos ahogaba.

Sentí el Vínculo tenso, a punto de romperse.

Estábamos agotados.

Heridos.

Sin opciones.

Mi intelecto buscaba una salida, una estrategia, pero la fuerza bruta de Ványar desafiaba cualquier lógica.

De repente, una lágrima, un portal más, irrumpió en la sala.

No era un vórtice caótico de energía robada, sino un portal plateado y majestuoso.

De él surgió una silueta conocida, y una voz de mando grave retumbó en la Sala de los Ecos.

Era el director de ULTIMA.

El imponente Kirin.

Ványar palideció.

El color se drenó de su rostro élfico.

—Así que tenías más esencias guardadas, Ványar —resonó la voz del Kirin, magnánima y todopoderosa—.

Impresionante.

Pero inútil.

El Kirin se materializó, un espectro de luz y juicio, clavando su mirada en el elfo.

—Usted… ¿Aquí?

—balbuceó Ványar, la negación en sus ojos.

—¿Dónde más, si no en mi escuela?

—respondió el director—.

Abandona tu cruzada, elfo.

No hay nada que puedas hacer contra un guardián primigenio como yo.

Ványar tembló.

Era la rendición.

Su miedo era tan palpable que sentí su sabor amargo a través del Vínculo.

Cayó de rodillas, postrándose ante la figura.

Pero cuando se postró, su mano se deslizó hacia su tobillo.

Con la velocidad del rayo, extrajo una daga oculta en la bota de su armadura.

La hoja era negra, corrupta, exudando podredumbre y desesperación.

Ványar se puso de pie con un grito de odio puro y la arrojó violentamente contra el Kirin.

La daga lo atravesó limpiamente, sin resistencia, y se clavó en la obsidiana de la pared.

La imagen del Kirin se dispersó instantáneamente como humo.

—¿Qué demonios?

—gritó Ványar, mirando la daga, luego el vacío.

Su rostro se contorsionó en una nueva capa de locura.

La verdad, la terrible verdad, golpeó su lógica de lleno.

—¡Fue una ilusión!

—rugió, mirando las runas de la Sala, la obsidiana, las grietas—.

¡Fue… la Sala!

¡Imposible!

¡Ustedes!

La proyectaron ahí… no… no estaba ahí… ¡Estaba en mi mente!

El elfo se llevó las manos a la cabeza, tambaleándose.

Había sido engañado, no por la magia del ambiente, sino por el Vínculo que había absorbido la esencia del Velo.

Habían invadido su mente y proyectado su mayor miedo: la autoridad inmutable que no podía doblegar.

—¡Intentan volverme loco!

—soltó Ványar, con una risa maniaca y vidriosa que llenó la sala—.

¡Jamás lo lograrán!

¡Mi mente es demasiado poderosa!

¡No dejaré que jueguen con mi mente!

¡No, no podrán!

Su risa se volvió un chillido histérico.

—¡El Vínculo… morirá!

Se tambaleó, riendo, mientras su cordura se quebraba en mil fragmentos, dejando su aura expuesta.

A pesar de su risa, el momento de quiebre nos dio la clave.

Lo habíamos herido donde importaba.

Y en el Vínculo, la voz de Diana resonó, ahora serena y llena de propósito.

«Chicos…

este es el último secreto que me compartió el dragón.

Debemos aprovecharlo.» —¿Qué?

—pensé, confundida.

Diana cerró los ojos y extendió su magia, no hacia Ványar, sino hacia la sala misma.

La sala respondió.

Las paredes de obsidiana comenzaron a disolverse como tinta en agua.

El techo abovedado desapareció.

El suelo de piedra se convirtió en hierba suave.

En un parpadeo, ya no estábamos en una sala.

Estábamos en un campo vasto, casi infinito.

Cielos abiertos arriba, azules y despejados, con un sol de mediodía brillando.

Era una proyección, una realidad de bolsillo creada por la magia del Dragón para el combate real.

Había espacio.

Espacio para maniobrar.

Espacio para volar.

Espacio para transformaciones que no cabían en una jaula.

Diana jadeó.

Cayó a cuatro patas, y su cuerpo comenzó a contorsionarse.

No era la transformación fluida de un oso o un águila.

Era algo lento, doloroso, antiguo.

Escamas doradas emergieron de su piel, rasgando su ropa.

Huesos crujieron y se alargaron.

Alas inmensas, membranosas y doradas, se extendieron cubriendo el sol, proyectando una sombra gigantesca sobre nosotros.

Víktor y yo la miramos, asombrados, olvidando por un segundo el dolor.

Ványar palideció, dando un paso atrás por primera vez desde que absorbió las esferas.

—Imposible —susurró.

Frente a nosotros, un Dragón Dorado se alzó, rugiendo con una voz que era la de Diana y la de una diosa a la vez.

La batalla acababa de escalar.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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