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El aullido y el lamento 2: La sinfonia del vínculo - Capítulo 97

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  4. Capítulo 97 - 97 El Dragón Despierta
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97: El Dragón Despierta 97: El Dragón Despierta (Narra Diana) El dolor de la transformación no fue como el de mis cambios habituales a oso o león.

Aquellos eran reajustes biológicos; huesos que crecían, piel que se estiraba.

Esto fue una demolición y reconstrucción.

Sentí cómo mi forma base se disolvía en fuego líquido, cómo mi columna vertebral se alargaba hasta convertirse en una cordillera de hueso y poder.

Cuando abrí los ojos, el mundo había cambiado.

Ya no miraba hacia arriba para ver el cielo de la proyección mágica.

Yo era el cielo.

La Sala de los Ecos, transfigurada en ese campo de batalla infinito, se sentía pequeña bajo mis garras.

Mis alas, vastas velas de membrana dorada y escamas indestructibles, batieron una sola vez.

El vendaval resultante levantó una nube de polvo y obligó a Víktor y Samara a cubrirse.

Me sentí antigua.

Me sentí eterna.

Miré hacia abajo.

Ványar, el todopoderoso archimago elfo con sus esencias robadas, parecía un insecto brillante y molesto.

Su armadura dorada, antes imponente, ahora era una baratija comparada con el resplandor de mis escamas.

Un rugido nació en mi pecho.

No fue un sonido vocal; fue una vibración tectónica.

—ROARRRRRR.

El sonido quebró el aire.

Ványar retrocedió, su rostro pálido por primera vez mostrando un terror genuino.

—Imposible… —susurró, y gracias a mis sentidos dracónicos agudizados, escuché el latido errático de su corazón.

Pero el miedo de Ványar duró poco.

Su arrogancia, alimentada por siglos de robo, tomó el control.

—¡Eres solo una bestia!

—gritó, alzando ambas manos.

Los portales sobre su cabeza brillaron con violencia.

Absorbió más esencias, docenas de ellas, inflando su aura hasta que brilló como un segundo sol enfermizo.

—¡Ataquen!

—ordenó Víktor a través del Vínculo.

Su voz en mi mente se sentía pequeña, pero era el ancla que evitaba que el instinto del dragón me consumiera.

La batalla estalló.

Víktor cargó, una mancha de Fuego y Tierra que se movía a una velocidad aterradora.

Samara se elevó, una espectro de Viento y niebla, flanqueando al elfo.

Yo tomé el cielo.

Inhalé.

El aire quemó en mis pulmones, transformándose en magia pura.

Abrí mis fauces y liberé el Fuego Dracónico.

No era fuego normal; era dorado, denso como el oro fundido, capaz de quemar no solo la carne, sino la magia misma.

Ványar abrió un portal defensivo gigantesco.

Mi fuego chocó contra la negrura del vacío, creando una explosión de vapor y luz que cegó la realidad por un segundo.

El elfo aprovechó la cobertura.

Se teletransportó sobre mi lomo, flotando con magia de levitación.

—¡Caerás como los de tu especie en la Primera Era!

—bramó.

Lanzó una lanza de energía concentrada, negra y crepitante, directo a la base de mi ala derecha.

El dolor fue cegador.

Rugí, girando en el aire para quitármelo de encima.

El impacto me hizo perder altura, y mis garras surcaron la tierra del campo ilusorio, creando trincheras profundas.

—¡Diana!

—gritó Samara.

La Bansheaver se lanzó en picada.

Su Viento no golpeó a Ványar; me golpeó a mí, bajo las alas, una corriente ascendente suave pero firme que me estabilizó.

«Estoy contigo», susurró ella en el Vínculo.

Recuperé el vuelo.

Ványar aterrizó en el suelo, listo para lanzar otro ataque, pero Víktor ya estaba allí.

Mi compañero Lycan saltó, usando una columna de Tierra como trampolín.

Embistió a Ványar con el hombro, un golpe que habría derribado una muralla.

El elfo salió despedido, pero rodó y se puso de pie, lanzando una onda de fuerza que derribó a Víktor.

La pelea era brutal, rápida.

Ványar era poderoso, sí.

Tenía la magia de un ejército en su cuerpo.

Pero nosotros teníamos algo que él nunca entendió.

Sinergia.

Yo descendí en picada, mis garras extendidas como guadañas.

Ványar levantó un escudo.

Mis garras chocaron contra la barrera mágica, sacando chispas que eran relámpagos reales.

Presioné, usando toneladas de peso dracónico.

—¡Rómpelo!

—gruñí mentalmente.

Víktor golpeó la barrera desde atrás con puños de magma.

Samara golpeó desde los flancos con cuchillas de viento.

La barrera de Ványar se rompió.

El elfo gritó, expuesto.

Pero en su desesperación, desató el caos.

Abrió un portal debajo de nosotros, uno que no llevaba a ningún lugar, sino que intentaba borrar la materia.

Sentí la succión.

Víktor clavó sus garras en el suelo.

Yo batí mis alas con frenesí, luchando contra la gravedad nula.

Samara, usando el poder del Velo, se deslizó dentro del portal.

«Ciérralo», ordenó ella, y desde el interior, usó su lamento para desestabilizar la magia del portal.

El vórtice colapsó con un estallido sordo.

Ványar cayó de rodillas, jadeando.

Estaba herido.

Sangre élfica goteaba de su nariz y oídos.

Pero sus ojos…

sus ojos brillaban con la locura de quien prefiere morir matando.

Absorbió las últimas esferas que le quedaban.

Su piel comenzó a agrietarse, la luz saliendo por las heridas.

Se estaba convirtiendo en una bomba viva.

—Si no puedo controlarlos…

los aniquilaré —susurró.

Estábamos en el punto de quiebre.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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