El aullido y el lamento 2: La sinfonia del vínculo - Capítulo 98
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- Capítulo 98 - 98 La Sinfonía del Alma
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98: La Sinfonía del Alma 98: La Sinfonía del Alma (Narra Víktor) Ványar era un sol inestable a punto de estallar.
La energía que había absorbido era demasiada para su cuerpo físico; se estaba desmoronando, pero esa explosión nos llevaría a todos con él.
El Vínculo ardía con una intensidad que nunca había sentido.
No había palabras, solo una comprensión absoluta.
Sabíamos lo que teníamos que hacer.
No podíamos golpearlo con fuerza bruta; él absorbería el impacto.
Teníamos que golpearlo en el único lugar donde no tenía defensa.
En su alma.
En todos los planos a la vez.
Diana, en su forma de Dragón Dorado, aterrizó pesadamente detrás de él, cerrando su ruta de escape.
Samara flotó frente a él, su forma etérea vibrando con el poder de la Súcubo y la Bansheaver.
Yo me planté en el centro, mi forma Lycan completamente liberada, mis músculos tensos como cables de acero.
Ványar nos miró, y por un segundo, la locura dio paso a la claridad.
Vio su fin.
—No…
—murmuró.
—Ahora —dije.
No fue una orden.
Fue el inicio de una canción.
Inspiré, llenando mis pulmones con el aire cargado de ozono y magia.
Samara abrió la boca, sus ojos blancos fijos en los de Ványar.
Diana levantó su cuello largo y escamoso hacia el cielo falso.
Y los tres liberamos nuestra esencia al mismo tiempo.
Yo rugí.
Fue un sonido de la Tierra rompiéndose, del Fuego naciendo.
Un rugido de dominio, de fuerza física inquebrantable que hizo temblar el suelo bajo los pies de Ványar.
Samara liberó su Lamento.
Un aullido agudo, espectral, cargado con el poder del Velo.
No atacó sus oídos; atacó su mente.
Llevaba el dolor de Alun’diel, la culpa de Thörne, el peso de cada vida que él había “resguardado”.
Diana soltó el Grito Dracónico.
Un sonido primordial, el sonido de la creación misma.
Una frecuencia dorada que resonó con la magia pura, anulando los hechizos artificiales de Ványar.
Los tres sonidos chocaron en el centro, justo donde estaba Ványar.
Se fusionaron.
Se convirtió en la Sinfonía del Alma.
El aire se onduló visiblemente.
La realidad se fracturó.
Ványar no pudo levantar un escudo.
No pudo abrir un portal.
El ataque lo golpeó física, mental y espiritualmente al mismo tiempo.
Lo vi sacudirse violentamente, como un muñeco en medio de un huracán.
Su armadura dorada se hizo polvo.
Su báculo, ya agrietado, se desintegró en astillas que desaparecieron en el aire.
Sus ojos se pusieron en blanco mientras el Lamento de Samara destrozaba sus barreras mentales.
Su cuerpo se arqueó cuando el Rugido de Diana aplastó su magia defensiva.
Cayó.
Quedó de rodillas, con los brazos colgando, la boca abierta en un grito silencioso.
Sus defensas estaban totalmente expuestas.
Su aura había sido borrada.
Era el momento.
—¡Terminémoslo!
—gritó Samara.
Me lancé hacia adelante.
La Tierra cubrió mi puño derecho, convirtiéndolo en un mazo de piedra obsidiana.
El Fuego lo envolvió, ardiendo al blanco vivo.
Samara usó su Viento para impulsarme, dándome una velocidad supersónica.
Diana lanzó una llamarada de fuego dorado que envolvió mi brazo, añadiendo la magia dracónica a mi golpe.
Ványar levantó la vista, aturdido, justo cuando llegué a él.
—Su…
caos…
—susurró.
Mi puño impactó en el centro de su pecho.
El golpe no solo rompió costillas; atravesó su protección mágica residual y quemó su núcleo de poder.
La onda de choque barrió el campo ilusorio, disolviendo el cielo azul, la hierba, devolviéndonos violentamente a la fría realidad de la Sala de los Ecos.
Ványar salió disparado hacia atrás, chocando contra el muro de obsidiana con tal fuerza que la piedra se partió en dos.
Cayó al suelo, roto.
Me quedé de pie, jadeando, el vapor saliendo de mi cuerpo.
Diana se desplomó a mi lado, su forma dracónica disolviéndose en luces doradas hasta que volvió a ser la chica Nextherian, desnuda y exhausta, temblando en el suelo.
Samara se materializó, corriendo para cubrirla con su magia evanescente.
Miramos hacia el elfo.
Ványar intentó levantarse.
Tosió una sangre negra y espesa.
Nos miró con un odio que iba más allá de la muerte.
—Prevaleció…
—escupió.
Con una mano temblorosa, rasgó el aire.
No era un portal controlado.
Era una grieta de escape desesperada, inestable.
—Esto no…
termina…
Se arrastró hacia la grieta.
Quise detenerlo, dar el paso final, pero mis piernas fallaron.
La Sinfonía nos había drenado a todos.
Ványar se dejó caer en la oscuridad del portal, y la grieta se cerró tras él, tragándose su derrota y su amenaza.
Silencio.
Esta vez, el silencio era real.
La Sala de los Ecos estaba en ruinas, pero estaba tranquila.
Los cristales flotantes habían perdido su brillo corrupto y ahora emitían una luz suave y blanca.
La puerta destrozada se abrió.
Caelum se levantó, cojeando, apoyado en el marco.
Nimue y Ana aparecieron detrás de él, vivas.
Cansadas, golpeadas, pero vivas.
Caelum miró el gran salón vacío, luego nos miró a nosotros.
A Víktor, el Alfa.
A Samara, la Banshee del Velo.
A Diana, la Dragona renacida.
Una sonrisa cansada cruzó su rostro pálido.
—Ganaron —dijo, y la palabra sonó como una bendición.
Nimue corrió hacia Diana, comenzando a curar sus heridas con magia verde.
Ana se dejó caer al suelo, riendo histéricamente por el alivio.
Me acerqué a mis compañeras.
Samara me miró, sus ojos brillantes de lágrimas no derramadas.
Diana me tomó la mano, su piel ardiendo con la fiebre post-transformación.
Estábamos vivos.
ULTIMA estaba a salvo.
Pero mientras miraba el lugar donde Ványar había desaparecido, supe que la paz era frágil.
Él había huido, herido y humillado, pero vivo.
Y el mundo…
el mundo ahora tenía magia de nuevo.
Magia salvaje, incontrolable.
Habíamos salvado el mundo, sí.
Pero también lo habíamos cambiado para siempre.
—Vámonos a casa —dijo Diana, apoyando su cabeza en mi hombro.
—Sí —respondí, besando su frente—.
A casa.
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