El aullido y el lamento 2: La sinfonia del vínculo - Capítulo 99
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- Capítulo 99 - 99 Doce lunas después
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99: Doce lunas después 99: Doce lunas después (Narra Víktor) El sol se derrite en el horizonte, tiñendo los jardines de ULTIMA de un cobre líquido.
Las clases terminaron hace rato.
Los alumnos nuevos ya se fueron a sus dormitorios, todavía con los ojos muy abiertos por haber visto a los tres profesores, a quienes ahora llaman el Vínculo, dando lecciones prácticas.
Todos nos miran con respeto y admiración.
Nosotros ya no llevamos insignias de estudiantes.
Hace 8 meses que nos graduamos.
Ahora somos parte del profesorado.
Yo tomé el manto de Thorne como el nuevo profesor de Alquimia, Samara enseña Historia, el puesto que dejó Vanyar al desaparecer, y Diana es nuestra experta en Transfiguración.
Seguimos aquí porque este lugar es nuestro hogar, porque los chicos nos necesitan y porque, en el fondo, ninguno de los tres sabemos vivir sin el olor a bosque antiguo y piedra encantada.
Caminamos por el sendero de grava hacia la Cabaña de Raíces, nuestro hogar permanente que Nimue nos obsequió, oculto en los jardines de ULTIMA, y al cual solo nosotros podemos llegar.
Diana va delante, descalza, dejando huellas húmedas en la tierra; el agua de sus pies siempre deja un rastro de rocío.
Samara camina a mi izquierda, el viento jugueteando con su melena plateada, rozándome la mejilla como un beso fantasma.
Yo cierro la marcha, con la mano en la cintura de Diana, sintiendo el calor de su piel a través de la camiseta fina Nimue nos espera en la puerta.
Lleva un vestido verde oscuro que parece hecho de hojas vivas.
Sus ojos esmeralda brillan con esa mezcla de madre y amante que solo ella sabe llevar.
Ana está a su lado, apoyada en el marco, brazos cruzados, sonrisa lenta y peligrosa.
El velo mágico de la cabaña ya está activo: nadie nos verá, nadie nos oirá, nadie sabrá que aquí dentro el mundo se reduce a cinco cuerpos y una sola piel.
Entramos.
La puerta se cierra sola.
El aire se vuelve denso, cargado de ozono, tierra mojada y deseo.
Nimue es la primera en moverse.
Se acerca a Samara, desliza los dedos por su cuello y la besa con una calma que parece eterna.
Samara suspira contra su boca, y yo siento ese suspiro en mi propia piel, como si el Vínculo lo multiplicara por mil.
Diana se gira hacia mí.
Sus ojos dorados, ahora más ferales desde que puede tomar forma de dragón, me devoran.
Me empuja contra la pared de raíces vivas.
Sus labios encuentran los míos, hambrientos, y sus manos bajan directas al botón de mis vaqueros.
Ana se ríe, bajo, ronco.
Se quita la camisa negra en un solo movimiento.
La piel morena de sus pechos brilla bajo la luz verde de las enredaderas.
Se acerca a mí por detrás, pega sus senos a mi espalda y muerde el lóbulo de mi oreja mientras Diana me besa.
—Espero que no les moleste que haya traído un regalo para celebrar el aniversario —dice Ana, su voz ronca.
De las sombras de la habitación contigua emerge una imponente figura.
Es un hombre de casi dos metros de altura, con la piel del color de la obsidiana pulida y una musculatura fibrosa que habla de una fuerza depredadora.
Sus ojos brillan con un tono rojizo, y cuando sonríe, veo la promesa de colmillos.
—Mi nombre es Kwan —dice, su voz profunda como un tambor lejano—.
Soy un Asanbosam.
Un vampiro de los bosques antiguos.
Una criatura de sangre y hierro.
Diana rompe el contacto con mis labios y lo mira fijamente.
Sus ojos dorados brillan con curiosidad y hambre.
—Me encantan las sorpresas —murmura ella.
A unos metros, en el rincón cubierto de musgo, la energía es diferente.
Samara y Nimue están sentadas frente a frente.
No se han desnudado del todo, pero sus piernas están entrelazadas, desnudas desde el muslo, piel de luna contra piel de bosque.
Diana, frente a Kwame, no baja la mirada.
Con una lentitud deliberada, baja los tirantes de su camiseta y deja que la prenda caiga al suelo.
No lleva nada debajo.
Muestra sus pechos con orgullo, los pezones endurecidos por la anticipación y la magia.
Se ofrece a la vista del vampiro como una diosa pagana exige adoración.
Kwame gruñe, un sonido profundo que vibra en el suelo.
No pregunta.
No duda.
La toma por la cintura con sus manos grandes y oscuras y la levanta en el aire como si no pesara nada.
Diana enreda sus piernas alrededor de la cintura del vampiro, y él hunde su rostro entre sus pechos, devorándola, marcándola.
Yo no espero.
Me dirijo directamente a Ana.
Ella me recibe con un choque de cuerpos, su espalda contra la pared de madera.
Mis manos van a su cintura, suben por sus costillas y reclaman su boca con un hambre que lleva días acumulándose.
Ana responde con dientes y uñas, su magia de sombras enredándose con mi calor.
La beso hasta dejarla sin aliento, mordiendo su labio inferior, presionando mi cadera contra la suya para que sienta la dureza de mi deseo.
Samara continua enredada en el cuerpo de Nimue.
El vestido de hojas de la elfa se abre solo, como si obedeciera una orden silenciosa.
La lengua de Samara recorre despacio, dibujando runas de placer sobre la piel de Nimue.
La elfa echa la cabeza hacia atrás, sus dedos enredándose en el cabello plateado, guiándola, exigiendo más.
Es una danza lenta, hipnótica.
Ana me empuja al suelo.
El musgo es suave, caliente, vivo.
Se sienta sobre mi cara sin pedir permiso; nunca lo pide cuando sabe que quiero ahogarme en ella.
Gimo contra ella y siento cómo sus muslos tiemblan.
Su cuerpo se desvanece hacia el frente, sus besos recorren mi bajo vientre, bajan, bajan.
Cuando su boca me envuelve, el mundo se reduce al calor húmedo y a la lengua que conoce cada punto exacto.
Nimue se aparta de Samara solo un segundo.
Con un gesto, las raíces del suelo se alzan, suaves, y envuelven las muñecas de Samara, manteniéndola de rodillas, expuesta.
La Bansheaver desnuda gime, una nota espectral que hace vibrar las paredes.
Nimue se coloca detrás de ella, desliza dos dedos dentro de Samara mientras su otra mano acaricia su espalda como si calmara a una yegua salvaje.
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