El aullido y el lamento - Capítulo 11
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- Capítulo 11 - 11 Entre frascos y viales
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11: Entre frascos y viales 11: Entre frascos y viales Nos dirigimos al almacén de Pociones.
Era un lugar oscuro, lleno de estantes de madera que se curvaban bajo el peso de frascos y tarros.
Olía a hierbas podridas, a sudor y, curiosamente, a metal oxidado.
El aire pesado, saturado con las esencias, polvos y toda clase de ingredientes, era abrumador.
—El profesor Thörne comparó la integridad estructural de este lugar con mi dormitorio —murmuré, recorriendo con la mirada los estantes precariamente llenos—.
Creo que eso fue un desafío, Samara.
Ella sonrió, ese gesto lento y peligroso.
—Claro que lo fue.
Nos está invitando al desastre.
Samara dejó caer la caja de raíces secas que recién estaba por acomodar.
Se giró hacia mí, sus ojos verdes oscurecidos por el deseo.
—Quizá estamos inhalado demasiadas esencias, pero creo que este es el lugar perfecto para una aventura.
Está lleno de pociones de amor y venenos mortales.
Apuesto a que nadie nos interrumpirá aquí.
La biblioteca puede esperar un poco más —dijo, su voz volviéndose seductora.
Me reí, un sonido áspero que resonó entre los estantes.
—Tienes razón, banshee.
El viejo Thörne, sin querer, nos dio el castigo que realmente queríamos.
La tomé por la cintura y la levanté con la urgencia del que no quiere perder un segundo más.
La coloqué sobre un barril de especias; sus caderas quedaron a la altura perfecta de las mías.
Separé sus piernas, acaricié sus muslos y un poco más.
—Qué distraída eres, banshee —le dije entre besos—.
Olvidaste materializar ropa interior bajo tu vestido.
—Esperaba que lo notaras antes, lobo distraído —Dijo antes de morder mi labio inferior.
La risa que escapó de sus labios no fue contenida.
Fue un sonido gutural, bajo y cargado de una promesa.
—Aquí no hay nadie que pueda oírme, lobo —susurró contra mi boca, su aliento caliente mezclándose con el mío—.
Y mi resonancia necesita desahogarse de la forma más ruidosa posible.
Esa fue la única advertencia que necesité.
La ternura se evaporó.
Mi boca se estrelló contra la suya, no en un beso, sino en una colisión.
Fue un frenesí de dientes y lenguas, una batalla desesperada por el control que ninguno de los dos quería ganar.
Sus manos ya no se deslizaban; se aferraban a mi camisa, tirando, desgarrando casi la tela en su urgencia por sentir mi piel.
El aire denso del almacén se cargó con un nuevo aroma, uno que mis sentidos de licántropo devoraron al instante: el olor metálico y dulce de su excitación, mezclado con el perfume de su sudor.
Era un aroma primario, animal, que ahogó por completo el olor a polvo y hierbas secas.
Era el olor de la presa que se niega a ser cazada y se convierte en depredadora.
Cada vez que mis dedos exploraban un nuevo centímetro de su piel, ella respondía con un sonido.
Un jadeo agudo cuando mis manos rodearon sus pechos, un gemido profundo que vibró contra mi pecho cuando mis pulgares encontraron sus pezones.
No había vergüenza, no había contención.
Sus gritos eran una banda sonora para el caos que desatábamos, un eco que rebotaba en los frascos de cristal y llenaba el silencio del pasillo prohibido.
La sensación de su piel bajo mis manos era un festín.
Suave, tensa y ahora resbaladiza por una fina capa de sudor que la hacía brillar en la penumbra.
Mis manos se aferraron a la curva de sus caderas, anclándola contra mí, y comencé a moverme.
Ya no era un vaivén suave; era un ritmo brutal y desesperado, guiado por el instinto más puro.
Cada embestida era una respuesta a sus gritos, cada grito una invitación a ir más profundo, más rápido.
Estábamos desconectados del mundo, pero anclados a ese rincón oscuro, a ese momento.
El sonido de nuestra piel chocando, sus gemidos convirtiéndose en gritos agudos de placer, mis propios gruñidos guturales…
era una sinfonía salvaje.
La magia no solo se mezclaba en el aire; la estábamos generando, una tormenta de energía nacida de la fricción, el sudor y la pasión desenfrenada.
La sentí tensarse bajo mi agarre, sus uñas clavándose en mis hombros.
—¡Víktor!
—gritó mi nombre, y no fue una súplica, fue una demanda.
Ese fue el detonante.
Nos fundimos en una explosión simultánea, un clímax tan violento y ruidoso que juraría que el estallido hizo temblar los estantes.
Su grito final se unió a mi rugido, y en ese instante, un par de frascos en la repisa más cercana brillaron con una luz intensa, reaccionando a la liberación de nuestra magia en su forma más cruda.
“Polvo de luna” y “Raíz de lamento”.
Habíamos completado la tarea, confirmando que aún quedaban existencias en el almacén.
Una vez que el último eco de nuestra pasión se desvaneció, terminamos de ordenar el almacén.
—Bueno —jadeó Samara, con una sonrisa pícara—.
Eso fue…
vigorizante.
Aunque normalmente prefiero lugares más ventilados…¿Crees que Thörne se dará cuenta de que se rompieron algunas de sus pociones?
—No lo sé.
Supongo que no si no las anotas en la hoja de inventario —respondí, mi corazón aun latiendo un poco más rápido de lo normal—.
Termina de anotar todo y vamos al laboratorio.
No quiero darle una excusa real para disecarme.
Y después de eso, directo a la biblioteca.
Samara terminó de llenar la hoja de inventario, ignorando lo que nuestros descuidados cuerpos habían roto.
Salimos del almacén, intentando parecer tan inocentes cómo es posible después de un encuentro ilícito en un armario de pociones.
Al llegar al laboratorio, sin embargo, estaba extrañamente silencioso.
No había rastro del Profesor Thörne.
—¿Dónde demonios está el viejo amargado?
—murmuré, recorriendo el lugar con la mirada.
Samara se acercó a un caldero que burbujeaba suavemente.
—Parece que el profesor tiene sus propias tareas que atender —comentó con una leve sonrisa—.
O quizás está envenenando a algún otro estudiante.
La ausencia de Thörne era una bendición inesperada.
Nos había obstaculizado, nos había castigado, pero ahora, sin él, el camino a la biblioteca estaba despejado.
—Esto nos facilita las cosas —dije, mi voz bajando a un tono más serio—.
No podemos esperar a que regrese.
Tenemos que ir a la biblioteca ahora, antes de que la Runa de la Quietud decida manifestarse de otra forma.
Samara asintió, toda la picardía desapareciendo de su rostro para dar paso a una determinación férrea.
El misterio era demasiado urgente para ignorarlo por más tiempo.
—Vamos, lobo —dijo—.
Es hora de que el conocimiento separe a la criatura de la leyenda.
Y con eso, salimos del laboratorio con una nueva urgencia, finalmente libres para buscar las verdades ocultas en los archivos.
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