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El aullido y el lamento - Capítulo 12

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  4. Capítulo 12 - 12 Secretos libros y pergaminos
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12: Secretos, libros y pergaminos 12: Secretos, libros y pergaminos Llegamos a la inmensa biblioteca de la universidad, un templo de mármol y estanterías que olía a siglos de polvo mágico.

Nos dirigimos directamente a los Archivos Oscuros, una sección usualmente restringida por su contenido: historias de magia negra y antigua.

La zona estaba oculta tras una puerta de hierro forjado al fondo de la impresionante estructura.

Dicha puerta requería una clave mágica para ser abierta, pero gracias a la tarea del Profesor Ványar, nuestras identificaciones de estudiantes fueron suficientes para que los sellos nos dejaran pasar.

La sala de archivos era fría y silenciosa, con estanterías que se elevaban hasta perderse en el techo, repletas de pergaminos y tomos encuadernados en cuero gastado.

El aire era pesado, como si contuviera los ecos de secretos olvidados.

Encontramos una mesa en el rincón más lejano, iluminada por una pequeña lámpara.

Contaba con un reposa libros y un pergamino mágico que nos permitiría invocar los tomos que necesitábamos.

Samara comenzó a buscar títulos sobre los territorios occidentales, pactos mágicos y druidas, eligiendo finalmente un libro sobre linajes y sus orígenes.

Yo, previamente, había invocado uno sobre el folclore del bosque.

Estabámos por cumplir la primer hora de lecturas cuando su voz irrumpió en el silencio de la biblioteca.

—Víktor…

—murmuró, y el sonido de mi nombre sin sarcasmo fue casi alarmante.

Levanté la vista de mi libro.

—¿Qué pasa?

¿Encontraste algo?

—No.

Aún no, pero otro texto llamó mi atención, me dejo…dudando.

—Pasó una mano por su cabello castaño, un gesto nervioso que no le había visto antes.

Sus dedos rozaron la cubierta de cuero de un grimorio cerrado, como si buscara algo sólido a lo que aferrarse—.

¿Crees que todo esto es real?

Su voz era tan baja que apenas la oí.

—La intensidad…

la pasión…

—hizo una pausa, y vi la vergüenza luchar contra el miedo en su rostro—.

Víktor, el desastre en el dormitorio…

y lo del almacén…

¿fuimos nosotros?

Se inclinó sobre la mesa, su voz bajando a un susurro lleno de una vulnerabilidad que me desarmó.

—Dime la verdad.

Cuando me tocaste…

cuando yo te toqué…

¿sentías que tenías el control?

Porque yo no.

Yo no soy así.

No soy…

no soy esa criatura.

Sentí como si algo me empujara, como si mis manos no fueran mías.

¿Crees que lo nuestro es solo el efecto de algún hechizo?

¿Que toda esta pasión es solo porque la magia del aullido y el lamento de la visión?, que es eso lo que despertó en el bosque y ahora nos están forzando para entrelazarse.

—Tengo miedo, Víktor.

Miedo de que estos libros nos digan que no somos más que una reacción química ancestral.

Que no somos nosotros quienes tomamos las decisiones.

Que solo somos las marionetas de una vieja tragedia.

—Sé que suena absurdo, después de lo que acabamos de hacer entre las pociones de Thörne, pero… estar aquí buscando respuestas, buscando la causa, hace que todo ese descontrol se sienta mucho más real.

Sentí un pinchazo agudo, no por el miedo a la verdad, sino por el miedo en sus ojos.

Me desarmó.

Estaba buscando una salida, una forma de culpar a una vieja tragedia por lo que sentía.

Dejé el tomo de golpe y me levanté para rodear la mesa.

Tomé su mano, apartándola del libro, y la obligué a mirarme.

Sus dedos estaban helados.

—Samara —dije, mi voz grave y firme—.

¿Marionetas?

¿En serio crees que un hechizo o una “visión” me obligó a destrozar mi habitación?

¿Crees que una “magia antigua” me hizo desearte en el almacén de Thörne?

Me incliné más cerca, mi voz bajando a un gruñido.

—Ninguna magia, por ancestral que sea, me dice a quién desear.

Lo que pasó entre esas pociones…

fue nuestro.

Caótico, sí.

Imprudente, sin duda.

Pero fue mi elección.

Y fue la tuya.

—No sé qué es esa Runa ni qué quiere el bosque, y no me importa.

No es lo que manda aquí.

Yo mando.

Y yo te elijo a ti.

Mi voz sonó con una seguridad que, siendo honesto, no poseía del todo.

Yo también lo sentí, pensé, mientras sus ojos verdes me escrutaban, buscando la verdad.

Claro que Samara siempre me pareció atractiva, pero de esa forma irritante, casi prohibida.

Siempre fue más fácil verla como mi rival que como…

esto.

¿En verdad hay magia capaz de hacer eso?

¿De doblar mi voluntad, de encender un fuego tan salvaje que borra años de control?

Quiero creer que la elegí yo.

¡Mierda!, necesito saber que la elegí yo.

Pero…

¿y si no fue así?

Me incliné y pegué mi frente contra la suya, ocultando la duda en mis ojos, sintiendo el frío reconfortante de su piel.

El licántropo en mí quería rugir para espantar las dudas, pero Víktor solo quería sostenerla.

—Sea lo que sea que estos libros nos revelen, seguiré a tu lado —le aseguré—.

No va a cambiar lo que sentí cuando destrozamos la habitación, ni en el almacén, ni lo que siento ahora.

Es nuestro.

Y yo elijo que sea nuestro, sin importar lo que diga un maldito pergamino.

Ella cerró los ojos y dejó escapar un tembloroso suspiro.

Era la respuesta que necesitaba.

—Bien —dijo, volviendo casi a su tono habitual—.

Entonces, dime qué es lo que sientes.

Soltó mi mano, rompiendo el contacto, y regresó a su silla.

La conexión física se había roto, pero la tensión seguía ahí, flotando sobre la mesa de estudio como un gas venenoso.

El silencio volvió, pero ahora era peor.

Estaba cargado con la duda que ambos compartíamos en secreto.

Hojeé las páginas de mi tomo sobre folclore del bosque, pero las palabras se arremolinaban frente a mis ojos sin tener sentido.

¿Marionetas?

La idea era un insulto.

El licántropo en mí la rechazaba con violencia, pero el hombre…

el hombre seguía pensando en la facilidad con la que habíamos caído el uno con el otro, en lo inevitable que se sintió.

Samara carraspeó, su voz apenas un murmullo.

—¿Encontraste algo sobre…

aullidos?

—Solo que a los lobos les gusta hacerlos.

Nada útil —repliqué.

El silencio volvió a caer, más pesado que antes.

El único sonido era el casi inaudible raspar de sus dedos sobre el cuero del grimorio.

No lo soporté más.

Tenía que romper esa tensión o me volvería loco.

—Oye, Samara…

—dije, tratando de sonar casual.

Ella levantó la vista, sus ojos verdes nublados por la preocupación.

—Si resulta que solo somos una “reacción química ancestral”…

¿crees que Thörne nos dé crédito extra en alquimia por demostrarlo de forma tan…

explosiva?

Por un instante, vi una chispa.

Una diminuta sonrisa tiró de la comisura de sus labios antes de que la reprimiera.

—Eres un idiota, Von Wolf.

—Lo sé, pero soy el idiota que elegiste —respondí, sintiendo que una pizca de la presión se liberaba.

Me incliné hacia ella de nuevo, mi voz suavizándose, volviendo a la seriedad del momento—.

Samara, yo… —No necesitan buscar más aquí, jóvenes.

Una voz femenina nos interrumpió.

Nos giramos de golpe.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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