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El aullido y el lamento - Capítulo 15

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15: Archivista arcana 15: Archivista arcana Nos dirigimos a la entrada de la biblioteca, listos para descender a las profundidades de la historia y el misterio.

Pasamos por el área común y sus elegantes paredes de mármol, cruzamos la primera puerta de hierro con nuestras credenciales y, después de recorrer lo que parecía un laberinto interminable de pasillos con olor a humedad y libros viejos, llegamos a una sencilla puerta de madera sin cerrojo.

Al otro lado, las escaleras que llevaban al sótano.

Parecía…

demasiado simple.

Una simple puerta de madera desgastada para guardar los secretos más profundos de ULTIMA.

Samara y yo intercambiamos una mirada de duda.

Esto era.

El umbral a la verdad, o a un desastre mayor.

Estiré mi mano, buscando la suya, preparándome para lo que viniera.

—El conocimiento prohibido rara vez se anuncia con trompetas, señor Von Wolf.

La voz no vino de Samara.

Salió de las sombras a nuestra izquierda, un susurro seco como el pasar de páginas antiguas.

Me giré de golpe, interponiéndome instintivamente entre la voz y Samara.

La Profesora Serelith Nyxen estaba allí, observándonos.

O, más bien, manifestándose cerca de nosotros.

Nyxen no es como los demás profesores.

Es una Sombra de los Archivos, y su forma apenas es sólida, como si estuviera tejida con el polvo de mil libros y la oscuridad entre las estanterías.

Sus ojos eran dos puntos de luz pálida, como velas lejanas, y olía a pergamino seco y a tinta de milenios.

—Profesora Nyxen —dije, intentando que mi voz sonara firme.

—¿Puedo preguntar qué hacen dos estudiantes, que ya han causado una…

resonancia…

considerable en este campus, a punto de entrar en el Sótano de Archivos?

—Su forma de sombra onduló—.

Esta puerta no está aquí para los curiosos.

Me enderecé.

No iba a dejarme intimidar por la bibliotecaria fantasma.

—Tenemos permiso, profesora —dije—.

Una tarea asignada por el Profesor Ványar.

Nyxen ladeó la cabeza.

—¿Ványar?

¿El Alto Elfo os envía a las profundidades?

Qué imprudente.

¿Y supongo que también les dio la llave?

—Nos dio el hechizo —respondí, levantando mi mano, mostrando la palma donde los glifos del Veritas Ancestral aún brillaban débilmente bajo mi piel.

La sombra se acercó.

Sentí un frío que no era físico.

Sus dedos, que parecían hechos de humo endurecido, rozaron mi palma sin llegar a tocarla, examinando la magia de Ványar.

—El Veritas…

—susurró, y su forma parpadeó—.

Así que es verdad.

El elfo realmente ha perdido el juicio.

Retrocedió, sus ojos pálidos fijos en nosotros.

—Espero que estén dispuestos a hacer el sacrificio, jóvenes.

Samara, que había permanecido en silencio, tensa como una cuerda de arco, dio un paso al frente.

—¿Sacrificio?

La Profesora Nimue solo dijo que requería esencias de linaje.

Nyxen soltó un sonido que podría haber sido una risa seca y hueca.

—El sótano siempre reclama algo de aquel que quiere entrar.

Las esencias son solo la llave.

El costo…

es diferente.

El sótano no comercia con polvo y raíces; comercia con la verdad.

Y la verdad siempre tiene un precio.

¿Están dispuestos a pagar lo que les pida por mirar?

La advertencia quedó flotando en el aire viciado.

Vi a Samara tragar saliva.

Yo apreté los puños.

Nyxen nos miró, su forma de sombra encogiéndose de hombros.

—Me parece increíblemente imprudente que ese par de elfos los mande aquí.

Ványar con sus pergaminos y Nimue con sus árboles…

creen que lo saben todo.

Pero yo…

Comenzó a alejarse, su forma disolviéndose de nuevo en las sombras de las estanterías.

—…¿quién soy yo para juzgar?

—oímos su voz refunfuñando mientras desaparecía—.

Solo soy la Archivista Arcana de ULTIMA.

Poca cosa.

—Nadie pide mi opinión, no.

A mí, que nací entre estos mismos libros y pergaminos.

Que he escuchado sus susurros desde la Segunda Era…

No.

Que paguen el precio.

Quizás así aprendan…

Su voz se apagó, absorbida por el silencio de los libros.

Samara y yo nos quedamos solos frente a la puerta de madera.

El pasillo se sentía diez grados más frío.

—¿Sacrificio?

—susurró Samara, su voz temblando ligeramente—.

Víktor, ¿qué quiso decir con ‘pagar lo que pida’?

Miré la puerta.

La advertencia de Nyxen me heló la sangre, pero ya era demasiado tarde para dar marcha atrás.

La duda de Samara sobre si éramos marionetas aún resonaba en mi cabeza.

Si había una respuesta, estaba ahí dentro.

—No lo sé —admití—.

Pero Ványar y Nimue nos enviaron.

Sabían el riesgo.

Y Thörne nos dio las llaves sin saberlo.

Demasiadas cosas nos han traído hasta esta puerta.

Apreté la mandíbula.

—No me importa el precio.

Necesito saber la verdad.

Tomé la mano de Samara.

Mi piel cálida y el frío sedoso de la suya crearon un contraste que ya me era familiar.

En el instante en que nuestras manos se entrelazaron, la biblioteca a nuestro alrededor se desvaneció, reemplazada por una nueva visión compartida.

La Runa de la Quietud nos estaba obligando a presenciar su historia una vez más.

Esta vez, estábamos en medio de una guerra.

La visión me arrastró a un pasado violento.

Vi un campo de batalla caótico, un ejército de reflejos imperfectos que se hacían llamar “los Originales”.

Llevaban los rostros prestados de elfos, de vampiros y de otras criaturas mágicas, pero eran solo máscaras sin poder real.

Eran los Progenitores, los cambiaformas puros que solo sabían imitar.

Y frente a ellos, surgiendo de entre sus propias filas como una rebelión, vi nacer a mi linaje.

Vi a los primeros que se atrevieron no solo a copiar, sino a crear.

Vi cómo sus cuerpos se desgarraban para dar forma a una nueva pesadilla: una fusión imperfecta de hombre y bestia, diseñada no para el engaño, sino para el combate.

Eran los primeros licántropos.

Para los Originales, esto no era una evolución, sino una corrupción.

Un sacrilegio imperdonable, en su afán por copiar a los hombre lobo, los cambiaformas crearon algo nuevo, algo incorrecto.

La batalla fue una carnicería caótica.

Los nuevos licántropos, torpes, salvajes y completamente desorganizados se lanzaron contra sus creadores, rompiendo las filas de los Progenitores con una furia de garras y colmillos que sí eran reales.

Pero los Originales no eran presas fáciles.

Aunque solo imitaban formas, eran estrategas.

Vi cómo, armados con lanzas de obsidiana y espadas de hueso, empalaban a las bestias que cargaban sin ninguna disciplina.

La purga fue mutua; sangre de ambos bandos tiñó la tierra, mientras la nueva especie y sus creadores se aniquilaban mutuamente.

Pero la victoria no trajo la paz.

La visión se oscureció.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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