El aullido y el lamento - Capítulo 16
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- Capítulo 16 - 16 El linaje fallido
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16: El linaje fallido 16: El linaje fallido La visión de la primera guerra, la carnicería entre los Progenitores y mis ancestros se disolvió en un destello de dolor.
Pero el Sello no había terminado con nosotros.
La biblioteca desapareció de nuevo, y la calma fría del pasillo fue reemplazada por un viento aullante.
La visión dio un salto temporal.
Ahora estábamos en otro campo de batalla.
Este era diferente.
Más frío, más desesperado.
El mundo era blanco y rojo.
Nieve hasta la cintura y un olor penetrante a sangre fresca y a pelaje mojado.
No había Progenitores aquí.
No había lanzas de obsidiana ni tácticas de guerra.
Solo había licántropos.
Mi garganta se cerró.
Estaba presenciando el capítulo más oscuro de nuestra historia, el que se susurra con vergüenza: las Guerras Licántropas.
Vi a una bestia enorme, un autoproclamado alfa con el pelaje grisáceo, de pie sobre el cadáver de un ciervo, rugiendo, no a un enemigo, sino a su propia manada.
Estaba reclamando el derecho de comer primero, y un licántropo más joven, de pelaje negro como el mío, lo desafió.
No hubo honor.
No hubo estrategia.
Fue una explosión de furia animal.
Se desgarraron el uno al otro por un trozo de carne, por el orgullo, por el simple y puro instinto de dominio, el más joven perdió la batalla…y un brazo.
A unos metros, vi algo que me revolvió el estómago.
Una hembra, acurrucada en la nieve, intentaba proteger su comida.
Otro licántropo, un solitario, la rodeaba.
No la cortejaba; la acechaba.
Cuando ella le gruñó, él la golpeó, un golpe brutal que la envió rodando.
La tomó allí mismo, en la nieve manchada de sangre, un acto de apropiación, no de unión, ella trato de huir, pero el, la mordió en la nuca, ella perdió su transformación, el no paraba, siguió el brutal reclamo sobre su cuerpo, fue tal la violencia que apago la vida de sus ojos, el licántropo solo descarto el cuerpo de su víctima y siguió su camino.
Esa era la verdad.
El “instinto imperfecto del lobo” del que hablaban las leyendas.
La razón por la que mi propio padre siempre me había entrenado para controlar, no para liberar.
La bestia no era un poder; era una maldición.
Era lujuria, ira y hambre sin el contrapeso de la razón.
Vi manadas enteras desmoronarse.
Vi alianzas forjadas en una luna romperse en la siguiente.
Una guerra feroz y sin cuartel donde no había aliados, solo enemigos, sangre y muerte.
El resultado fue devastador.
La visión se aceleró, mostrándome los campos nevados vacíos, manchados solo por la sangre y los restos.
Las pocas manadas restantes se habían dispersado, disueltas en el miedo y el individualismo.
Mi especie se había llevado al borde de la extinción por su propia mano.
La visión se rompió con la misma brutalidad con la que había llegado.
El aullido del viento helado fue reemplazado por el silencio sepulcral de la biblioteca.
El olor a sangre fue sustituido por el aroma a polvo y pergamino viejo.
Estábamos de vuelta en el frío pasillo.
Me di cuenta de que estaba jadeando, con el sudor frío pegado a la frente.
Mis manos temblaban.
Samara me estaba mirando, su rostro pálido, sus ojos verdes enormes y llenos de un horror que reflejaba el mío.
—¿Qué demonios fue todo eso?
—preguntó ella, su voz un hilo tenso.
Sentí su mano temblar mientras se aferraba a la mía.
Respiré hondo, forzando la calma, forzando la máscara de sarcasmo que siempre usaba para volver a su lugar.
Pero no vino.
La visión me había dejado crudo, expuesto.
—El desmoronamiento —respondí, y me sorprendió lo desprovista de emoción que sonaba mi voz.
Era el tono que usas cuando hablas de algo que ya está muerto—.
Conocía la historia, pero verla…
provoca un dolor… diferente.
Aparté la mirada, incapaz de sostener la suya, y me concentré en los fríos muros de piedra del pasillo.
—Víktor, ¿qué pasa?
—su voz se suavizó, y sentí su mano en mi hombro, un gesto que intentaba volverme al momento.
Su preocupación me desarmó.
—Es la historia de mi linaje, la que nadie cuenta —dije, las palabras saliendo pesadas, como si estuviera confesando un crimen—.
—Como viste, somos una ramificación de los cambiaformas, de “los Originales”.
Fuimos los primeros en romper las tradiciones.
Las Quimeras, la Legión, los Therian…
todos ellos siguieron nuestros pasos, pero sin cometer nuestro peor error: la autodestrucción.
—Víktor…
—susurró Samara, su voz quebrada.
Su mano apretó mi hombro, y pude sentir su empatía fluyendo, intentando absorber parte de mi dolor.
—Esos primeros licántropos —continué, sintiendo el peso ancestral en cada sílaba—, estaban dominados por la parte animal imperfecta, por el instinto defectuoso del lobo.
Eso fue lo que provocó las guerras.
La lujuria.
La ira.
El orgullo territorial.
No había control, solo impulso.
Como si la naturaleza misma intentara corregir su curso.
Me giré para mirarla, dejando que viera la vergüenza que siempre había ocultado.
—Somos un linaje fallido que se niega a morir.
Un error de la naturaleza.
Sus palabras se ahogaron.
Vi la lucha en su rostro: la Banshee que quería analizar, y la mujer que solo quería consolar.
La mujer ganó.
En lugar de preguntar, simplemente me abrazó.
Sus brazos me rodearon con una fuerza que no buscaba consuelo, sino compartir la carga.
Fue tan inesperado, tan…
necesario.
Me aferré a ella, enterrando mi rostro en su cabello, dejando que su aroma a niebla y misterio calmara por un instante el aullido de mi propia historia.
Era la primera vez que alguien, aparte de mi familia, conocía esta verdad.
Y no había retrocedido con asco.
Se apartó apenas, solo lo suficiente para que sus ojos verdes, ahora llenos de una nueva comprensión y terror, buscaran los míos.
—Entonces…
¿por qué no dijiste nada?
—susurró—.
Cada vez que te llamé…
lobo.
El aire se quedó atrapado en mis pulmones.
La palabra.
Ese insulto casual que ella usaba como un dardo.
El apodo que siempre había minimizado el control por el que tanto había luchado, reduciéndome a la misma bestia salvaje que acabábamos de ver.
Pero ahora, dicho con esa vulnerabilidad, con esa comprensión…
Me quedé callado un momento, recuperando la compostura y el ritmo de mi respiración.
—Creo que en tu voz…
no suena tan mal.
Una pequeña y frágil sonrisa curvó sus labios.
Me tomó de la mano de nuevo, su agarre firme y lleno de una promesa silenciosa.
Un “error de la naturaleza”, ¿eh?
—dijo, su sarcasmo habitual regresando, pero esta vez era suave, una caricia en lugar de un golpe—.
Bueno, si todos los errores fueran como tú, el mundo sería un lugar mucho más intenso…
y francamente, mucho más atractivo.
Sigamos adelante.
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