El aullido y el lamento - Capítulo 17
- Inicio
- Todas las novelas
- El aullido y el lamento
- Capítulo 17 - 17 Veritas Maiorum
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
17: Veritas Maiorum 17: Veritas Maiorum Abrimos la puerta de madera.
Unas escaleras de piedra mohosa descendían hacia la oscuridad.
Bajamos los escalones, y el aire se hacía más denso y frío con cada paso.
El silencio era total, roto solo por el eco de nuestras pisadas.
Samara usó un hechizo de luz en su mano, el orbe pálido apenas cortaba la penumbra, iluminando un sótano de piedra sin ventanas, el hogar de los secretos más profundos de la universidad.
La advertencia de Serelith Nyxen sobre un “sacrificio” me pesaba en el estómago.
Caminábamos por un pasillo que parecía no tener fin, y la tensión entre nosotros era casi tan gruesa como el polvo de los siglos.
Tenía que decírselo.
Si íbamos a enfrentar lo que fuera que había aquí abajo, no podíamos tener más secretos.
—Samara…
—mi voz sonó demasiado fuerte en la quietud—.
Tengo que decirte algo.
Ella se detuvo, su luz iluminando la confusión en su rostro.
Me miró, atenta.
Tragué saliva.
Era más fácil enfrentar a Ványar.
—En mi habitación, la primera vez…
cuando me transforme en licántropo…
no fue voluntario.
La vi tensarse.
Su luz flaqueó por un instante.
—Por un segundo —continué, forzando las palabras—, tu cuerpo…
tu olor…
me hizo perder el control.
La bestia simplemente salió.
Rompió la cama.
Y yo…
—Aparté la mirada, la vergüenza quemándome.
—Quiero creer que fue tu cuerpo y no un hechizo.
Quiero creer que fui yo quien te deseó.
Pero ¿y si tenías razón?
¿Si solo fue la magia?
¿Y si no pudiera controlarlo?
Samara se quedó quieta por un momento, procesando mi confesión.
El silencio era aterrador.
Finalmente, se acercó y puso su mano fría en mi mejilla, obligándome a mirarla.
Sus ojos verdes espectrales eran serios, sin rastro de miedo.
—Aun así —dijo, su voz suave pero firme—, tú elegiste volver a tu forma base.
Elegiste tomarme, no dañarme.
Eso me basta.
Por ahora.
Su absolución fue un bálsamo.
Asentí, el peso en mi pecho un poco más ligero.
Continuamos la larga caminata, hasta que encontramos lo que buscábamos: una pared marcada por un sello mágico que emitía una luz azul pálida.
En su centro, un grabado más pequeño mostraba tres huecos y un glifo complejo que reconocí de mi lección con Ványar.
—Aquí es —susurré—.
El sello que requiere la honestidad de propósito y la prueba de linaje.
Samara sacó los frascos que había robado.
Tomó la Raíz de Lamento y yo sostuve el Polvo de Luna.
—El ritual —dijo ella, mirándome a los ojos—.
Hagámoslo.
Asentí.
Me acerqué al sello, mis dedos rozaron el glifo grabado en la piedra y recordé la tinta fría en mi palma.
—Yo haré el hechizo, tú ofreces la esencia —le indiqué.
Cerré los ojos, concentrándome.
Abrí la boca y, con una voz que resonó con la fuerza del licántropo y la precisión del hechizo, recité las palabras que Ványar me había transmitido : —Veritas maiorum, ululatus et lamentum, resera mihi arcana vetustatis.
Mientras el hechizo vibraba en el aire, Samara actuó.
Vertió la esencia de la Raíz de Lamento en el primer hueco del sello.
Yo vertí el Polvo de Luna en el segundo.
El tercer hueco quedó vacío.
El sello se estremeció.
La luz azul se intensificó hasta un blanco cegador.
La magia estremecía el lugar con violencia, vientos descontrolados y un ruido ensordecedor nos rodeaban.
Sentí el tirón de mi linaje, la magia exigiendo más.
Pero el sello no se abrió.
—¡No funciona!
—jadeó Samara sobre el estruendo—.
¡Falta algo!
¡El tercer hueco!
Miré el hueco vacío, luego la miré a ella.
La advertencia de Nyxen resonó en mi cabeza.
El sótano siempre reclama algo.
—¡Falta el sacrificio!
—grité, mirándola desesperado.
Samara palideció.
—¿Sacrificio?
¿Qué sacrificio?
—¡Nosotros!
—grité—.
¡La visión de la Profesora Nimue!
¡La esencia de ambos al mismo tiempo!
¡El Aullido y el Lamento!
¡Esa es la prueba definitiva!
Saqué el amuleto que nos había entregado Nimue.
No hubo tiempo para planear.
No hubo tiempo para dudar.
No fue un entendimiento.
Fue un llamado.
Lo sentimos al mismo tiempo.
La magia del Sello, hambrienta, tirando de la esencia de nuestros linajes.
El instinto, ese que nos había llevado a destrozar el dormitorio, se hizo cargo de nuevo.
Nos miramos a los ojos.
En los míos, el dorado de la bestia se encendió con una intensidad feroz.
En los de Samara, la cuenca se volvió de un brillante verde espectral, consumiendo su humanidad.
El aura de nuestra magia nos envolvía.
En un instante, ambos nos liberamos.
No fue la transformación violenta de la noche anterior, sino un acto deliberado de poder ancestral.
Mi cuerpo se hinchó, mi piel dio paso al pelaje grueso y mis manos se convirtieron en garras negras.
Al mismo tiempo, Samara se hizo espectral, su cuerpo una figura translúcida de niebla pálida, con su cabello flotando como algas en la corriente.
Nos fundimos en un abrazo explosivo frente al sello de piedra.
Mi calor licántropo se estrelló contra su frío espectral.
El acto no fue de amor ni de pasión, sino de sacrificio y necesidad.
Intercambiamos una última mirada: la comprensión, la rendición y la voluntad de ir hasta el final.
Actuamos por intuición.
Mis garras se clavaron profundamente en la espalda espectral de Samara.
Su grito fue una liberación de poder y agonía.
Simultáneamente, sus garras espectrales se clavaron en mi espalda, desgarrando el músculo como una daga helada.
El dolor fue inmediato, aterrador, como si me rasgara en el alma.
Mi aullido gutural se elevó desde lo profundo de mi pecho, un sonido salvaje.
Al unísono, el lamento agudo y melodioso de Samara resonó con una fuerza aterradora.
Nuestro dolor, nuestra esencia, nuestra magia se combinaron en una sola.
El sonido, tal como dijo Nimue, era indescriptible.
Un torrente de energía roja y verde salió de nuestras espaldas, fluyendo a través del amuleto de Nimue directamente hacia el tercer y último hueco del sello.
El glifo de la pared se encendió con un brillo carmesí.
La pared de piedra gimió y se partió por la mitad.
El sello estaba roto.
Nos separamos, jadeando.
Ambos regresamos a nuestra forma humana, mis ropas desgarradas y la espalda ensangrentada.
Ella, con un manto de niebla aun irradiando de las heridas en la suya.
Ante nosotros, un pasadizo oscuro se abría a un conocimiento prohibido.
—Samara… lo siento, ¿estás bien?
Sabes que yo jamás… —jadeé, mirando su rostro.
Samara se tocó la espalda, una lágrima plateada rodando por su mejilla.
—Sí, estoy bien —interrumpió, su voz cargada de una nueva y fría determinación—.
Ahora vamos a leer sobre la maldita runa que nos hizo hacer esto.
—Dijo mientras su magia me devolvía los pantalones.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com