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El aullido y el lamento - Capítulo 18

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  4. Capítulo 18 - 18 El licántropo y la druida
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18: El licántropo y la druida 18: El licántropo y la druida Entramos en el pasadizo.

Olía a tierra húmeda y a magia estancada, un aroma que hacía que la piel me picara.

La luz del hechizo de Samara iluminó una pequeña cripta circular.

En el centro, sobre un pedestal de piedra, reposaba un único objeto: un pergamino mágico, cuyo cuero era tan viejo que parecía vidrio.

Samara lo tomó con manos temblorosas.

El título, escrito con una tinta negra ya descolorida, era una sentencia : El Origen de la Banshee.

—Ya vimos tu origen, Von Wolf —dijo, su tono arrogante de siempre aún cargado de dolor —.

Supongo que ahora es mi turno.

Desenrollamos el pergamino.

En el instante en que nuestros ojos tocaron los glifos, la cripta desapareció.

El suelo de piedra bajo mis pies se disolvió.

Fui arrastrado, arrancado de la biblioteca y arrojado a un lugar que ya conocía.

Estábamos en el mismo bosque que rodea ULTIMA, pero no era nuestro bosque.

Este era más joven, más salvaje.

El aire era más denso, vibrante con una magia cruda.

La visión era borrosa al principio, un torbellino de imágenes.

Siglos atrás, quizá milenios.

La visión se enfocó.

Vimos a un grupo de criaturas que caminaban con dificultad.

Eran Therians, los “Emisarios de la Luna Roja”, desgastados por la batalla, sus formas cambiando involuntariamente entre lo humano y lo animal.

Huían de un enfrentamiento con otra tribu, quizás de cambiaformas originales.

En su camino se toparon con los Druidas de la Sombra, quienes pactaron darle protección y alimento a cambio de ayuda en un ritual prohibido: la Cosecha Oscura.

Los druidas estaban obsesionados con el poder.

La visión nos mostró sus planes: querían forzar al bosque a crecer, a producir más madera para fortalezas, cosechas más abundantes para alimentar a sus guerreros.

Y para ello, habían decidido sacrificar a la hija del jefe.

Desiree.

Una doncella pura y hermosa.

Pero necesitaban un dios antiguo que aceptara la ofrenda.

Los therian, convertidos en lobos, podrían invocar a la diosa de la luna con su magia.

Entre los Therian había un licántropo Lo reconocí al instante.

No era yo, pero era de mi sangre.

La misma furia contenida, la misma soledad en sus ojos.

Un exiliado de su propio clan, cansado de las guerras interminables por la jerarquía.

Los Emisarios, en su sed de poder, lo aceptaron para que les enseñara los secretos de su transformación.

Al paso de las semanas, gracias a su fuerza y sabiduría, el licántropo se volvió el consejero más leal del jefe druida.

Esto, inevitablemente, lo acercó a Desiree.

La visión nos arrastró a sus momentos robados.

Los vimos encontrándose en secreto bajo las copas de los árboles, lejos de las miradas de los druidas.

Vimos su amor prohibido, un fuego secreto en la oscuridad.

Era intenso, salvaje y brutal.

A mi lado, en la cripta, sentí a Samara tensarse.

Ella también lo veía.

Vimos al licántropo luchar contra su propia naturaleza, sus manos, que podían desgarrar, temblaban al tocar el rostro de ella.

Y la vimos a ella, Desiree, no temerle.

Vimos cómo su toque gentil calmaba a la bestia.

Era tierno y pasional.

Sus esencias se entendían, se complementaban.

El licántropo, un guerrero endurecido por el exilio, había encontrado la paz en ella.

Y ella, una doncella destinada a ser un peón político había encontrado la libertad en él.

Sentí la mano de Samara apretar la mía en el mundo real.

Estábamos viendo nuestra propia historia, escrita con otra tinta.

La forma en que sus cuerpos se encontraban en esos encuentros furtivos, mancillando en secreto la pureza de la doncella y traicionando la confianza de los druidas…

era una réplica de lo que habíamos hecho.

La visión avanzó.

La tragedia llegó con la fecha pactada para el ritual.

Vimos al licántropo discutiendo con el jefe druida, el padre de Desiree.

Le rogaba que detuviera el ritual, asegurando que era demasiado peligroso, que invocar a la diosa de esa manera era una arrogancia que tendría un precio.

Nadie lo escuchó.

La sed de poder era más fuerte que la sabiduría de un “forastero”.

Al caer la noche, se dio inicio al ritual prohibido de la Cosecha Oscura.

La escena que se materializó frente a nosotros me heló la sangre.

Vimos a Desiree, vestida de blanco ceremonial, ser amarrada a una enorme hoguera.

Se había entregado solo por lealtad a su pueblo.

Pero su corazón estaba roto.

Su destino era ser quemada viva, después sus restos serían esparcidos para forzar la abundancia sobre la tierra.

Mientras los Therian, ya transformados en lobos, aullaban invocando a la diosa de la luna.

Faltaba un aullido, el más fuerte y crudo, el del licántropo.

El licántropo estaba resignado.

Sabía que dejar el bosque era una sentencia de muerte, pero la vida sin su amada no era vida.

El ritual avanzaba.

Los aullidos de los lobos comenzaron, y el cielo respondió.

La luna llena comenzó a teñirse, a gotear un color carmesí sobre el bosque.

El primer eclipse de sangre jamás presenciado.

El licántropo, en un último arranque de valor y desesperación, corrió al claro.

Fue a convencer al druida de detener el sacrificio.

Al llegar, la escena era aterradora.

Vio a su amada en la hoguera, la leña seca apilada a sus pies.

La luna estaba casi por completo enrojecida.

La magia que brotaba del cuerpo de Desiree, una mezcla de miedo, amor y pura energía vital exaltaba los sentidos del licántropo.

Lo llamaba.

Le rogaba ayuda.

Y él se rompió.

En un arrebato de ira, tomó la daga que portaba en su cinturón y asesinó al líder druida.

Lo apuñaló por la espalda.

Un acto de traición.

El pacto de protección se rompió.

Los guardias del líder lo atacaron de inmediato.

El caos estalló.

Lobos y druidas se volvieron unos contra otros en una masacre.

La luna y la tierra se teñían de rojo por igual.

Vimos algunos Therian y druidas huir, mientras otros, consumidos por la locura del eclipse de sangre, se negaban a abandonar la batalla.

El licántropo, herido, ignoró a los guardias.

Se arrastró hasta su amada con las pocas fuerzas que le quedaban.

Con su daga, desgarró las ataduras que la sujetaban a la hoguera.

La abrazó, sosteniéndola contra su pecho ensangrentado.

Y entonces, gritó.

—¡Maldigo esta tierra y maldigo su estúpido ritual!

¡En lugar de cosechas y poder, solo verán muerte y oscuridad!

En medio de la confusión, un druida moribundo, con una lanza de Therian clavada en el pecho, levantó una mano.

—¡Se los dije!

—gritó, su voz ahogada en sangre—.

¡La doncella fue mancillada!

Con su último aliento, lanzó un hechizo de bola de fuego.

Se disparó hacia ellos.

El licántropo vio venir el fuego.

No había a dónde correr.

Desiree se aferró a él, escondiendo su rostro en su pecho, mientras la hoguera a sus pies ardía con furia.

Él la abrazó con fuerza.

Y entonces, eligió.

El licántropo se transformó.

Su cuerpo se expandió, sus músculos se tensaron, el pelaje brotó.

Intentó usar su enorme cuerpo como escudo, protegiéndola de la bola de fuego mágica y de las llamas de la pira.

Soltó un último aullido.

Un sonido que no era de batalla, sino de agonía pura.

Lleno de ira, dolor, furia y un arrepentimiento desgarrador al sentir cómo las llamas calcinaban la piel de su amada a través de él.

El fuego mágico, al tocar la pira, reaccionó.

Las llamas se tornaron de un azul profundo y antinatural, y ambos ardieron hasta consumirse.

Su último aullido había sido tan poderoso que se convirtió en un eco mágico.

Siguió resonando, aterrorizando a todos los que huían del bosque.

En el suelo, sus restos entrelazados humeaban.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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