El aullido y el lamento - Capítulo 20
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20: Atrapados 20: Atrapados Justo cuando empujaba la pesada puerta de hierro forjado para salir de la sección restringida de los archivos, la escuchamos.
Una voz seca, grave y exasperada que conocía demasiado bien.
—¡Ah!
Aquí están mis estudiantes más problemáticos.
Mierda.
Me congelé.
Samara, a mi lado, se tensó como la cuerda de un arco.
La sensación de triunfo que habíamos sentido en el sótano, la adrenalina del Aullido Espectral, todo se evaporó, reemplazado por un frío helado en el estómago.
El Profesor Thörne estaba de pie justo afuera, cruzado de brazos.
Su rostro, arrugado como un pergamino viejo, mostraba una mezcla repugnante de ira y triunfo.
El olor a azufre y a hierbas secas del viejo pareció llenar el pasillo.
—¿Quieren explicar por qué han entrado a robar a mi almacén?
—dijo, y su voz goteaba sarcasmo.
Señaló mi hombro.
Bajé la mirada.
Un rastro de polvo plateado, brillante y acusador manchaba la tela oscura de mi camisa.
Polvo de Luna.
Fui descuidado.
—El inventario, que además hicieron ustedes mismos —continuó, saboreando cada palabra—, indica que debería tener un vial de polvo y uno de raíz.
Sin embargo, no están en las repisas y, claramente, la evidencia está en lo que le queda de camisa, señor Von Wolf.
Miré de reojo a Samara.
Su rostro reflejaba ira y una profunda vergüenza.
Ella, la meticulosa, la organizada, había olvidado alterar los registros del inventario durante el robo.
La adrenalina del ritual nos había vuelto descuidados.
—La Profesora Nimue me aseguró que estarían aquí cumpliendo con una tarea —continuó Thörne, su voz ahora claramente molesta—.
Pero a juzgar por el estado de sus ropas, creo que es mejor no preguntar lo que en realidad hacían.
Sentí que la sangre me subía al rostro.
Mi camisa estaba desgarrada al frente por mi transformación y atrás en donde las garras de Samara se habían clavado.
—Ya tuve suficiente con el gato negro intentando destrozar mi laboratorio.
Lo único peor que este día es el castigo que les voy a imponer.
Samara se enderezó, intentando recuperar su fachada de indiferencia de banshee.
—Profesor, como usted dijo, estábamos en los Archivos Restringidos para la investigación del Profesor Ványar.
No hemos estado cerca de su almacén desde que terminamos de clasificar.
Era una buena mentira.
Demasiado tarde.
—¡Ahórrense sus alientos, que apestan a mentiras y a polvo de luna!
—interrumpió Thörne, alzando la voz.
El viejo estaba furioso—.
¡Además, he detectado una liberación de energía suficiente para con todos los glifos y hechizos de ventilación de este piso!
¡Una liberación centrada directamente aquí!
¿Sabe lo que eso significa, señor Von Wolf?
Lo miré, sintiendo un sudor frío en la nuca.
El Aullido Espectral.
Lo había sentido.
No podíamos negarlo.
—Significa que mi tarea fue extremadamente exhaustiva, profesor —contesté, aferrándome a la última pizca de calma.
Thörne soltó una risa seca y desagradable.
—Significa que tienen una detención de dos semanas en mi laboratorio, limpiando cada vial y botella con un cepillo de dientes encantado.
Genial.
La humillación perfecta.
—Y que yo voy a tener una pequeña charla con el Profesor Ványar sobre lo que considera una tarea “apropiada” para un estudiante con historial de destrucción de propiedad universitaria.
Eso sí me golpeó.
Ványar.
La única figura de autoridad que, a regañadientes, parecía respetarme.
Y ahora Thörne iría corriendo a contarle una versión de la historia que seguramente lo pondría en mi contra.
La rabia impotente me subió por la garganta.
Thörne no había terminado.
—Lo que me recuerda, señor Von Wolf, le dije al personal de mantenimiento que usted mismo arreglaría el caos de su habitación.
Nos miró a ambos, su mirada gris deteniéndose en nuestras ropas rasgadas y nuestra cercanía.
Lo sabía todo.
El viejo brujo nos había conectado con la cama rota, la magia desatada y el robo.
Éramos culpables de todo.
—Ahora, regresen cada uno a su dormitorio, antes de que decida expulsarlos.
Los espero mañana a primera hora en mi laboratorio.
Thörne nos había atrapado.
Nos había acorralado por completo.
Y con su victoria asegurada, se dio la vuelta y se marchó por el pasillo, su túnica ondeando como la de un villano satisfecho.
La verdad del bosque tendría que esperar.
Samara y yo nos quedamos solos en el pasillo.
El silencio era pesado, lleno de frustración.
—¿Cepillo de dientes encantado?
—murmuró ella—.
Es un sádico.
—Vámonos de aquí —dije, tomándola de la mano.
—Dijo que regresáramos cada uno a nuestro dormitorio.
—Me importa una mierda lo que dijo.
Exhaustos y aun sintiendo el eco del aullido espectral en nuestros huesos, Samara y yo ignoramos la orden de Thörne y regresamos juntos a mi habitación.
Abrir la puerta fue como recibir otro golpe.
El estado del dormitorio era lamentable; el desastre era una ofensa a la organización.
La cama estaba destrozada, el marco partido, el colchón rasgado por nuestras garras, los restos de madera esparcidos por el suelo.
Era un recordatorio físico de la noche anterior, de la magia y la pasión que nos habían llevado a este punto.
Era un caos.
Nuestro caos.
No dijimos nada.
El agotamiento era demasiado profundo.
La adrenalina de las visiones, el esfuerzo del ritual del sello y la humillación de ser atrapados por Thörne nos habían vaciado.
Samara recogió un par de sábanas que no estaban completamente desgarradas.
Yo aparté las piezas más grandes de madera rota a un rincón.
Arreglamos nuestro nido en el suelo y caímos rendidos.
El sueño no fue tranquilo.
Estuvo lleno de ecos de las visiones.
Volví a ver el campo de batalla nevado.
Volví a ver a esos licántropos, mis ancestros, desgarrándose unos a otros, dominados por el instinto.
Escuché el eco del aullido de furia del licántropo y el grito de agonía de Desiree.
Me desperté varias veces, jadeando, con el olor a sangre y nieve en mi nariz.
Y cada vez, sentía el calor de Samara a mi lado, su respiración agitada.
Ella tampoco dormía.
Estaba atrapada en su propia pesadilla, reviviendo el nacimiento de la Madre, la tragedia que la definía.
En algún momento de la madrugada, en la oscuridad de la habitación destruida, simplemente encontramos nuestras manos y nos aferramos el uno al otro.
No fue romántico.
Fue supervivencia.
Éramos dos criaturas rotas, aferrándonos a la única cosa sólida en medio de los escombros.
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