El aullido y el lamento - Capítulo 23
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- Capítulo 23 - 23 Que sea nuestro
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23: Que sea nuestro 23: Que sea nuestro En la quietud de nuestro silencio, el mundo pareció desvanecerse.
El caos de ULTIMA, la advertencia de Ványar y la sombra de la maldición quedaron atrapados fuera de la pesada puerta de madera de la habitación.
La habitación era sencilla, con papel tapiz desvaído y aquella ventana que dejaba entrar el tenue resplandor del crepúsculo.
El aire olía a pino y a cera derretida de una vela que parpadeaba sobre la mesita de noche, proyectando sombras largas que danzaban sobre la cama.
Aquí no había magia.
No había velos ancestrales, ni runas grabadas en la piedra, ni el peso de un bosque milenario observándonos.
Solo madera vieja y sábanas limpias.
Era un lugar neutral.
Un lugar donde podíamos ser solo nosotros.
Samara había vuelto junto a la ventana, inmóvil, su silueta recortada contra la luz moribunda del atardecer.
Su cabello caía en suaves ondas que capturaban el brillo.
Había estado así desde que terminamos nuestra discusión, desde que le hice esa promesa.
Por primera vez, sentí que éramos solo nosotros, sin máscaras.
Y, sinceramente, era aterrador.
Su acusación de ser “marionetas” se repetía en mi mente.
El licántropo en mí la rechazaba; mi orgullo no podía aceptar que mi voluntad no fuera mía.
Pero el hombre…
el hombre recordaba la facilidad con la que había perdido el control, la forma en que su aroma en el almacén había ahogado toda razón.
¿Cuánto de eso había sido yo y cuánto la maldición?
La vi secarse una lágrima con el dorso de la mano.
Me acerqué, mis pasos sintiéndose pesados, temerosos contra el suelo de madera.
Llevé mi mano a su mejilla.
Ella se tensó al contacto, pero no se apartó.
Mi pulgar trazó la curva de su pómulo, limpiando el rastro húmedo de esa lágrima.
—Lo prometo —repetí, mi voz baja, casi un gruñido—.
Todo estará bien.
Ella no me miró.
Su mirada seguía fija en el pueblo que oscurecía.
—Y si esto es solo magia…
—continué, la idea formándose mientras la decía—.
Si solo somos una reacción química ancestral, si solo somos un eco…
entonces que me condenen eternamente por caer en su hechizo.
Eso la hizo reaccionar.
Sus ojos verdes, tormentosos, finalmente se encontraron con los míos.
Vi sus dudas luchar contra esa nueva y frágil certeza que le estaba ofreciendo.
—Von Wolf…
Víktor…
—comenzó, su voz apenas un susurro.
Tragó saliva, como si la siguiente palabra fuera un umbral que temía cruzar —….
quiero que esto sea nuestro.
La forma en que usó mi nombre, la súplica en su voz…
fue la rendición más valiente que había presenciado.
Fue su elección.
Nuestra elección.
Pero la duda seguía ahí.
Lo vi en la tensión de sus hombros.
Ella necesitaba saberlo.
Necesitaba probar que era ella quien tomaba la decisión, no la Runa.
Aquí, pensé.
Lejos de ULTIMA.
Lejos del bosque.
Lejos de la magia que nos empuja.
Aquí nosotros mandamos.
Samara respiró hondo, cerrando los ojos por un instante.
Cuando los abrió, el miedo se había ido, reemplazado por una determinación fría y absoluta que me heló la sangre.
Lentamente, como si probara el peso de cada movimiento, deslizó los dedos por sus hombros.
Era un gesto lento, casi ritual.
No era una invitación seductora; era un acto de desafío.
Estaba retando al destino, a la maldita runa, a la historia de Desiree.
Estaba tomando el control.
Los tirantes de su vestido que se habían enredado en sus dedos cayeron con un susurro hasta el suelo.
La tela se derramó a sus pies como un eco del crepúsculo, dejando al desnudo su cuerpo bajo la luz tenue.
Se quedó allí, temblando visiblemente, no de frío, sino de la cruda vulnerabilidad de su decisión.
En su mirada no había la pasión salvaje del almacén; había una pregunta: ¿Sera nuestro esta vez?
El licántropo en mí quería reclamarla.
Quería rugir.
Pero Víktor…
Víktor entendió.
Levanté su mano hasta mis labios, besando sus nudillos con una suavidad que contrastaba con la intensidad de mis palabras.
Un leve rubor tiñó sus mejillas pálidas.
—Sin prisas esta noche —susurré.
No era la bestia hablando.
Era el hombre.
Y en ese momento, supe que ella lo había entendido.
El miedo en sus ojos se disolvió, reemplazado por una confianza temblorosa.
Esta vez, no había magia.
No había profecías.
Solo nosotros.
Y era nuestra elección.
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