El aullido y el lamento - Capítulo 24
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- Capítulo 24 - 24 Esta vez elijo yo
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24: Esta vez, elijo yo 24: Esta vez, elijo yo Samara, completamente desnuda frente a mí, soltó una risa suave, un sonido que era mitad desafío y mitad rendición.
Sus manos encontraron mi pecho, sus dedos deslizándose bajo mi camisa, explorando mi piel como si buscara pruebas de mi verdad.
El roce era ligero, pero cada contacto enviaba una corriente cálida a través de mí, un eco que se sentía más profundo.
—Víktor —susurró ella, su voz un hilo de seda que se enredaba en mi alma—, Que sea real.
Dejé que mi camisa cayera al suelo.
Me incliné, y mis labios encontraron los suyos en un beso que no era una conquista, sino una pregunta.
Sus labios se abrieron bajo los míos, suaves y cálidos, buscando una respuesta.
No era el frenesí destructivo de nuestro primer encuentro; esta era una danza lenta, una exploración que buscaba la verdad en cada roce.
El beso se intensificó con una exploración pausada, nuestras lenguas danzando en un ritmo que hablaba de confianza, de rendición.
Sus dedos se enredaron en mi cabello, tirando suavemente, guiándome más cerca, como si quisiera fundirnos en uno solo.
—Es nuestro, Samara.
Esta noche, yo elijo.
Tú eliges —le aseguré contra sus labios.
Mis manos encontraron su cintura, deslizándose por la curva de sus caderas, sintiendo la suavidad de su piel bajo mis dedos.
Ella se arqueó hacia mí, un movimiento instintivo que cerró la distancia, su cuerpo presionándose contra el mío como si quisiera anclarse a este momento.
Mis labios abandonaron los suyos, trazando un sendero por su mandíbula, descendiendo suavemente por su cuello, donde su pulso latía como un tambor que marcaba el ritmo de nuestra verdad.
Su respiración se volvió un jadeo suave, un sonido que no era el lamento de una banshee, sino algo más frágil, más real.
Recorrí su espalda, trazando con mis dedos la línea de su columna con una reverencia que contrastaba con el calor que crecía en mi pecho.
Ella respondió inclinándose hacia mí, sus dedos enredándose en mi cabello, tirando con una delicadeza que era a la vez súplica y mandato.
Sus piernas se entrelazaron con las mías.
Nos movimos juntos hacia la cama, no con urgencia, sino con una deliberación que hablaba de querer saborear cada instante.
Las sábanas frías fueron un contraste delicioso contra el calor que emanaba de nosotros.
Su piel bajo mis manos era un mapa de promesas, cada caricia una afirmación de que este deseo era nuestro.
Sus ojos no se apartaban de los míos, en ellos vi no solo la banshee, sino a Samara, la mujer que desafiaba maldiciones y destinos con la misma ferocidad con la que me abrazaba ahora.
Mis dedos encontraron la curva de su muslo, trazando un camino lento, provocador, que la hizo estremecer, su cuerpo respondiendo con un arco sutil que era tanto invitación como desafío.
Mis dedos invadieron su cuerpo, desatando la humedad, el aroma de su esencia envolvía la habitación, pequeñas gotas de sudor recorrían su frente, con la misma suavidad con la que mis labios recorrían sus pechos.
La guie para que se recostara, mi cuerpo sobre el suyo, cuidadoso de no abrumarla.
Nos dejamos llevar, no por la magia que latía en nuestras venas, sino por un anhelo que no necesitaba runas para existir.
Cada movimiento era una conversación sin palabras, cada roce un voto de que éramos más que piezas de una tragedia antigua.
Mis manos encontraron sus muslos, separándolos con suavidad, mi toque exploraba la suavidad de su piel, llegando de nuevo a su interior, cada toque un juramento, cada suspiro de sus labios un regalo.
Sus manos se aferraron a las sábanas, su cuerpo seguía temblando por la intensidad de la conexión.
Hice una breve pausa para despojarme de la ropa, sin atajos mágicos esta vez.
La habitación se desvaneció, el mundo reducido al calor de su piel contra la mía, al ritmo de nuestras respiraciones entrelazadas, al susurro de su voz diciendo mi nombre como si fuera una plegaria.
No había garras, ni aullidos, ni lamentos; solo nosotros.
Lo que un día fueron embestidas ahora eran suaves movimientos de cadera magistralmente coordinados, un baile de cuerpos y sombras que adornaban la parad.
En todo momento manteníamos el contacto visual, nos, sentíamos, nos veíamos.
Temerosos de perdernos un solo instante de este encuentro.
Seguros de que era calculado, deseado y sobre todo necesario.
Algo más que nuestros cuerpos se reconocieron en ese momento.
El movimiento de nuestros cuerpos era lento, casi una meditación.
Mis manos no se quedaban quietas.
Volvieron a su cintura, a sus hombros, a su cabello.
Quería memorizar cada textura que antes había tocado con furia.
Ella hizo lo mismo, sus dedos trazando las cicatrices de mi espalda, no las nuevas del sótano, sino las viejas, las de batallas olvidadas.
Cada roce era un juramento silencioso: “Esto es real”.
El suave compas se detuvo.
Samara rompió el beso, pero no la mirada.
Sus ojos verdes, brillantes a la luz de la vela, me estudiaron.
Vi la duda final desvanecerse, reemplazada por una certeza absoluta.
Sus manos, que descansaban en mis hombros, me empujaron suavemente hacia un lado.
No fue una orden, fue una guía.
Obedecí sin dudar, recostándome sobre las sábanas frías.
Se movió sobre mí, su silueta enmarcada por la luz parpadeante.
Se acomodó sobre mi cintura, su piel pálida brillando, su cuerpo encajando con el mío como si siempre hubiera pertenecido allí.
Puso sus manos en mi pecho, sintiendo el latido de mi corazón.
—También es mi elección estar aquí, Víktor —susurró.
Y con esa declaración, la última barrera se rompió.
Ella tomó el control.
Comenzó a mover sus caderas, lenta y suavemente, marcando un ritmo que no era de furia, sino de devoción.
Yo solo podía admirar la vista.
Su rostro, hermoso a la luz de la vela, estaba contraído por la concentración y el placer.
Pequeñas gotas de sudor brillaban en su frente y sobre su labio superior.
El suave vaivén de sus pechos era hipnótico, un péndulo que marcaba el tiempo de nuestra nueva realidad.
Mis manos subieron y se posaron en su cintura, firmes, anclándola, ayudándola en el movimiento.
El ritmo se aceleró apenas un poco, sus jadeos suaves llenando el silencio.
Ella se inclinó hacia adelante, recostándose sobre mí, su cabello cayendo como una cortina de seda sobre mi rostro.
La abracé con fuerza, mis manos encontrando la curva de sus caderas, luego descendiendo más, apretando su trasero, uniéndola a mí tan profundamente como era posible Cuando llegamos al clímax, no fue una explosión, sino una ola que nos envolvió, una liberación que nos recorrió con una intensidad silenciosa y profunda.
Su grito fue suave, un sonido de alegría y rendición, y yo la seguí, mi propia liberación un suspiro estremecedor contra su cuello…
Nos aferramos el uno al otro, sin aliento, el resplandor posterior envolviéndonos en un capullo de calor y silencio.
Nos quedamos así, su cabeza descansando en mi pecho, mis dedos trazando círculos en su espalda.
—Esto —susurró, su voz cargada de emoción—, esto es lo que significa estar vivos.
Besé la cima de su cabeza, sintiendo la verdad de sus palabras asentarse en mis huesos.
Por primera vez, no éramos un licántropo y una banshee.
Éramos Víktor y Samara, unidos por algo más fuerte que cualquier magia: una elección.
Samara enterró su rostro en mi cuello, su respiración ya calmada y uniforme.
—No se rompió —murmuró, refiriéndose a la cama y, tácitamente, a nosotros.
—No se rompió —confirmé, sintiendo el peso de su cuerpo como la única certeza que necesitaba.
Nos sentimos reales.
Genuinos.
No éramos solo un accidente ancestral, sino dos personas que se habían elegido.
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