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El aullido y el lamento - Capítulo 26

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  4. Capítulo 26 - 26 La dama del velo gris
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26: La dama del velo gris 26: La dama del velo gris (De vuelta en Whitepine) El hambre nos despertó de golpe.

Nos vestimos, eligiendo ropa casual para mezclarnos con la gente del pueblo: yo con una sudadera con capucha para ocultar mi físico, Samara con unos shorts de mezclilla y una blusa roja de tirantes.

—Necesito una hamburguesa —dije mientras abría la puerta para ella.

—Solo necesito algo que no intente usar mi esencia como combustible para una maldición —replicó, empujándome juguetonamente—.

Vamos.

Si vamos a fingir que somos una pareja universitaria en un viaje de fin de semana, tenemos que actuar como tal.

El pueblo de Whitepine parecía dormido bajo un cielo gris.

Las calles de adoquines estaban casi vacías, y el aire fresco de la montaña tenía ese aroma a tierra húmeda que a menudo precede a las revelaciones.

Samara caminaba a mi lado, en silencio, hasta que su mirada se clavó en una tienda antigua al final de la calle principal.

‘Tesoros del Bosque Antiguo’, decía el letrero, tallado en madera desgastada.

Pero no fue el nombre lo que detuvo a Samara.

Fue lo que había detrás del cristal: una figura de piedra negra, pequeña, casi oculta entre colmillos, amuletos y cristales.

—Ese símbolo… —susurró Samara, su voz apenas audible—.

Lo vi en la visión.

En el ritual.

Me acerqué.

La figura tenía una media luna invertida rodeada por líneas rúnicas que se extendían como raíces.

Era el mismo símbolo que marcaba el punto del sacrificio en el bosque.

—Es el sello de la Cosecha Oscura —dije, sintiendo cómo mi pulso se aceleraba.

Samara no respondió.

Ya estaba empujando la puerta.

El interior de la tienda era oscuro, con estantes torcidos y objetos que parecían susurrar entre sí.

El olor a incienso viejo y madera podrida se mezclaba con algo más… algo espectral.

Una mujer de cabello blanco y ojos como ceniza nos observaba desde detrás del mostrador.

No dijo nada.

Solo esperó.

—Venimos por esa figura —dije, señalando el símbolo.

La mujer sonrió.

No fue una sonrisa amable.

Fue una sonrisa que conocía secretos.

—El pequeño druida, dicen que es de mala suerte, ¿Por qué les interesa?

—Queremos saber sobre significado del símbolo, La media luna invertida y el círculo con las líneas— respondió Samara.

—Ese es un símbolo para pedirle a la luna que ‘tome’—, explicó la dueña, inclinándose.

—Los ancianos por aquí dicen que era un símbolo de los druidas oscuros, cosecha a cambio de algo valioso, generalmente un sacrificio.

Es muy, muy viejo.

Del tiempo en que el bosque era salvaje, de la era de las criaturas según cuentan las leyendas.

—¿Las criaturas?

—inquirí, sintiendo que estábamos en el lugar correcto.

La mujer dudó.

Sus ojos astutos se clavaron en mi rostro por un segundo, y creo que vio más que a un simple estudiante.

—Tengo algo para ustedes, un pergamino antiguo hecho en cuero de ciervo.

Sellado con ese mismo símbolo.

Es peligroso, seguro notaras que tiene el aroma del miedo.

—Lo compraremos— dije inmediatamente —Díganos el precio.

La mujer no nos miró a ambos con una intensidad que recordaba a la Profesora Nimue.

—No se vende.

Se revela —respondió, y su voz era como hojas secas arrastradas por el viento.

Samara se acercó, tensa—¿Quién eres?

La mujer se inclinó, y por un instante, su piel se volvió translúcida.

El aire se volvió gélido.

La luz tembló.

—Soy una banshee… como tú.

Samara retrocedió un paso.

La mujer extendió una mano, no como una amenaza, sino como una invitación.

—Mi pobre niña, puedo ver tanto miedo en tus ojos.

Samara aun incrédula por lo que estábamos presenciando respondió.

—Algo en el bosque oscuro nos acecha hermana, venimos buscando respuestas.

Creemos que es el espíritu vengativo de un antiguo druida y, de alguna forma, ‘la madre’ tiene algo que ver con todo esto.

—La historia prohibida de la Madre… —respondió la anciana, un nuevo interés brillando en sus ojos cenicientos—.

Qué interesante.

Cuéntame, mi niña.

¿Tú conoces tu propia historia?

Samara temblaba.

Su mirada se perdió en un recuerdo lejano y doloroso.

—No, hermana.

No conozco mi origen —dijo con la voz quebrada—.

Aparecí en una ciudad, en un callejón oscuro.

Recuerdo haber visto un enorme depósito de basura.

Sentía un dolor inmenso, una pena que no era mía, pero que se había forjado en mi ser.

Me alejé de ahí tan rápido como pude y vagué sin rumbo en forma espectral por tanto tiempo que perdí la cuenta de los años.

Hizo una pausa, tragando saliva.

—Tuve la suerte de encontrar una pequeña sororidad de banshees que me recibió.

Ellas me contaron lo básico: que nací de una tragedia, y que no conocerla es, en sí, mi propia tragedia.

Fue con ellas que escuché susurros sobre “la Madre” y que aprendí a adoptar esta forma.

La Dama del Velo Gris suspiró, un sonido que pareció arrastrar el polvo de los siglos.

—Mi niña, tu tragedia es compartida.

Muchas de nosotras nunca se enteran del evento que canalizó su llegada a este mundo.

Yo nací cerca de aquí, en el lago.

Vagué y lamenté en sus orillas por siglos, hasta que escuché una vieja leyenda.

Las criaturas contaban sobre una Dríada cuya hija había sido secuestrada.

Te imaginarás el resto.

Nadie supo de ella por meses, hasta que un día, la misma Dríada encontró el cuerpo de su pequeña en la orilla.

Las marcas contaban una historia de sufrimiento tan horrible que no me atrevo a repetir.

La madre tomó el cuerpo de su hija y caminó hacia el lago, hundiéndose en sus profundidades.

La voz de la anciana se volvió un susurro reverente.

—La leyenda cuenta que ambas continúan en un abrazo eterno en el fondo del lago.

Esa es mi tragedia.

La encuentro extrañamente cautivadora, por eso, aunque recorrí el mundo, siempre volví aquí.

Cuando los humanos llegaron a esta región, la leyenda cambió.

Algunos me vieron penando sobre el agua y creyeron que era un fantasma.

Un insulto para un espectro como nosotras.

Quienes me vieron me llamaron la Dama del Velo Gris e incluso nombraron el lago en mi honor —aclaró la garganta, con un atisbo de orgullo ancestral en el gesto.

—¿Por qué nos dice todo eso?

pregunté extrañado, intentando no ser irrespetuoso.

—Las historias tienen poder— Dijo la banshee.

—Además, así no repites en el futuro los errores del pasado, muchacho atolondrado.

Samara soltó una risita ante el comentario, pero la Dama continuó su relato, su mirada cenicienta volviéndose distante.

—Pero es obvio que ustedes no saben de historia.

El pacto del druida y el nacimiento de ‘madre’ se dieron durante lo que hoy conocemos como la era antigua, un tiempo en que la magia era salvaje y brotaba de cada elemento de la naturaleza, criaturas mágicas como nosotros nacían y cambiaban, el tiempo en que los dragones podían verse volando por todo el mundo.

Luego vino la primera era, marcada por los elfos que se autodenominaron protectores de la magia y la compartían solo con aquellos que creían dignos.

Se dice que por eso los dragones se fueron, nadie sabe a dónde, ni cómo.

Después viene la segunda era, las guerras sin fin, que, dependiendo a quien le preguntes fueron para proteger la magia o devolverla al mundo.

Por último, la tercera era, la era del hombre, en donde las criaturas somos pocas y para ellos solo somos mitos y leyendas.

La banshee respondió mirando fijamente a Samara.

—Ya que no puedo aliviar el miedo de tu mirada, déjame darte conocimiento hermana, yo nací en la primera era, hace milenios y jamás he visto un espíritu tan poderoso que pueda guardar su ira o su resentimiento por tanto tiempo.

Lo que buscas es algo más, algo que puede trascender al tiempo mismo, solo espero que este pergamino pueda ayudar.

—No Sabía que las banshees vivían tanto— repliqué sin pensar.

—No envejecemos con el tiempo —explicó, mirándome—.

Nuestra magia espectral es nuestra vida.

Cuando se agota, desaparecemos.

Por eso mi forma humana es más vieja que la de tu amiga —¡¿Hacer hechizos les cuesta vida?!

— dije escandalizado.

—No, podemos hacer magia, brujería, hechicería, lo que imagines, solo invocar, canalizar y usar nuestra propia magia espectral, como cuando cumplimos la misión del segador anunciando una muerte predestinada, o cuando canalizamos nuestra propia esencia en otra magia para fortalecerla o ampliarla…

eso lo que agota de a poco las reservas, podemos vivir solo un siglo o eones, depende de cada una…

—Por cierto, mi niña —añadió, volviéndose a Samara—.

Si “madre” está ligada a esto, no se quedará de brazos cruzados.

Si algo me enseño mi propia tragedia, es que una madre jamás abandona a sus hijas.

—Pueden tomar el pergamino, No como un regalo.

Como una advertencia.

—Gracias hermana—, dijo Samara, con una inclinación respetuosa.

Con el pergamino en nuestras manos, fuimos de vuelta al hotel, saber que no éramos acosados por un espíritu antiguo nos dio cierta tranquilad.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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