El aullido y el lamento - Capítulo 27
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- Capítulo 27 - 27 Un mal presagio
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27: Un mal presagio 27: Un mal presagio De vuelta en la habitación, desenrollamos el pergamino de cuero de ciervo sobre la mesa.
A la luz de la lámpara, mis instintos se erizaron.
—Esto es un mapa de flujos y puntos de poder —murmuró Samara, estudiando los glifos complejos y las líneas sinuosas—.
Es más detallado que cualquier cosa que tengan en la universidad.
El mapa mostraba puntos de concentración mágica en el pueblo, el lago, el cementerio y el Bosque Antiguo.
Nuestro foco se centró en un lugar profundo dentro del Bosque Oscuro que rodea el campus: estaba marcado con el símbolo de la Cosecha Oscura, idéntico al que vimos en la tienda.
—Aquí debe ser —dije, señalando el lugar—.
Donde sacrificaron a la doncella.
El origen de la maldición.
Samara frunció el ceño, siguiendo una serie de pequeñas marcas alrededor del borde del mapa.
—No puedo descifrar estas marcas, sus patrones son muy irregulares.
La habitación del hotel se sentía pequeña y opresiva bajo el peso del pergamino y su profecía.
Samara se paseaba de un lado a otro, trazando sin éxito los símbolos en el aire con el dedo, sus ojos verdes encendidos por la frustración y el miedo.
—No podemos quedarnos aquí.
El mapa nos dice dónde ir y la Dama del Velo Gris nos quiere ahí —siseó.
Me acerqué a ella, cubriendo el pergamino con un movimiento deliberado de mi mano.
—Detente, Samara —dije, mi voz baja y firme, forzando un tono de calma que apenas sentía.
La tomé por los hombros para que me mirara—.
Nos estamos dejando controlar por el miedo, y ese es un lujo que no podemos darnos.
Intenté centrarla, recordándole la verdad sencilla que habíamos encontrado apenas unas horas antes.
—Si alguien puede con una situación así, somos nosotros —susurré, apartando un mechón de pelo de su rostro—.
Pero estamos agotados.
No hemos comido nada decente y no hemos dormido mucho.
Me alejé y marqué el número del servicio a la habitación del hotel.
—No vamos a tomar ninguna decisión con el estómago vacío —le dije, sonriendo.
Ordené un par de hamburguesas dobles y papas fritas.
Cuando la comida llegó, nos sentamos en la cama.
El olor a queso y carne era un ancla que nos arrastraba de vuelta a la realidad.
Comimos en silencio, el crujido de las papas resonando en toda la habitación.
Por un momento, solo fuimos dos estudiantes universitarios estresados en un viaje de fin de semana.
—Ványar nos pidió un par de días —le recordé—.
Dijo que nos mantuviéramos lejos y que ellos buscarían soluciones.
Deberíamos confiar en él y dormir.
Ya casi es medianoche, Samara.
Ella me miró.
—¿Confiar en el elfo que nos envió a romper la maldición con la excusa de una tarea?
—Confiar en el profesor que parece entender más que nosotros —corregí.
Mi argumento era débil, una apuesta por la fe, pero era lo único que teníamos contra la certeza del mal que acechaba.
La mañana llegó con la luz del sol colándose por la ventana.
Las cortinas de encaje se mecían suavemente con el viento fresco de Whitepine, ofreciendo una falsa sensación de paz.
Yo estaba acurrucado con Samara, disfrutando del silencio que por fin habíamos ganado.
Esa calma se hizo añicos con un sonido seco y violento.
Un gorrión entró volando a toda velocidad por la ventana abierta.
No planeó, sino que se lanzó como un proyectil, estrellándose ruidosamente contra el muro interior de la habitación.
Samara y yo nos incorporamos de golpe en la cama, mirándonos con el corazón acelerado.
El pequeño pájaro, al tocar el suelo, comenzó a convulsionar en una explosión de plumas y luz mágica.
En un instante, el gorrión se transformó en una silueta familiar.
—¡Diana!
—gritó Samara.
—¡Víktor!
¡Samara!
¡Están aquí!
—logró decir Diana, apoyándose en la pared, con el rostro pálido y la respiración agitada—.
Tienen que…
¡tienen que regresar, ahora mismo!
Me levanté de la cama de un salto, cubriendo a Samara con la sábana y sintiendo cómo el licántropo dormido en mi interior se despertaba de su letargo.
—Diana, ¿qué demonios te pasó?
¿Por qué entras volando por la ventana?
—pregunté, notando el rastro de la huida en cada parte de ella.
—No hay tiempo para explicaciones.
Deben volver.
Ayer escuché a Ványar y a Thörne hablando sobre el origen de las banshees y un pacto, algo sobre un sacrificio, druidas malvados y que ustedes estaban —hizo comillas en el aire— “resonando de manera impúdica”, ¡igual que los protagonistas de un cuento muuuuuy dramático!
Después llegó la Profesora Nimue diciendo algo sobre una luna enojada, magia que cobra deudas y cosas así.
Se detuvo para tomar aire, su mente trabajando a mil por hora.
—Ványar cree que los persigue un fantasma, pero Nimue le dijo “elfo tonto”, porque los árboles dicen que es otra cosa.
No entendí mucho, solo sé que algo los persigue y están en problemas.
Espero que no sea una gorgona, no me gustaría que te convirtieras en piedra, Samara.
Serías una linda estatua, pero yo estaría muy triste.
En fin, ¡esta mañana la magia en la escuela se volvió loca!
Nos miró, sus ojos muy abiertos.
—¿Por qué hay una sola cama?
¡Samara!
Así que por eso no dormías en nuestra habitación.
Incluso con este peligro acechando, ustedes encuentran un momento para la intimidad.
¡Qué tiernos!
Siempre pensé que hacían bonita pare…
—¡Diana!
—interrumpió Samara, gritando de nuevo—.
La escuela, ¿qué pasa?
—¡Ah, sí, la escuela!
—replicó Diana—.
Todo es un caos.
Los cambiaformas no logran mantener una transformación; cuando yo estoy ahí, soy una mezcla horrible de diferentes animales.
¡Incluso los hechizos de Ványar son erráticos!
Por eso vine a buscarlos.
Escuché que estaban en este pueblo y al llegar me convertí en perro para buscar la peste del licántropo.
No te ofendas, Víktor, pero es un aroma muy particular.
Señaló el pergamino sobre la mesita.
—Tomen sus cosas, que por lo que veo solo son un par de mochilas y ese mapa del calendario lunar.
—Espera, espera, ¿qué dijiste del mapa?
—pregunté, asombrado.
—¿Que está en la mesita?
—respondió Diana, confundida.
Samara y yo cruzamos una mirada de fastidio e incredulidad.
—No, Diana.
Lo que dijiste de la luna —replicó Samara.
Diana nos miró con la mirada vacía, como si se hubiera desconectado.
—¡Ah, claro, el mapa!
Los pequeños símbolos que lo rodean son un calendario lunar.
Lo que me recuerda, escuché a la Profesora Nimue decir que los eclipses de sangre, o como yo les llamo, la Gran Luna Roja, son impredecibles.
¡Pero no podría estar más equivocada!
Siguen un patrón errático y un tanto irregular, pero si los observas bien puedes predecir cuándo será el siguiente.
Por ejemplo, en tu pergamino, aquí podemos seguir los patrones de los lindos puntitos que representan la luna y…
¡nos dice que esta noche habrá un eclipse de sangre!
Creí que los licántropos eran expertos en la luna.
Me sorprendes, Víktor.
En fin, la universidad es una locura, ¿nos vamos ya?
La maldita noticia que Diana había soltado con tanta ligereza cayó sobre mí como una roca.
El eclipse de Luna Roja.
Era una cuenta regresiva.
Samara tomó a su compañera por los hombros.
—Escúchame bien.
El campus es un caos y lo que está por venir…
es peligroso para ti.
Diana parpadeó.
—Pero tengo que llevarlos de vuelta.
Y si Thörne cree que todo es culpa del licántropo apestoso —dijo, mirándome—, de nuevo sin ánimos de ofenderte, Víktor, entonces son ustedes los que necesitan mi ayuda.
Soy tu compañera de cuarto, Sam.
Y no te dejaré sola.
Lealtad, ante todo.
Tuve que sujetarme la sien, sintiendo cómo se me hinchaba una vena.
Discutir con ella era inútil.
—Está bien, pero ni un solo parloteo sobre pastelillos o lindos gatitos —gruñí, metiendo el pergamino en la mochila con brusquedad.
—Prometido —dijo Diana con esa sonrisa demasiado brillante para mi gusto.
El camino de vuelta fue una tortura.
La tensión silenciosa entre Samara y yo, mezclada con mi propia furia latente, chocaba con las divagaciones de Diana.
—¿Creen que el color de la Luna Roja será más como un borgoña o un carmesí?
A mí me gusta el carmesí.
Una vez mi tía intentó hacer pastel de luna y usó demasiada canela…
Víktor, ¿eres alérgico a la canela?
—Estoy a punto de desarrollar una alergia ahora mismo, Diana —repliqué entre dientes, acelerando.
Samara se limitó a apretar la mandíbula.
Por su expresión, sabía que estaba sintiendo la energía mágica descontrolada.
Para mí, era un zumbido agudo en mis oídos, una certeza: nos acercábamos al epicentro del caos.
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