El aullido y el lamento - Capítulo 30
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- Capítulo 30 - 30 Mitigando el caos
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30: Mitigando el caos 30: Mitigando el caos Samara me miró por un instante.
No era una mirada de reproche o duda lo que reflejaban sus ojos verdes, sino un análisis profundo de la situación.
Finalmente, puso su mano sobre la mía y me dedicó un asentimiento lento y firme.
Ella confió.
Un peso que no sabía que llevaba se me cayó de los hombros.
—Bien— Dijo Samara, su voz firme, volviéndose hacia Ványar y Thörne.
Su expresión de preocupación se había reemplazado por la fría determinación de la Banshee.
—Si no hay nada que podamos hacer para encontrar la fuente del problema hasta el clímax del eclipse…
no podemos quedarnos sentados esperando el anochecer.
Hizo un gesto hacia la puerta, hacia el ruido sordo del caos que se filtraba incluso en el antiguo despacho.
—El campus es un desastre.
La magia descontrolada está destrozando la escuela y aterrorizando a los estudiantes menores.
Iremos a ayudar.
Mitigaremos las consecuencias del caos.
Al menos, podemos ayudar a contener el daño hasta que sea la hora de ir al bosque.
Ványar se pasó una mano por su rostro y asintió lentamente, aliviado de ceder el control que ya no poseía.
Thörne se mantuvo inmóvil, pero su asentimiento fue un eco silencioso.
—Es un buen plan, Samara— Reconoció el Profesor Ványar.
—La Profesora Nimue.
Está en el ala de Conjuros Mayores, intentando estabilizar el encantamiento de invisibilidad.
Es lo más crucial ahora, si el campus se revela, el mundo exterior vendrá.
Sentí una punzada de alivio al volver a la acción física.
—Bien.
Vamos —dije—.
Cuanto antes contengamos esto, más rápido podremos concentrarnos en lo que realmente importa.
Diana, ve con Thörne al almacén a ver si hay algo que pueda ayudar al resto de los estudiantes.
Diana asintió, su rostro serio.
Ver a Thörne limpiándose la tinta de la cara pareció haberla asustado lo suficiente como para tomarse la situación en serio.
Se fue con el viejo alquimista, esta vez sin una sola broma.
—Samara, Profesor Ványar, iremos con Nimue.
El camino al Ala de Conjuros Mayores fue tan caótico como se esperaba.
Al llegar, vimos a la Profesora Nimue.
Si bien su aspecto siempre era frágil, tenía una voluntad de acero, pero estaba al borde del colapso.
Su magia era la única cosa que mantenía a flote el hechizo de invisibilidad.
El velo parpadeaba con la irregularidad de un corazón a punto de detenerse.
Ványar llegó a su lado casi de inmediato.
—Nimue, lo lamento.
He estado enfrascado con Thörne tratando de entender lo que pasa para atacarlo de raíz.
Una estupidez, ya lo sé —dijo el profesor, su tono urgente pero su voz suave.
—Típico de los hombres —ironizó Nimue—.
Siempre creen que pueden encontrar la solución ustedes solos.
Ven acá, viejo tonto, dame una mano —dijo, sonriendo con alivio en la mirada.
Sin más preámbulos, Ványar removió un par de piedras brillantes, talladas en un material que parecía obsidiana con vetas doradas, de su propio bastón.
—Usemos estas— instruyó, colocándolas con precisión en el borde de los círculos de runas que Nimue había dibujado en el suelo.
—Pueden ayudar a canalizar la magia con más fuerza.
Necesitas una reserva adicional de energía, así que yo también ayudaré.
La barrera es lo primero.
Si el velo cae, el mundo se enterará de esto y en el peor de los casos, lo que despertó en el bosque podría salir al mundo.
Nimue asintió con gratitud y cerró los ojos.
Ambos dirigieron un torrente de energía que las piedras le ofrecían.
El aire alrededor del encantamiento se hizo más denso, y el parpadeo del velo se hizo menos frecuente.
Al poco tiempo la energía de las piedras de Ványar y las Runas de Nimue fueron suficientes para sostener el velo, un poco más ligero de lo habitual, pero cumplía con su función.
Ványar nos miró.
—El velo está estable.
Ustedes dos…
mitiguen el caos.
Ayuden a los demás.
Pero no usen su magia de linaje.
Su poder podría ser la causa de esta fiebre; usarlo ahora sería como echar aceite al fuego.
Usen su ingenio.
Con la barrera asegurada, Ványar nos miró.
—El velo está estable.
Ustedes dos…
mitiguen el caos.
Ayuden a los demás.
Pero no usen su magia de linaje.
Su poder es la causa de esta fiebre; usarlo ahora sería como echar aceite al fuego.
Usen su ingenio.
Asentimos.
“Ingenio”.
Una forma elegante de decirnos que estábamos solos.
Nuestro primer objetivo era el pórtico de los vampiros.
El Profesor Vyron Dusk seguía allí, pálido como el mármol, usando su bastón para mantener a raya a los estudiantes más jóvenes que temblaban, con los colmillos expuestos y los ojos rojos.
—¡Profesor!
—grité.
Dusk me miró, su alivio fue palpable.
—Von Wolf.
Su presencia aquí es…
inoportuna.
Pero bienvenida.
¡Ayúdeme a llevarlos dentro!
¡Bloqueen las puertas!
Sin la fuerza del licántropo, tuve que confiar en la que me quedaba.
Agarré a un vampiro tembloroso por los hombros y lo empujé de vuelta a los dormitorios, sus pies arrastrándose mientras gruñía, luchando contra la sed.
Samara, viendo lo que hacíamos, actuó con rapidez.
No usó magia, usó su autoridad.
—¡Dentro!
¡Todos!
—su voz, aunque no era un grito de banshee, tenía un filo que cortaba la histeria.
Mientras yo empujaba al último, ella corrió hacia la pesada puerta de roble del dormitorio.
Juntos, usamos todo nuestro peso para cerrarla, justo cuando los vampiros volvían a cargar contra ella.
El sonido de sus puños golpeando la madera fue aterrador.
—Eso no aguantará mucho —jadeó Samara.
—No necesita aguantar mucho.
Solo hasta que el eclipse termine.
Corrimos hacia la fuente.
El ruido sónico de las sirenas seguía siendo insoportable.
Era un dolor físico, como mil agujas perforando mis tímpanos.
Samara se dobló, llevándose las manos a los oídos, visiblemente sufriendo.
Su naturaleza, incluso sin magia, seguía sintonizada con esas frecuencias.
—¡No podemos calmarlas!
—grité por encima del estruendo—.
¡Están en un ataque de pánico!
¡Samara me miró, sus ojos llenos de dolor, y luego señaló hacia el Ala de Herrería!
¡Garruk!
¡Brontar!
—¡El metal!
—gritó—.
¡El ruido!
Era una idea brillante.
Corrí hacia el Profesor Korrun, que seguía desviando relámpagos erráticos.
—¡Profesor!
¡Necesitamos un ruido!
¡Algo que rompa la frecuencia de las sirenas!
El Minotauro pareció entenderme.
Se giró hacia el Profesor Emberforge.
—¡Garruk!
¡Ahora!
¡Golpea el yunque!
El Enano, entendiendo la orden, levantó su enorme martillo de guerra y lo descargó con toda su fuerza sobre el yunque que usaba para sus prácticas.
El sonido del golpe resultante fue industrial.
Un sonido metálico puro, ensordecedor, una onda de choque física que sacudió el campus.
Funcionó.
El grito sónico de las sirenas se rompió, interrumpido por la vibración del metal.
Las criaturas acuáticas nos miraron, confundidas, y luego se sentaron en el agua ahora tranquila, buscando refugio mientras podían retomar su forma base.
Samara se enderezó, respirando con dificultad.
—¿Diana?
—grité, esperando que estuviera cerca—.
¿Están bien?
La vi salir corriendo del laboratorio de Thörne, su rostro manchado de hollín.
—¡Sí!
—gritó—.
¡Las pociones de Thörne funcionan!
Los gnomos dejaron de construir barricadas y ahora están puliendo sus zapatos.
¡Es adorable y un poco aterrador!
Samara soltó una risa de alivio.
El campus, aunque lleno de cicatrices, estaba contenido.
Los minutos se estiraron y el sol se deslizó lentamente bajo el horizonte.
La luz rojiza del atardecer tiñó el cielo, un presagio del color que tomaría la luna.
Me volví hacia Samara, sintiendo cómo el instinto (lo que quedaba de él) se agitaba con la caída de la noche.
Era el momento.
—Ya es suficiente.
No podemos hacer más aquí adentro —dije, señalando el bosque.
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