El aullido y el lamento - Capítulo 32
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32: La Hoguera 32: La Hoguera Del centro de la grieta en la tierra, surgió de pronto una hoguera.
No tenía un fuego normal; las llamas eran de un color antinatural, azul profundo y rojo sangre, el reflejo de la Luna Roja antes de su apogeo.
La hoguera no quemaba el piso, sino que se alimentaba de la magia del pozo, absorbiendo en lugar de liberando, con suerte eso estaría clamando el problema en ULTIMA.
—La deuda…
se manifiesta —susurró Samara, poniéndose de pie.
Me volví hacia ella, el miedo que sentía se mezclaba con la certeza de mi teoría, tenía la razón, ya no había duda, solo un posible final.
—Aquí hacemos la ofrenda —dije con una seriedad que no me pertenecía.
Samara se giró hacia mí, sus ojos verdes llenos de un pánico repentino y algo parecido a la timidez.
—Víktor…
—dijo, su voz temblorosa, casi avergonzada—.
Tendríamos la pureza de una “doncella” para ofrecer…
si tú no me hubieras…
bueno…mancillado.
Sus palabras me golpearon.
La duda que habíamos compartido en Whitepine, el miedo a ser marionetas había vuelto.
—Nuestro encuentro en tu habitación —continuó con pesar en sus palabras, sus ojos buscando desesperadamente una respuesta en los míos.
—Si es que lo forzó la magia, fue para tomar mi virginidad y repetir la historia.
Un licántropo y una doncella mancillada.
Si solo estamos repitiendo la historia, no vamos a lograr cambiar nada.
Sus palabras, cargadas con el peso de la historia que acabábamos de presenciar, me aclararon la mente.
La miré con toda la serenidad que pude reunir, intentando calmarla.
—Tan irritante como siempre, Banshee —dije, mi voz suave.
Hice una pausa—.
Jamás pensé en arrojarte al fuego, no podría.
Me giré hacia la hoguera que ardía con ese fuego antinatural.
Sentí cómo el calor no quemaba, sino que llamaba.
No era fuego común.
Era juicio.
Era destino.
—Samara —dije, mi voz grave, quebrada por la certeza—.
Hay algo más puro que un cuerpo intacto… algo que ni siquiera la magia, ni una runa, ni un destino, pueden corromper, algo que al menos yo tengo la certeza de poseer.
Ella me miró, sus ojos verdes aun brillando con la melancolía de quien ha visto demasiado.
—Amor.
La palabra salió antes de que pudiera detenerla.
La sentí colgar en el aire frío del claro.
—Te amo, Samara.
El mundo se detuvo.
Vi la conmoción golpear su rostro.
Su boca se abrió ligeramente, sus ojos se llenaron de lágrimas al instante.
El sarcasmo, la frialdad de la Banshee, toda la armadura que había construido a su alrededor…
se hizo añicos.
—Yo también te amo, Víktor —respondió, su voz ahogada por un sollozo que había contenido durante semanas—.
Pero… ¿cómo se sacrifica el amor?
La miré, y la verdad de mi plan, la única solución que mi linaje entendía, se asentó en mi pecho.
—No se puede —respondí, dando un paso hacia la hoguera—.
El amor no se sacrifica.
Solo se entrega.
Y si eso no basta… entonces debe ser el que lo lleva quien se ofrezca.
Yo soy el portador de ese amor, Samara.
Que sea mi vida la que se consuma.
Que mi cuerpo se convierta en ceniza.
Pero que el amor permanezca.
Que tú permanezcas.
Me detuve frente a las llamas, sintiendo cómo el fuego me reconocía.
No me quemaba.
Me esperaba, estaba listo para inmolarme en fuego, para entregar mi amor, ese que siempre había querido entregarle a Samara y no lo comprendía del todo, ese amor ahora le pertenecería al fuego de la hoguera.
—¿No has entendido, lobo tonto?
Interrumpió Samara.
Me giré.
Samara estaba secando sus lágrimas, pero su rostro ya no era de dolor.
Era de furia.
Una mirada feroz, cargada de fuego y esa extraña pero linda ternura suya.
—Llegamos juntos hasta aquí.
Juntos lo provocamos y juntos lo terminaremos.
—Caminó hasta quedar frente a mí, golpeando mi pecho con su dedo—.
¡Desde siempre y para siempre, Víktor!
Si entras en esa hoguera, será sosteniendo mi mano.
Sus palabras me golpearon.
No había lugar para el héroe que muere solo.
Ella no era una testigo de mi destino; era parte de él.
—Samara… —susurré, mi voz quebrada por la emoción.
Intenté razonar—.
No quiero que te consumas conmigo.
No quiero que el fuego te robe también.
—¡Cállate!
—dijo, su voz temblando, pero firme.
Ya no había sarcasmo.
Solo verdad.— ¿Y qué sentido tiene que permanezca si tú no estás?
¿Crees que puedo volver a caminar por los pasillos de la universidad fingiendo que no te escucho en cada rincón?
¿Qué puedo mirar el bosque sin recordar el aullido que nos unió?
Sus ojos verdes me suplicaban que entendiera.
Su miedo no era morir.
Su miedo era que yo la dejara sola.
Que eligiera por ella.
Que repitiera la tragedia de Desiree, que vio a su amante morir intentando salvarla.
Samara no quería ser salvada.
Quería estar conmigo, incluso dentro del abrazo mortal de una hoguera.
Me quedé en silencio.
El fuego crepitaba, esperando.
El claro contenía el aliento.
Incluso el viento se había detenido, como si la naturaleza misma respetara el momento.
El licántropo en mí, el instinto de protegerla, de alejarla del fuego, luchó contra el hombre que finalmente entendía.
Protegerla no era salvarla de la muerte.
Era salvarla de la soledad.
—Entonces… —dije, mi voz finalmente firme, aceptando su elección.
Extendí mi mano hacia ella.— Si vamos a arder, que sea juntos.
—Pero tienes que estar segura, Samara.
Tiene que haber una certeza absoluta en tu corazón.
La certeza de que siempre fuimos nosotros.
En mi habitación, en el almacén, en el pueblo.
Siempre fuimos nosotros.
—Yo tengo esa certeza ahora.
Mi juicio estaba nublado por el miedo, por la vergüenza de mi linaje, pero la poción de concentración de Thörne me lo mostró.
—Me obligó a ver la verdad.
Llevo años contemplándote, Samara.
No solo tu belleza.
Tu intelecto, tu empatía que ocultas bajo esa lengua afilada, tus miedos…
Llevo mucho tiempo enamorado de ti.
—Lo que pasó en mi habitación…
—mi voz se volvió un gruñido bajo, confesando la verdad que temía—…
no fue una runa.
No fue una maldición.
Fue mi magia animal, esa que siempre intento negar…mi deseo descontrolado de hacerte mía.
Fui yo.
No era una marioneta.
Yo te elegí.
—Tú no tienes la poción, pero mírame.
Busca en tu corazón y responde…
¿qué sientes por mí?
Samara me miró, las lágrimas que había contenido ahora corrían libremente por sus mejillas, pero no eran de miedo.
Eran de alivio.
Tomó mi mano sin dudar.
Su agarre era fuerte, inquebrantable.
Una risa rota escapó de sus labios.
—¿Que qué siento por ti?
—susurró—.
Llevas años volviéndome loca, Víktor.
Años enloqueciendo por no saber cómo llegar a ti, odiándote por ser tan denso, y odiándome a mí misma por no poder apartar la mirada.
Lo oculté tanto que casi lo olvido.
—Pero en tu habitación…cuando por fin fuiste tu quien se insinuaba.
Simplemente se liberó.
Te necesitaba conmigo.
Te necesitaba dentro de mí.
Así que…
Apretó mi mano con fuerza, tirando de mí hacia el fuego.
—Juntos.
Y así, con nuestras manos entrelazadas, dimos el primer paso hacia la hoguera.
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