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El aullido y el lamento - Capítulo 33

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33: Sacrificio 33: Sacrificio —¡Por favor, no lo hagan!

—gritó Diana, su voz quebrada por el terror—.

No quiero…

no es justo…

no…

El llanto la ahogó.

Su grito, un sonido de pura inocencia confrontada con el horror del destino, nos obligó a apartar la mirada del fuego por un momento.

Samara y yo giramos lentamente, como si el tiempo se hubiera ralentizado solo para ese instante.

Diana estaba de rodillas, temblando, sus lágrimas cayendo como lluvia sobre la tierra maldita del claro.

Su cuerpo parecía demasiado pequeño para contener tanto miedo.

Los Profesores se mantenían en silencio.

No había palabras que pudieran detener lo inevitable.

Ványar, con el rostro endurecido por la melancolía, alzó la vista hacia el cielo.

Nimue, más sensible a los susurros del bosque, bajó la mirada en señal de resignación.

Ellos sabían que no habría otra salida.

El sacrificio ya había comenzado, aunque nuestros cuerpos aún no hubieran tocado el fuego, ya era algo inevitable, como si el destino hubiera escrito en piedra este final para nosotros.

Samara y yo alzamos la vista.

El disco de la luna, ahora de un rojo carmesí intenso, colgaba sobre el claro como una sentencia.

El eclipse había alcanzado su punto máximo.

La magia ancestral, esa que había permanecido dormida durante siglos, ahora observaba expectante.

En ese instante final, mi mente de licántropo, que había luchado toda la noche contra el instinto de supervivencia, se rindió.

No por debilidad.

No por miedo.

Sino por una verdad más grande que cualquier linaje: nuestro amor no era una grieta en la historia, era la única fuerza que la magia no había podido predecir.

El fuego nos recibió sin quemarnos.

Era más luz que calor, más juicio que castigo.

Las llamas azules y rojas nos envolvieron con una intensidad que no dolía, pero sí pesaba.

Como si nos estuviera midiendo.

Los rostros de Ványar y Nimue se contrajeron al vernos entrar.

No por sorpresa, sino por respeto.

Ellos sabían que no estaban presenciando una muerte más.

Estaban presenciando una ofrenda.

Tomados de la mano, nos internamos más y más, hasta el mismo corazón del fuego.

La hoguera nos había aceptado como su ofrenda.

La transformación fue inmediata.

Desde lo más profundo de mi pecho, el licántropo despertó por última vez.

No con la furia que usé para romper la cama, ni con la rabia de la visión.

Despertó con una serenidad que jamás le había conocido.

Mi cuerpo se expandió, la piel se cubrió de un pelaje negro y el aullido que brotó de mí no fue un grito de guerra, sino una plegaria.

Un canto de entrega.

El sonido de quien acepta su destino sin miedo.

A mi lado, Samara se elevó en su forma espectral.

Su cuerpo se volvió translúcido, su cabello flotó como hilos de niebla, y sus ojos verdes se encendieron.

El lamento que emergió de su garganta no fue un presagio de muerte, sino una nota pura, cristalina, como si la tristeza misma se hubiera convertido en música.

El aullido y el lamento se encontraron en el aire, como dos corrientes de magia que siempre habían estado destinadas a cruzarse.

Y en ese cruce, algo cambió.

El sonido que nació de nuestra unión no era aterrador.

Era hermoso.

Una melodía de amor y rendición, cargada de melancolía, esperanza y una paz que solo puede surgir cuando se ha perdido todo.

Lo sentí a mi alrededor y en mis huesos al mismo tiempo.

Los árboles en todo el bosque comenzaron a inclinarse lentamente, no por el viento, sino por voluntad propia, en una pose de reverencia.

Las llamas nos rodeaban.

Y cuando el canto alcanzó su punto más alto, Samara y yo nos fundimos en un abrazo.

No había espacio para el miedo.

Solo para la certeza de que, incluso si el fuego nos reclamaba, lo haría con nosotros unidos.

Entonces, comenzó, el inicio del fin.

Sentí cómo mi cuerpo comenzaba a desvanecerse.

No era una muerte súbita, sino una disolución lenta, como si la magia ancestral me estuviera arrancando de mí mismo, fibra por fibra.

Empezó en mis garras.

La sensación de poder, la furia contenida de mi linaje desapareció, volviéndose entumecida.

El pelaje de mis brazos pareció perder su color, volviéndose gris, luego transparente, desintegrándose en partículas de luz roja.

La fuerza abandonaba mis músculos uno a uno.

No había gritos, ni resistencia.

Solo la certeza del fin, grabada en cada rincón de mi mente y alma.

Volteé a mirar a Samara.

Su expresión era un espejo del tormento que me atravesaba.

Sus ojos, normalmente llenos de fuego y sarcasmo, ahora eran pozos de agonía.

La magia la desgarraba también, reclamando lo que le pertenecía, cobrando la deuda que había permanecido impaga durante siglos, una deuda que ni siquiera era nuestra pero el capricho de la magia no la heredo.

Su forma espectral parpadeaba violentamente, como una vela en una tormenta.

Su luz verde se atenuaba, consumida por las llamas azules y rojas que nos envolvían.

—Víktor…

—su voz ya no era un lamento, era un susurro roto—.

Me estoy…

apagando, me…desvanezco.

—Estoy aquí —logré responder, aunque mi propia voz sonaba lejana, mi hocico ya se sentía extraño, disolviéndose de nuevo en una forma que apenas reconocía—.

No te soltaré.

Y, así fue, ni ella ni yo rompimos el abrazo.

Nos aferramos el uno al otro.

Si estos eran nuestros últimos momentos en este mundo, entonces así nos encontraría la muerte: decididos a no soltar la única verdad que nos quedaba: el amor.

A lo lejos, en el borde del claro, escuché un grito muy familiar, una plegaria de pura desesperación.

—¡No puedo permitir que mueran, no así, no cuando por fin se encontraron!

Era Diana.

La vi como una mancha borrosa a través del fuego y las lágrimas.

Estaba corriendo.

Corriendo directo al fuego de la hoguera, venia por nosotros en un acto de valentía, impulso y un poco de estupidez.

Estaba a punto de llegar, a punto de internarse en el fuego con nosotros, cuando de golpe, el mundo se quebró.…

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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