El aullido y el lamento - Capítulo 34
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34: La Quietud 34: La Quietud (Diana) Lo último que vi fue ese maldito fuego.
Víktor y Samara, envueltos en llamas azules y rojas, con los cuerpos entrelazadas.
Habían elegido arder juntos.
—¡No puedo permitir que mueran, no así, no cuando por fin se encontraron!
Mi grito sonó ajeno, agudo por la desesperación.
Corrí.
No tenía un plan.
No tenía magia suficiente para detener un ritual de ese calibre.
Solo sabía que no podía dejarlos ir.
No podía quedarme sola.
Estaba a punto de llegar al fuego, cuando de golpe, el mundo se quebró.
Una gran explosión mágica sacudió el claro.
Fue un sonido que no oí, sino que sentí.
Como si el bosque entero hubiera exhalado por primera vez en miles de años.
La onda expansiva me golpeó como un puño de piedra enorme y brutal, lanzándome varios metros hacia atrás.
Aterricé con fuerza sobre la tierra helada, el aire escapando de mis pulmones en un golpe sordo.
El pozo, que había sido la herida abierta de la tierra, se cerró de golpe.
La hoguera se extinguió en un instante.
No hubo humo.
No hubo cenizas.
Solo una densa capa de tierra que buscaba de nuevo asentarse en el bosque.
Y un silencio.
Un silencio terrible, absoluto.
El claro quedó sumido en una oscuridad reverente.
El viento se detuvo.
Los susurros mágicos se apagaron.
La luna, que había terminado su eclipse, ya no era roja.
Era solo un disco pálido y tranquilo, un testigo indiferente de lo que acababa de pasar.
Me quedé en el suelo, aturdida.
Mis oídos pitaban.
Olía a ozono y a tierra removida.
—¿Diana?
Era la voz de la Profesora Nimue.
Sonaba lejana.
Me incorporé, cada músculo de mi cuerpo protestaba por el golpe.
Mi corazón latía con tanta fuerza que pensé que se me saldría del pecho.
El miedo era una cosa fría y pesada en mi estómago.
—¡Víktor!
¡Samara!
—grité, mi voz rota.
Corrí hacia el centro del claro, tropezando con raíces.
Pero no había nada.
El fuego se había ido.
Ellos se habían ido.
No había cenizas, ni huesos, ni rastro.
Era como si nunca hubieran estado allí.
—No…
no, no, no…esto no puede estar pasando, no así, no ahora…no…por favor…no Caí de rodillas donde había estado la hoguera.
El suelo estaba frío, sin rastro de la hoguera que se los llevó.
Mi mano golpeó algo duro.
Era una losa de piedra.
El Profesor Ványar fue el primero en acercarse.
No me miró.
Miró la losa, su rostro pálido a la luz de la luna.
—La Losa del sacrificio original, la runa de la quietud —susurró, para sí mismo—.
Solo debería manifestarse durante los eclipses de sangre.
Ahora está aquí.
Sólida.
Permanente.
La inspeccionaba meticulosamente, sus dedos rozando la superficie.
Yo no podía entender su repentino interés en una estúpida roca cuando dos de sus alumnos acababan de desaparecer frente a sus narices.
—La marca no está —dijo de repente, su voz quebrada por el asombro—.
La garra, la niebla…
nada.
No está.
Se levantó, su mirada recorriendo frenéticamente el claro vacío.
—Desapareció…
al igual que ellos.
Por fin reconoció lo inevitable.
Mis amigos no estaban ahí.
Nimue se arrodilló junto a mí.
Puso su mano sobre mi hombro, su rostro lleno de una tristeza tan profunda que me partió el alma.
Ványar solo seguía mirando la losa, su mandíbula apretada.
Se veía demasiado inquieto.
Escuchamos pasos pesados y maldiciones ahogadas.
El Profesor Thörne llegó corriendo al claro, casi tropezando, como si tuviera un mensaje urgente que entregar.
Se detuvo, mirando la losa, mirándonos a nosotros tres, y luego al vacío donde antes estaba la hoguera.
Maldijo en voz baja, dándonos la espalda y volviendo sobre sus pasos.
Notó al instante la gravedad de la situación.
Él será un humano, un descendiente imperfecto de las criaturas, pero uno muy difícil de engañar, incluso para la magia.
Ellos tampoco los sentían.
Se habían ido.
Me quedé allí arrodillada, temblando.
Y entonces, lo sentí.
No era solo el frío de la noche.
Era un vacío.
Un hueco en mi pecho, justo en el centro, como si alguien hubiera metido la mano y arrancado algo.
Me sentía sola.
Vacía.
Incompleta.
Era una sensación incómoda, horrible.
Un dolor sordo que no tenía sentido.
Apenas los conocía.
Había pasado más tiempo discutiendo con Víktor y sintiéndome intimidada por Samara que siendo su amiga.
Entonces, ¿por qué?
¿Por qué dolía tanto?
¿Por qué sentía que me faltaba alguien que apenas llegaba a mi vida?
Mis manos removían la tierra frente a mí, como buscando algo, un rastro de ellos…lo encontré…una pequeña pulsera, era de Samara…al menos…al menos ahora tenía algo para…aferrarme a ella.
La profesora Nimue se levantó, pude escucharla ofreciendo una plegaria al bosque, cala palabra era como un golpe en mi corazón.
El profesor Vanyar seguía inmóvil, observando, lo odie por eso…por no sentir, por no actuar.
Poco a poco los profesores comenzaron su regreso al edificio principal de ULTIMA, lentamente dejaban atrás el claro, como si nada hubiera pasado.
Lo entendí, aunque no me gustaba la idea, ya no había nada más que hacer ahí.
Me levante y sacudí mi ropa, mire la losa una última vez y caminé, solo camine.
Con la imagen de ambos consumiéndose en la hoguera en mi mente y un inmenso vacío en mi pecho, me dirigí a ULTIMA, quería llegar a mi cama y enterrarme en un montón de cobijas, llorar en donde nadie más me viera y comer un montón de helado.
Estábamos saliendo de los límites del bosque cuando muy extraño sucedió, primero un sonido ¿un rayo?…
No…no fue un trueno.
Fue un sonido húmedo, algo vivo.
Un gorgoteo.
La tierra comenzó a temblar, el cielo se agitaba, nubes brotaron de la nada directo sobre el bosque, y luego la sensación más extraña de todas, como si el cielo y la tierra…¿tuvieran hipo?
Un sonido ahogado y repugnante, como si una enorme criatura acabara de vomitar.
Las nubes desaparecieron, la piso se calmó.
Los profesores se quedaron quietos, como analizando la situación.
Yo…sentí algo, corrí de vuelta al bosque.
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