El aullido y el lamento - Capítulo 36
- Inicio
- Todas las novelas
- El aullido y el lamento
- Capítulo 36 - 36 Herida invisible
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
36: Herida invisible 36: Herida invisible Poco a poco caminamos de regreso a la universidad.
El claro quedó atrás, envuelto en un silencio que ya no dolía.
La luna, ahora pálida y serena, nos observaba desde lo alto.
Samara caminaba a mi lado, pero no conmigo.
Su forma base, que antes era solo una parte, ahora parecía ser lo único que le quedaba.
Ya no flotaba, ya no vibraba con energía espectral.
Era carne, hueso… y silencio.
Extendí mi mano hacia ella, buscando el contacto que tantas veces nos había unido sin palabras.
Samara la esquivó sin mirarme.
Bajó la vista y continuó avanzando, dejando entre nosotros una distancia que no se medía en pasos: era ausencia.
Una grieta invisible.
—Vamos a estar bien, Samara —dije, aunque mi voz no tenía fuerza.
Era una frase vacía, una promesa que no sabía cómo cumplir.
Lo dije por costumbre, no por convicción.
Ella no respondió.
Su silencio pesaba más que cualquier lamento.
Estaba en duelo, de luto por la pérdida de su esencia, por la muerte de aquello que la hacía única.
Y yo, aunque aún caminaba junto a ella, no podía alcanzarla.
Seguimos tras los Profesores y Diana, que ya se habían perdido entre los árboles.
El sendero se alargaba como una herida abierta.
A cada paso, el vacío se hacía más profundo.
Me fijé en su hombro, a escasos centímetros de mi brazo.
Intenté invocar lo que alguna vez fue instinto: un rastro, un pulso, una vibración mágica.
Pero no había nada.
Solo piel.
Solo silencio.
Al llegar al campus, el caos había cesado.
Los pasillos estaban llenos de murmullos, de estudiantes que intentaban entender lo que había ocurrido.
La magia, aunque presente, parecía más frágil.
Como si también estuviera recuperándose.
Y nosotros… simplemente caminamos entre ellos.
Solo como dos criaturas que habían perdido más de lo que podían explicar.
—¡Atención todos!
—La voz de Ványar resonó como un trueno entre los murmullos.
El campus se detuvo.
El silencio se extendió como una orden tácita.
—Ha sido una noche extraña para todos.
Descansen.
El campus y el desorden seguirán aquí por la mañana.
—Profesor Thörne, le ruego atienda a los alumnos y al personal herido en su laboratorio.
Espero que no sean demasiados.
Profesora Nimue, acompáñeme al despacho.
El resto, regresen a sus habitaciones.
Me volví hacia Samara, esperando que por fin respondiera.
—Vamos a descansar —dije, sin saber si lo decía por ella o por mí.
Samara se limitó a mirar al frente.
—Creo que pasaré la noche en mi habitación, con Diana.
Nos vemos por la mañana, Von Wolf.
No hubo mirada.
No hubo pausa, Ni siquiera dijo mi nombre, Volví a ser Von Wolf.
Sus palabras ahora cerraban la conversación antes de que pudiera comenzar.
Samara comenzó a avanzar rumbo a su propia habitación, por primera vez.
Diana permaneció ahí un minuto más.
Me miró, y sus ojos, usualmente tan caóticos, estaban llenos de una calma triste.
—Yo la cuido, grandote —dijo, su voz suave.
Se acercó a mí, se paró en las puntas de sus pies y me dio un beso en la mejilla antes de ir tras de Samara.
Ambas se alejaron, perdiéndose entre los pasillos del campus.
Yo hice lo mismo.
Me giré, sintiéndome hueco, y caminé hacia los dormitorios.
Cuando por fin se perdieron de mi vista, otro estudiante en su forma base se acercó a mí.
No pude detectar su linaje.
Mi olfato, mis sentidos…
no estaban.
Antes, habría sabido si era un Therian, un Vampiro o un Hada con solo oler el aire.
Ahora, solo olía a piedra húmeda y sudor.
—Vaya noche…
—dijo, asumiendo que yo solo había presenciado el caos desde ese mismo lugar.
Lo miré, pero mi rostro se sentía como una máscara de piedra.
—Ni te imaginas —respondí, siguiendo mi camino.
Volví a lo que quedaba de mi habitación.
El colchón seguía roto, las sábanas arrugadas en el suelo, y el aire… vacío.
Me quedé de pie unos segundos, observando el desastre como si fuera un recuerdo físico de lo que habíamos sido.
Esta sería mi primera noche solo.
Sin mi linaje en la sangre.
Sin Samara junto a mi piel.
Sin el calor del licántropo, noté por primera vez lo fría que era la habitación.
Un viento helado se colaba por el balcón abierto.
Me estremecí.
Era una sensación extraña, desagradable.
Fui hacia el balcón, pero no para mirar el bosque.
No quería sentir el frío ni ver el bosque.
Cerré las pesadas puertas de madera, bloqueando la noche.
El sonido sordo de la madera encajando se sintió definitivo.
Me senté en el borde del colchón.
El cuerpo no dolía, pero algo dentro de mí se había apagado.
No era cansancio.
Era otra cosa.
Algo que no sabía nombrar.
Pensé en todo lo que habíamos hecho para llegar hasta aquí.
En lo que dimos.
En lo que perdimos.
En lo que quedó.
No sabía si lo que sentía era tristeza o vacío.
Tal vez ambas.
Tal vez ninguna.
Solo sabía que algo faltaba.
Algo que antes me sostenía y que ahora no estaba.
Cerré los ojos.
No para dormir.
Solo para dejar de mirar el lugar donde todo había comenzado.
El rincón donde ella solía dejar su mochila.
El armario que alguna vez reclamó como suyo.
El espacio que compartimos.
El que ahora parecía demasiado grande.
La noche avanzó sin ruido.
Y yo, por primera vez, no sentí nada que me llamara.
No hubo aullido.
No hubo transformación.
Solo un hombre, solo, en una habitación que ya no le pertenecía del todo.
Me recosté sin acomodar nada.
No había necesidad.
El silencio se instaló sin pedir permiso.
Y yo lo dejé quedarse
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com