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El aullido y el lamento - Capítulo 37

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  4. Capítulo 37 - 37 Verdades ocultas
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37: Verdades ocultas 37: Verdades ocultas La noche había caído con un peso distinto sobre la Universidad.

En el despacho del Profesor Ványar, el silencio se mantenía firme, apenas interrumpido por el crujido de la leña en la chimenea.

La luz del fuego proyectaba sombras alargadas que danzaban en las paredes como espectros inquietos, pero no alcanzaba a calentar el aire, que parecía haberse vuelto más denso con cada minuto.

Nimue permanecía junto a la ventana, inmóvil, la espalda recta, los ojos perdidos en la oscuridad del bosque.

Ványar, con gesto cansado, se sirvió una copa de hidromiel.

Su mano, normalmente firme como el roble, temblaba ligeramente.

—No tenemos derecho a ocultárselo, Ványar —dijo Nimue sin girarse.

Su voz era baja, pero cortante como un fragmento de obsidiana.

Ványar dejó la copa sobre el escritorio.

El golpe seco del cristal resonó más fuerte de lo esperado.

—¿Derecho?

—repitió, sin levantar la mirada—.

Míralos, Nimue…

Están rotos.

Creen que la magia les ha cobrado únicamente con magia, que han perdido sus dones como pago.

Han aceptado esa versión, la más fácil de sostener.

¿Qué sentido tiene decirles ahora que el precio fue infinitamente más alto?

¿Qué ganaríamos con clavarles esa daga en el corazón?

Nimue se giró.

La luz del fuego dibujó sombras duras en su rostro.

En sus ojos, Ványar vio algo más que enojo.

Había un dolor profundo, ancestral.

—Ganaríamos la verdad —respondió, su voz quebrándose sin perder firmeza—.

El bosque no miente, Aélion.

Yo sentí cómo se apagaba.

No fue el eco de un poder, fue el grito silencioso de una vida que no llegó a ser.

—Samara debe saber que estaba esperando un hijo de Víktor.

Ese también fue el precio.

La magia no tomó solo sus habilidades; cobró la deuda con una vida.

Con la vida de su primogénito.

Ványar se dejó caer pesadamente en su sillón, el cuero crujiendo en protesta.

Su mirada se perdió en el techo, como si buscara respuestas en las sombras.

—Nimue… lo que llevaba en el vientre no tenía más de un par de días.

Apenas era una posibilidad, una chispa.

—¡Y, sin embargo, fue suficiente!

—replicó Nimue, acercándose a él, sus pasos silenciosos sobre la alfombra—.

Si no estuviera destinado a convertirse en vida, la magia no lo habría tomado como pago.

Lo sabes tan bien como yo.

La magia no negocia con posibilidades, solo con certezas.

Ványar cerró los ojos.

El suspiro que escapó de él fue largo, contenido.

—Lo sé.

Pero míralos.

No están listos.

Darles esta verdad ahora no sería un acto de honestidad, sería un golpe mortal.

Quizá aún no es el momento.

—¿Y cuándo lo será, Aélion?

—preguntó Nimue, su tono ya no era furioso, sino firme y triste—.

¿Cuándo el dolor se haya enquistado tanto que la verdad ya no pueda sanarlos, sino solo destruirlos?

Ványar se pasó las manos por el cabello, reconociendo que no tenía respuesta.

Su mente, sin embargo, ya había girado hacia otra preocupación, otra pieza del rompecabezas que no encajaba.

—Hay algo más —dijo, con voz más baja—.

La pérdida de la magia en Víktor es grave, pero puede manejarse.

Samara… es distinto.

Ella no nació humana.

Sin magia, debería haberse desvanecido.

Lo vimos con la Madre.

Pero Samara permanece.

Se estabilizó en esta forma.

Como si algo la estuviera sosteniendo.

Nimue frunció el ceño, procesando la implicación.

—¿Qué crees que está pasando?

—¿Qué crees que está pasando?

—No lo sé.

Pero si Samara sigue aquí, sin magia, sin espectro… entonces hay algo que no entendemos.

Y eso, mi vieja amiga, podría ser aún más peligroso que la verdad que ocultamos.

—La magia no se ha ido… —dijo una voz que parecía surgir desde el fondo de la piedra misma—.

Solo se ha escondido.

Como un niño que teme recordar.

La figura del Profesor Thalor Caelum emergió lentamente desde la penumbra.

Flotaba a unos centímetros del suelo, envuelto en una túnica de niebla encantada que cambiaba de color con cada latido invisible del castillo.

Sus ojos blancos, sin pupilas, se fijaron en Ványar y Nimue como si los viera por dentro.

—Caelum… —susurró Ványar, incorporándose con un respeto instintivo—.

Ha pasado mucho tiempo, profesor.

Creí que aparecería durante el caos.

El Augur del Velo no respondió de inmediato.

Se acercó al fuego, y este pareció menguar, como si reconociera su presencia, Su aspecto es sereno y enigmático, su piel de tono marfil con vetas de luz que recorren sus brazos como ríos de energía.

—Ahí estaba Profesor, mi cuerpo no se ata al plano físico, mi labor en el caos era contener el vendaval de magia que surcaba por diversos planos — dijo finalmente, con su voz desdoblándose en susurros que parecían venir del pasado y del futuro al mismo tiempo.

Se giró hacia ellos, su mirada atravesándolos.

—He estado observando— No por curiosidad.

Por deber.

—La magia no tomó el poder de sus alumnos.

Tomó solo sangre.

El sacrificio fue más profundo de lo que ellos pueden comprender.

El alma del hijo no nacido fue la ofrenda.

Y ahora… la magia se ha refugiado.

No está muerta.

Está herida, asustada.

La magia es como un río.

El sacrificio no secó el río; construyó una presa de dolor.

El agua sigue allí, acumulándose, buscando una grieta por la cual volver a fluir.

Nimue se llevó una mano al pecho.

Ványar cerró los ojos, aceptando la verdad de una fuente irrefutable.

—¿Y qué propones?

—preguntó Ványar, con voz grave.

Caelum se giró lentamente, su bastón de madera viva brillando con una runa tenue.

—No debemos decirles la verdad.

No aún.

Pero tampoco podemos dejarlos solos.

La magia que habita en ellos está buscando un camino de regreso.

Yo puedo guiarlos.

No como maestro… sino como tutor.

Silencioso.

Paciente.

Como la magia misma.

Ványar lo observó largo rato.

Luego asintió.

—Entonces, Profesor Thalor… los alumnos son tuyos.

Caelum inclinó la cabeza, y su voz volvió a resonar, esta vez más suave, como una promesa: —La magia siempre encuentra el camino.

Pero a veces… necesita que alguien le muestre la salida.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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