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El aullido y el lamento - Capítulo 38

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  4. Capítulo 38 - 38 Ordenando el caos
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38: Ordenando el caos 38: Ordenando el caos A la mañana siguiente, se anunció que las clases quedarían suspendidas por una semana.

Nadie preguntó por qué.

Todos lo sabían.

El campus necesitaba silencio.

Tiempo.

Espacio para entender lo que había ocurrido.

Durante esos días, Samara se volvió esquiva.

No me evitaba con brusquedad, pero tampoco buscaba cercanía.

Si cruzábamos miradas en los pasillos, desviaba la suya con naturalidad.

Diana, siempre a su lado, parecía entender que no debía decir nada.

Y yo, por primera vez, no insistí.

No la seguí.

No la interrogué.

No la busqué.

Me encerré en mi habitación.

O en lo que quedaba de ella.

El colchón estaba destrozado, el marco de la cama partido en dos, los libros regados por el suelo.

El armario, que alguna vez fue motivo de disputa, tenía una de sus puertas arrancadas.

Todo hablaba de lo que fuimos.

De lo que ya no somos.

Decidí reconstruirlo.

No por necesidad.

Por dignidad.

El segundo día, cubierto de polvo y frustrado por mi propia debilidad física, bajé al salón común en busca de agua.

El lugar, normalmente lleno de vida, estaba casi desierto.

Solo un estudiante estaba allí, sentado en uno de los sillones junto a la chimenea apagada.

Era Alaric, un vampiro de un linaje antiguo, conocido por su impecable autocontrol y su aire de superioridad aristocrática.

Ahora, sin embargo, parecía…

frágil.

—Von Wolf —dijo, su voz, normalmente suave como el terciopelo, sonaba áspera.

No me miró, sus ojos rojos estaban fijos en las cenizas frías de la chimenea.

—Alaric —respondí, asintiendo, mientras me servía un vaso de agua.

—Fue…

terrible, ¿no es así?

—continuó, como si hablara consigo mismo—.

El caos.

La magia.

Sentí cómo me llamaba.

La sed.

Me detuve.

Nunca había escuchado a Alaric admitir algo tan primario.

—Durante horas, tuve que encerrarme en mi ataúd y meditar solo para no salir a cazar —confesó, sus largos y pálidos dedos apretando los brazos del sillón—.

El instinto era abrumador.

Una bestia rugiendo, exigiendo ser liberada.

Sentía el pulso de cada estudiante asustado en el campus como un tambor.

Fue la lucha más dura de mis doscientos años de existencia.

Asentí, fingiendo escuchar con atención.

“Una bestia rugiendo”, había dicho.

Yo daría cualquier cosa por volver a sentir ese rugido.

En lugar de eso, mi mente estaba en otro lugar.

Me preguntaba si Samara había comido, si Diana la estaba cuidando, si el silencio en su habitación era tan pesado como el de la mía.

—Pero lo contuve —concluyó Alaric, con un atisbo de su antiguo orgullo—.

Es lo que nos diferencia de los monstruos, ¿no es así?

El control.

—Sí —respondí, mi voz hueca—.

El control.

Él finalmente me miró, esperando quizás una palabra de camaradería, un reconocimiento de una lucha compartida.

Pero yo no tenía nada que ofrecer.

Mis pensamientos estaban con una banshee que ya no podía sentir la muerte, y todo lo que pude hacer fue darle un asentimiento vacío antes de volver a la soledad de mi habitación en ruinas.

Para el tercer día, mover los muebles fue más difícil de lo que esperaba.

Sin mi fuerza bestial, cada tabla pesaba más de lo que recordaba.

El cuerpo, ahora humano, se cansaba con rapidez.

Los músculos dolían.

Las manos temblaban.

Y el orgullo, ese que me había sostenido tantas veces, se desmoronaba en cada intento fallido por levantar lo que antes habría sido sencillo.

No había magia que me ayudara.

No había instinto que me guiara.

Solo yo.

Solo esfuerzo.

Solo tiempo.

Cada clavo que volvía a su lugar era una forma de obligarme a aceptar lo que había perdido.

Cada tabla que lograba encajar era una forma de recordarme que, aunque ya no era criatura, aún podía construir algo.

Aunque fuera con menos fuerza.

Aunque fuera con más dolor.

Al final de la semana, la habitación volvió a tener forma.

No era la misma.

Nada lo era.

Pero al menos, ya no parecía un campo de batalla.

Y yo, aunque seguía sin respuestas, había aprendido algo: reconstruir no es olvidar.

Es reconocer lo que se rompió.

Y decidir, aún sin magia, seguir adelante.

Samara, por su parte, pasó la semana en una rutina silenciosa, casi mecánica.

Levantándose temprano, mucho antes de que Diana comenzara a hablar dormida.

Se vestía con cuidado, como si cada prenda fuera una forma de sostenerse, de no desmoronarse.

Luego salía a caminar por los jardines, donde el aire aún conservaba un leve rastro de magia, como un eco que se negaba a desaparecer del todo.

Pasaba horas en la biblioteca, no buscando respuestas, sino compañía.

Se sentaba en los rincones más altos, hojeando libros sin leer, dejando que las palabras pasaran frente a sus ojos sin quedarse.

A veces ayudaba a los gremlins a ordenar estanterías, y por las tardes, se sentaba en los escalones del invernadero, observando cómo las plantas mágicas reaccionaban al cambio en el ambiente.

Cada noche, regresaba a su dormitorio.

Diana la esperaba con una taza de té y una historia nueva.

Al principio, Samara apenas escuchaba.

Pero con el paso de los días, comenzó a responder.

Una palabra.

Una sonrisa.

El parloteo de Diana, antes insoportable, ahora era un refugio.

Un ruido amable que llenaba el hueco que había dejado el lamento.

En un día de esa extraña calma, mientras Samara paseaba por los jardines, se topó con un pequeño grupo de estudiantes y un par de profesores reunidos sobre el césped.

En un intento por recuperar una semblanza de normalidad, habían organizado una serie de charlas al aire libre.

En ese momento, un joven fauno, de pie sobre la raíz de un roble, hablaba con un entusiasmo contagioso sobre criaturas mitológicas menores.

—… ¡y por eso los esquiapodos son tan fascinantes!

—decía el fauno, mientras una proyección mágica mostraba la imagen de una criatura con un solo pie gigante—.

La mayor parte de su vida la pasan viajando, siempre saltando en dirección al sol.

Samara se detuvo a cierta distancia, observando la escena con una curiosidad desapegada.

El fauno continuó, su voz llena de una alegría simple que a Samara le pareció casi dolorosa.

—¡Y lo más maravilloso es que su único y enorme pie les sirve como una sombrilla natural!

¡La naturaleza es increíblemente práctica!

Una oleada de irritación, tan intensa que la sorprendió, recorrió a Samara.

La trivialidad.

La simpleza.

Antes, su mente de banshee habría estado analizando las debilidades mágicas, las implicaciones de una fisionomía tan extraña, los posibles presagios asociados a su migración.

Ahora… ahora solo había silencio en su interior.

Un silencio que hacía que el parloteo optimista del fauno sobre sombrillas naturales sonara como un ruido vacío, insoportable y casi insultante.

La normalidad que todos buscaban con tanto afán a ella se le antojaba una farsa.

Sin una palabra, sin un gesto de disculpa, Samara se dio la vuelta.

El crujido de sus botas sobre el sendero de grava fue el único sonido que rompió la charla, atrayendo varias miradas confusas.

Los ignoró y se alejó con paso firme, dejando atrás el intento de normalidad.

El silencio de su mente era, en ese momento, mucho más ensordecedor que cualquier conversación.

Samara no hablaba de lo ocurrido.

Pero en su forma de escuchar, en la manera en que se aferraba a los detalles más absurdos de las historias de Diana, había algo claro: necesitaba ese ruido.

Porque el silencio, ese que antes añoraba, ahora le resultaba insoportable.

Y así pasó la semana.

Solo existiendo.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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