El aullido y el lamento - Capítulo 39
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
39: Tutoría 39: Tutoría Al día siguiente, el comedor estaba más lleno de lo habitual, pero el murmullo de los estudiantes parecía lejano, como si una barrera invisible nos aislara del resto del mundo.
Samara estaba sentada frente a Diana, con una taza de café entre las manos.
Su postura era rígida, su cabello recogido en una trenza apretada.
Cuando nuestras miradas se cruzaron, no hubo sonrisa.
Solo un leve asentimiento.
Reconocimiento, no cercanía.
Me acerqué con pasos lentos, sin saber si era bienvenido.
Diana me saludó con una sonrisa nerviosa, pero Samara apenas alzó la vista.
Su mirada se cruzó con la mía por un instante, y en ese breve contacto entendí que algo se había roto.
No era enojo.
No era tristeza.
Era ausencia.
Como si aquello que nos había unido —la magia, el instinto, el deseo— se hubiera desvanecido junto con el aullido y el lamento.
Me senté a su lado.
El banco crujió bajo mi peso, pero ella no se inmutó.
Diana, incómoda, jugueteaba con una servilleta.
—¿Dormiste bien?
—pregunté, mi voz más baja de lo que pretendía.
Samara asintió sin mirarme.
—Lo suficiente.
Diana ronca como un troll.
Intenté sonreír.
No pude.
—¿Estás bien?
Ella dejó la taza sobre la mesa con cuidado.
—No lo sé.
Pero estoy segura de algo… —me miró entonces, y sus palabras calaron hondo—.
Estar cerca de ti parece atraer el desastre.
No te culpo, Víktor.
Pero no quiero ser el detonante de otra tormenta.
No supe qué decir.
No había palabras que pudieran arreglar eso.
Solo silencio.
Y entonces, como si el universo supiera que no podía soportar más, una voz interrumpió.
—Señor Von Wolf.
Señorita Samara.
El Profesor Ványar apareció junto a nosotros, impecable como siempre.
Su presencia impuso un silencio aún más denso que el que ya nos envolvía.
—Mañana, ambos están convocados a una nueva tutoría —dijo sin rodeos—.
Dada su nueva condición, sus asignaciones académicas sufrirán algunos ajustes.
Se impartirá en la Sala de los Ecos.
Samara frunció el ceño.
—¿Una tutoría?
¿De qué tipo?
—No será una clase tradicional.
Es una guía.
Una forma de entender lo que ocurrió… y lo que aún puede ocurrir.
La impartirá el Profesor Thalor Caelum —respondió Ványar—.
Como ya deberían saber, él es un Augur del Velo.
Ha solicitado ser su tutor, y yo he aceptado.
Samara se tensó.
—¿Por qué él?
—¿Por qué no?
—dijo Ványar, con una calma que no admitía réplica.
Y sin más, se dio la vuelta y se alejó.
La palabra “mañana” nos dio un día más de esta extraña y frágil normalidad.
Nuestra primera clase juntos era Runas Antiguas.
Nos sentamos uno al lado del otro, como solíamos hacer, pero el espacio entre nosotros se sentía como un abismo.
El profesor hablaba de glifos de contención, pero yo solo podía pensar en la barrera invisible que ahora nos separaba.
El aire era incómodo, cargado de palabras no dichas.
Después, nuestros caminos se separaron.
Yo me dirigí a la herrería.
El calor de la forja y el clangor del metal me recibieron.
Antes, eran sensaciones que avivaban a la bestia en mí; ahora, solo prometían trabajo físico.
Mi compañero de forja era Aster, un minotauro corpulento que manejaba el martillo como si fuera un juguete.
Fui a levantar un lingote de acero para llevarlo al fuego y mis músculos, ahora dolorosamente humanos, protestaron.
El peso, que antes habría movido con una mano, ahora me obligaba a usar las dos, y aun así me costaba.
Aster detuvo su trabajo y me miró con sus grandes ojos bovinos.
—¿Necesitas ayuda, Von Wolf?
—gruñó, su voz un retumbar profundo—.
Pareces cansado.
Sin esperar respuesta, levantó el lingote con una facilidad insultante y lo colocó en la forja por mí.
Solo pude asentir, sintiendo la humillación arder más que el propio fuego.
Cada golpe de mi martillo carecía de la fuerza sobrenatural que daba por sentada.
El metal se doblaba bajo mi esfuerzo, no bajo mi voluntad.
Al atardecer regrese derrotado a mi habitación, mi cuerpo y mi alma me dolían como nunca, al llegar vi a Diana esperando cerca de la puerta.
No estaba listo para su infinito parloteo, pero estaba entre la puerta y yo así que fue inevitable acercarme.
—Ella no quiere estar lejos de ti, solo, no sabe cómo acercarse, necesita sanar, se paciente Víktor— Sin decir más, Diana simplemente se fue.
Samara había ido al observatorio para su clase de Adivinación.
La vi más tarde, y supe que no había ido mejor.
Se sentó frente a una bola de cristal, un orbe lechoso que se suponía debía responder a la energía del vidente.
A su lado, una Dama Espectral, una estudiante de último año casi translúcida, ya tenía su propio orbe brillando con imágenes arremolinadas.
Samara puso sus manos sobre el cristal, cerró los ojos y buscó.
Buscó un eco, un susurro, cualquier cosa que le recordara a la banshee que había sido.
Pero el orbe permaneció obstinadamente opaco.
Vacío.
—Es extraño, ¿verdad?
—susurró la Dama Espectral a su lado, sin apartar la vista de su propio orbe—.
No se ve nada en el tuyo.
En el mío veo…
un barco hundiéndose en un mar de tinta.
Y escucho el lamento de los marineros.
La comparación fue la última gota.
La frustración de Samara, contenida durante días, se desbordó.
Se levantó bruscamente y, sin una palabra, abandonó la clase, dejando a sus compañeros y a un profesor confundido en un silencio desconcertado.
La tarde de la tutoría llegó con la lentitud de un conjuro mal pronunciado.
Después de una clase de teatro que me hizo sentir ridículo, salí del aula con la sensación de haber desperdiciado una hora de mi vida.
Samara, por su parte, venía de Poesía.
La vi salir del salón con un cuaderno cerrado entre las manos, los labios apretados y la mirada perdida.
Nos encontramos en el pasillo que conducía a la Sala de los Ecos.
No fue un encuentro planeado.
Solo coincidimos.
Como dos líneas paralelas que, por un instante, se cruzan por error.
—¿Lista?
—pregunté, sin esperar una respuesta.
Ella asintió, sin detenerse.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com