El aullido y el lamento - Capítulo 40
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- Capítulo 40 - 40 El salón de los ecos
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40: El salón de los ecos 40: El salón de los ecos La Sala de los Ecos nos recibió con su habitual solemnidad.
Era un lugar que imponía un silencio reverente incluso a los espíritus más bulliciosos ; en cuanto cruzabas el umbral, sentías la necesidad de bajar la voz.
No se parecía a ningún otro lugar en la universidad.
No había pizarras, ni estanterías repletas de libros, ni el caos de hierbas de un aula de herbología.
Su estructura era circular, enorme, sostenida por imponentes columnas de obsidiana que se perdían en la penumbra del techo.
En el centro del suelo, había un gran círculo de piedra tallada.
Y por todas partes, docenas de cristales flotantes que pulsaban con una luz tenue, vibrando en sintonía con la frecuencia mágica de quienes penetraban en su interior.
El aire allí era más denso, como si el tiempo se moviera más lento, como si cada pensamiento tuviera peso.
Entramos en silencio Samara y yo.
Nuestros pasos resonaban con una claridad inquietante, como si el suelo mismo nos escuchara.
En el centro del círculo, flotando apenas por encima del suelo, estaba el Profesor Thalor Caelum.
Su túnica de niebla cambiaba de color con cada una de nuestras respiraciones.
Su aspecto era sereno y enigmático, en su piel, una luz que recorren sus brazos como ríos de energía, sus ojos completamente blancos parecían no ver el mundo físico, sino las bandas mágicas que lo atraviesan.
—Bienvenidos —dijo, su voz reverberó en el aire como un eco que cruzaba los límites del tiempo.
—No están aquí para aprender de magia.
Están aquí para recordar que aún la poseen— Dijo sin rodeos.
Samara frunció el ceño.
—¿Recordar?
¿Qué se supone que debemos recordar si ya no somos lo que éramos?
El Profesor Caelum giró levemente la cabeza hacia ella.
—La magia no se mide por lo que puedes hacer.
Se mide por lo que permanece cuando todo lo demás se ha ido.
Crucé los brazos, incómodo.
—¿Y qué se supone que ha permanecido?
Porque yo no siento nada.
Ni el licántropo.
Ni el instinto.
Solo…
vacío.
El Profesor se deslizó hacia nosotros, sin mover los pies.
—El vacío es donde la magia se esconde cuando ha sido herida.
Lo que ustedes hicieron en el bosque fue más que un acto de poder.
Fue un acto de entrega.
Y la magia, como todo lo vivo, responde al dolor con silencio.
Samara bajó la mirada.
—Entonces…
¿no está muerta?
—No —respondió El Profesor Caelum, y su voz se volvió un susurro que parecía venir desde dentro de nuestros propios corazones.
—Está dormida.
Protegiéndose.
Esperando que ustedes estén listos para volver a escucharla.
Di un paso adelante.
—¿Y cómo se despierta?
El Profesor extendió su bastón, que brilló con una runa tenue.
—No se despierta.
Se invita.
Se honra.
Se comprende.
Y para eso…
estoy aquí.
Samara lo miró fijamente.
—¿Por qué tú?
¿Por qué no Ványar o Nimue?
El Profesor Caelum sonrió, aunque su rostro apenas se movió.
—Porque yo no enseño magia.
Yo la escucho.
Y ahora…
ustedes también deben aprender a hacerlo.
—Vamos a iniciar —dijo finalmente, su voz resonando en más planos de los que podía entender—.
Hoy, Víktor, hablaremos de ti.
Me senté en el borde del círculo, sintiendo cómo los cristales flotantes pulsaban con una luz tenue.
El Profesor extendió su bastón, y una runa se encendió en el suelo frente a mí.
No era una runa de poder.
Era una runa de memoria.
—Cierra los ojos —ordenó—.
Y dime: ¿qué queda cuando el licántropo se ha ido?
Obedecí.
Al principio, solo encontré vacío.
Silencio.
Pero luego, como si mi mente se abriera lentamente, comenzaron a surgir imágenes.
Mi infancia.
El primer cambio.
El miedo.
La furia.
El orgullo.
Todo lo que me había definido como criatura.
—Queda el hombre —susurré.
—Queda Víktor.
Pero no sé si eso es suficiente.
El Profesor Caelum no respondió.
En cambio, la sala se llenó de un murmullo suave, como si las paredes estuvieran recordando conmigo.
Una de las piedras flotantes descendió lentamente y se posó frente a mí.
En su superficie, apareció una imagen: Samara, en su forma espectral, mirándome con esa mezcla de burla y ternura que solo ella podía conjurar.
—¿Y qué queda de ella?
—preguntó El Profesor.
—Queda el dolor —respondí sin pensar.
—Queda la distancia, el miedo de que todo lo que fuimos fue solo magia.
Que sin ella… no hay nosotros.
El Profesor Caelum se acercó, su voz bajando a un susurro que parecía brotar desde dentro de mi pecho.
—La magia no crea vínculos.
Solo los revela.
Si lo que sentiste por Samara fue real, entonces aún está ahí.
Solo debes encontrarlo sin el ruido del poder.
Me pidió que colocara la mano sobre la runa de memoria.
Lo hice.
Un calor suave recorrió mi brazo, y por un instante, sentí algo que no era magia… pero tampoco era humano.
Era una chispa.
Un eco.
—Tu magia no está muerta, Víktor.
Está escondida en tu historia.
En tus decisiones.
En tu dolor.
Hoy has dado el primer paso para recuperarla.
Abrí los ojos.
La sala seguía igual, pero yo no.
No había recuperado mi poder.
Pero había recuperado algo más importante: la certeza de que aún quedaba algo por lo que luchar.
—Ahora tú, Samara —dijo con esa voz que parecía venir desde el centro de la tierra —La introspección no es solo para los que han perdido.
Es también para los que aún no saben qué queda.
Ella dudó.
Lo vi en sus ojos.
El miedo.
La resistencia.
Pero también la necesidad.
Se sentó frente a mí, en el mismo círculo de piedra, y colocó sus manos sobre la runa que Caelum había encendido para mí.
Esta vez, la runa brilló con un tono verdoso, como niebla atrapada en cristal.
—Cierra los ojos —le pidió El Profesor —.
Y dime: ¿qué queda cuando el lamento se ha silenciado?
Samara obedeció.
Su respiración se volvió más lenta, más profunda.
El silencio en la sala se volvió absoluto.
Incluso los cristales flotantes parecían contener el aliento.
—Queda el eco —susurró ella.
—Queda el vacío donde antes había presagios.
Queda la calma… pero no es paz.
Es ausencia.
El Profesor Caelum se acercó, su bastón brillando con una runa nueva.
—¿Y qué hay de ti?
¿Quién eres sin el lamento?
Samara frunció el ceño, aún con los ojos cerrados.
—No lo sé.
Siempre fui la mensajera.
La que anuncia el final.
La que observa desde la sombra.
Sin eso… soy solo un despojo.
Una piedra descendió frente a ella, como lo hizo conmigo.
En su superficie apareció una imagen: yo, en mi forma humana, mirándola con una mezcla de admiración y miedo.
Era el momento en que la vi transformarse por primera vez.
El momento en que entendí que su poder era tan hermoso como aterrador.
—¿Y qué queda de él?
—preguntó el Profesor.
Samara abrió los ojos lentamente.
Me miró.
No como lo había hecho en el comedor esa mañana.
Esta vez, había algo más.
Dolor.
Nostalgia.
Y una chispa de ternura.
—Queda el recuerdo —dijo—.
Queda el vínculo.
Queda el amor.
Pero también queda el miedo de que tal vez, sin la magia…no hay nosotros.
El Profesor se inclinó hacia ella, su voz bajando a un susurro que parecía envolvernos a ambos.
—Como dije, la magia no crea vínculos.
Solo los revela.
Si lo que sentiste por Víktor fue real, entonces aún está ahí.
Solo debes encontrarlo sin el dolor del lamento.
Samara colocó su mano sobre la runa.
Un destello suave recorrió su brazo.
No fue magia.
No fue espectro.
Fue algo más profundo.
Un eco.
Una memoria.
—Tu magia no está muerta, Samara.
Está escondida en tu historia.
En tu dolor.
En tu amor.
Hoy has dado el primer paso para recuperarla.
Ella cerró los ojos por un instante más.
Cuando los abrió, me miró.
No dijo nada.
Pero en su mirada, por primera vez desde el sacrificio, no había distancia.
Había una grieta.
Pequeña.
Invisible.
Pero abierta.
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