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El aullido y el lamento - Capítulo 41

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41: Lo que fuimos 41: Lo que fuimos El Profesor Caelum se alejó lentamente, su figura desvaneciéndose en la niebla de la sala.

Su voz quedó flotando en el aire, como una promesa: —La introspección es el primer conjuro.

El más difícil.

El más necesario.

Y el único que no se puede enseñar.

Los quiero aquí mañana a primera hora.

Nos quedamos ahí, Samara y yo, en silencio.

No éramos lo que fuimos.

Pero por primera vez… no estábamos solos.

Me había cansado de no insistir, de no intentar.

Así que me acerqué a Samara y tomé su mano.

Instintivamente, ella intentó alejarla, recogió los dedos con un gesto casi imperceptible, como si el contacto le doliera más que cualquier herida.

Pero después… permaneció.

Me miró a los ojos.

No había reproche en su mirada, pero tampoco había ternura.

Solo una pregunta muda, suspendida entre nosotros, como si esperara que yo dijera algo que le diera sentido a todo.

—No sé cómo seguir —admití, sin soltar su mano—.

Pero no quiero seguir sin ti.

Ella no respondió.

Sus dedos, aún tensos, no se aflojaron, pero tampoco se apartaron.

Era una tregua.

Un espacio entre el adiós y el regreso.

—No quiero hacerte más daño —susurró, con la voz quebrada.

—Viktor, si hay algo que aún queda… si hay algo que no se quemó en ese fuego… ayúdame a encontrarlo.

Asentí.

No tenía respuestas.

Solo la voluntad de buscar con ella.

—No me haces daño, Samara —dije, con la voz apenas más que un susurro—.

Me haces falta.

—Aun si la magia estuviera muerta —continué—, perder al licántropo es tolerable.

Perderte a ti… no lo es.

Desde siempre y para siempre, ¿recuerdas?

Samara comenzó a llorar.

No con estrépito, sino con esa clase de llanto que se escurre en silencio, como si el alma se desbordara sin pedir permiso.

—Viktor… —murmuró, con la voz quebrada—.

No solo nací de la tragedia.

Yo soy una.

Creí que desaparecería, como la Madre…pero aquí sigo.

En este silencio insoportable que no sé cómo enfrentar.

Hizo una pausa, tragando saliva como si cada palabra le costara una parte de sí misma.

—Te necesito —confesó—.

Pero no quiero arrastrarte a toda mi mierda.

No quiero que te pierdas conmigo.

Me acerqué un poco más, sin soltar su mano.

—No me arrastras, Samara.

Me anclas.

Ella alzó la mirada.

Sus ojos, aún enrojecidos, brillaban con una mezcla de miedo y esperanza.

—¿Y si no queda nada?

¿Y si lo que fuimos solo existía porque la magia lo sostenía?

—Entonces lo reconstruiremos —respondí—.

No con hechizos.

Con lo que somos ahora.

Con lo que aún sentimos.

Samara cerró los ojos.

—Tengo miedo, Viktor.

Miedo de que al final… no quede nada.

—Entonces busquémoslo juntos —dije— Y si no lo encontramos, lo inventamos.

Ella soltó una risa breve, rota, pero real.

—¿Inventar el amor?

—No Samara.

Recordarlo— respondí con firmeza.

Me levanté del frío borde del círculo, sintiendo mis músculos tensos, el cansancio del cuerpo humano.

Samara seguía sentada, su mano aún sobre el punto donde la runa de memoria había brillado con ese tono verdoso.

—Vamos por algo de comer, ya es tarde —dije— Después, si quieres puedo acompañarte hasta tu habitación.

Ella alzó la mirada, y por primera vez, el miedo en sus ojos no parecía cerrarle el paso, sino invitarme a cruzar.

—Después de comer… —dijo, bajando la mirada— quédate un rato más conmigo.

Asentí.

No necesitaba más.

La grieta invisible que Caelum había revelado estaba abierta.

No había prometido nada, pero su súplica era más honesta que cualquier declaración Nos dirigimos al comedor, donde aún quedaban algunos panecillos tibios y café que sabía a poco, pero bastaba.

Nos sentamos en una de las mesas del fondo, lejos de las miradas curiosas.

Comimos en silencio, como si masticar fuera una forma de no pensar demasiado.

A veces, nuestras rodillas se rozaban bajo la mesa, pero ninguno de los dos se movía.

Cuando terminamos, Samara se levantó sin decir nada y caminó hacia la salida.

Cruzamos el patio central en silencio.

La fuente mágica seguía brillando con su luz azul y plateada, nos sentamos en uno de los bancos de piedra.

El frío de la piedra se filtró a través de mi ropa, pero no me moví.

Había algo reconfortante en esa quietud.

Fui yo quien rompió el silencio.

Mi voz sonó más baja de lo que esperaba.

—El Profesor Caelum dijo que la magia se esconde en el dolor.

El mío… es físico.

Me duele cada músculo, me pesa cada paso.

Es un recordatorio constante de que ya no está la bestia.

Miré mis manos.

Antes eran garras en un parpadeo.

Ahora solo eran eso: manos.

De hombre.

Sin la fuerza salvaje que me definía.

Samara se recostó contra el respaldo del banco, los ojos fijos en el agua.

—El mío es diferente —dijo, sin apartar la vista—.

Es ausencia.

Siento el vacío donde antes había presagios, donde había certeza.

Solía oler la muerte.

Ahora solo huelo a tierra húmeda y aire frío.

Pero esa quietud… no es paz.

—Pero, sobre todo, mi dolor es la duda.

Me giré hacia ella, el pecho apretado.

—¿La duda de si todo fue solo magia?

Asintió, apenas.

—Sí.

¿Qué pasa si la resonancia era la única cosa que nos unía?

Me miró entonces, y aunque su banshee ya no estaba, la intensidad seguía ahí, intacta.

—¿Qué pasa si, ahora sin el poder de mi lamento y la furia de tu aullido, solo somos dos personas rotas?

Ya perdimos algo invaluable, Viktor.

No soportaría perder también la verdad de lo que pasó en tu habitación… de lo que fuimos en el almacén o, sobre todo, lo que fuimos en el pueblo.

Me incliné hacia ella, acercando mi frente a la suya, como lo había hecho en la biblioteca.

Buscaba un punto de anclaje.

—El Profesor Caelum tiene razón —susurré.

— La magia no crea vínculos.

Solo los revela, yo sé lo que sentí cuando el licántropo se rindió… no al fuego, sino a ti.

Y sé lo que siento ahora, sin esa fuerza bestial.

No es un instinto, Samara.

Es una elección.

El amor es la única parte de esta historia que la magia no me puede quitar.

Si no estuviera ahí, no me dolería tanto verte alejarte.

Ella cerró los ojos.

Su respiración se volvió lenta, medida.

Por un instante, el silencio que nos envolvía fue el de una tregua.

De una aceptación.

—No me he ido —susurró, abriendo los ojos.

—Pero tienes miedo de que, al acercarte, detonemos la próxima tragedia.

—Ese fue el precio —dijo, mirando el tenue resplandor de la fuente.

—Lo sé —respondí.

—Pero juntos llegamos hasta aquí.

Y juntos encontraremos el camino de regreso.

La magia no está muerta, Samara.

Solo está herida.

Y nosotros… también.

La caminata hasta el Ala de Habitaciones fue silenciosa, pero ya no era tensa.

El silencio, esta vez, era compartido.

Un bálsamo.

No necesitábamos llenar el espacio con palabras.

Bastaba con caminar juntos.

Al llegar a la puerta del dormitorio de Samara, me detuve.

Ella también lo hizo, girándose hacia mí.

—Buenas noches, Samara —dije, sin adornos.

Por primera vez desde el sacrificio, su sonrisa no fue sarcástica ni forzada.

Fue pequeña.

Honesta.

Casi tímida.

—Gracias, Víktor.

Por seguir aquí.

Me incliné y besé su frente.

Un gesto simple, pero cargado de todo lo que aún no sabíamos cómo decir.

Ella se quedó quieta un momento.

Luego alzó la mano y rozó mi mejilla con la yema de los dedos.

Su tacto era leve, casi ausente, pero real.

—No es por lo que fuimos, Víktor— susurró.

—Es por lo que podemos ser.

Se deslizó dentro de la habitación, cerrando la puerta con una lentitud que no era duda, sino cuidado.

Me quedé un instante más, apoyado contra el muro de piedra, dejando que el eco de sus pasos se desvaneciera al otro lado.

Desde el interior, se coló el murmullo inconfundible de Diana, parloteando sobre algo que seguramente no tenía importancia.

Por primera vez, ese sonido no me molestó.

Era ruido.

Vida.

Algo que persistía.

Me alejé en silencio, rumbo a mi habitación.

No había respuestas aún.

Pero esta noche, al menos, no terminaba con un adiós.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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