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El aullido y el lamento - Capítulo 42

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  4. Capítulo 42 - 42 El peso de la verdad
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42: El peso de la verdad 42: El peso de la verdad Desperté antes de que la luz tocara los vitrales.

No fue un despertar abrupto ni agitado, sino uno de esos momentos en los que el cuerpo simplemente decide que ya ha dormido suficiente.

Me quedé unos segundos mirando el techo, escuchando el silencio.

No había aullido, ni eco de magia en mis venas.

Solo el latido constante de un corazón humano.

Y, por extraño que pareciera, no me sentía vacío.

Desayuné algo ligero en el comedor.

Pan tostado, un poco de fruta, café.

No tenía hambre, pero el ritual de comer me anclaba.

Me senté junto a una ventana, dejando que la luz me alcanzara.

No pensé en Samara; no porque no quisiera, sino porque sabía que lo haría en cuanto la viera.

Y la vería pronto.

Cuando llegué a la Sala de los Ecos, ella ya estaba ahí.

Apoyada contra el marco de la puerta, con los brazos cruzados y una media sonrisa que no le había visto en días.

—Tarde, como siempre, Von Wolf —dijo, con una chispa en los ojos que no era burla, pero tampoco tristeza.

—No quería llegar antes que tú —respondí.

Entramos juntos.

Me detuve al ver a la Profesora Nimue conversando con el Profesor Caelum en el centro del salón.

Sus voces eran bajas, pero sus rostros estaban cargados de una gravedad que no encajaba con la calma habitual del lugar.

Sin perder tiempo, la voz del Profesor Caelum resonó por todo el salón, como si hablara desde dentro de las paredes.

—Para poder cerrar y sanar una herida, primero deben conocerla.

Se giró hacia nosotros, su túnica de niebla ondulando con un ritmo que no respondía al viento.

—Ayer les dije que la magia seguía viva en ustedes.

¿Saben lo que eso significa?

—Que el ritual no logró arrebatarnos nuestra esencia —respondí con firmeza.

Pero antes de que pudiera decir algo más, Samara dio un paso al frente.

Sus ojos se abrieron como si acabara de entender algo que no quería decir en voz alta.

—El pago de la deuda… fue otro —dijo, con un hilo de voz.

Nimue asintió.

Su mirada se posó en Samara con una ternura que dolía.

—Tienes razón —dijo—.

El fuego no tomó su magia.

Tomó algo más.

Algo que apenas comenzaba a existir.

Mi mente tardó un segundo en procesarlo.

Luego, el mundo se volvió más estrecho.

—No… —murmuré, pero mi voz ya no me pertenecía.

Samara retrocedió un paso, su rostro vaciándose de color.

—No… no puede ser.

—Samara —dijo Nimue, con una voz que era más susurro que palabra—.

Estabas esperando un hijo.

El aire se volvió denso.

El salón entero pareció cerrarse sobre nosotros.

Sentí que el corazón me golpeaba el pecho con una violencia que no recordaba.

Me faltaba el aire.

Me faltaba ella.

—No lo sabíamos —dije, más para mí que para ellos.

Samara se llevó las manos al vientre, como si buscara algo que ya no estaba.

—Yo… lo sentí.

Pero no lo entendí.

Pensé que era parte de la resonancia.

El Profesor Caelum bajó la mirada.

—La magia no toma lo que no tiene valor.

Solo cobra lo que reconoce como real.

Me arrodillé.

No por debilidad.

Por necesidad.

El suelo frío me sostuvo cuando mis piernas ya no pudieron.

El dolor no era físico.

Era otra cosa.

Más hondo.

Más cruel.

Samara no lloró.

No gritó.

Solo se quedó de pie, inmóvil, como si su cuerpo no supiera cómo reaccionar.

—Nos quitó algo que ni siquiera sabíamos que teníamos —dije, con la voz rota.

—Y por eso duele más —susurró ella.

El Salón de los Ecos guardó silencio.

No hubo consuelo.

Solo el eco de una pérdida que no sabíamos que era nuestra… hasta que ya no estaba.

Corrí hacia Samara por puro instinto.

La distancia que había entre nosotros, esa que no era física, dejó de importarme.

La envolví entre mis brazos sin pedir permiso, sin pensar.

Su cuerpo se aferró al mío con una desesperación que me partió en dos.

Sentí su respiración entrecortada contra mi cuello, y su voz, rota, apenas un susurro, se abrió paso entre el temblor de su llanto.

—Lo vi… —dijo—.

¿Recuerdas la visión?

Alguien tomaba mi mano… y en un segundo se desvanecía.

Era nuestro… No pudo seguir.

El llanto la venció.

Y yo, que había enfrentado espectros, runas y el fuego de un sacrificio, no supe qué hacer más que sostenerla en un abrazo de dolor insoportable, uno que no buscaba consuelo, sino simplemente no desmoronarse.

El Profesor Caelum permanecía inmutable, pero Nimue… Nimue parecía igual de destrozada que nosotros.

Sus ojos brillaban con lágrimas que no se atrevía a dejar caer.

Pasaron unos segundos —o tal vez fueron siglos— antes de que Samara, aun temblando, alzara la voz.

No era un grito, era una pregunta cargada de ira y tristeza.

—Profesor… ¿cómo es esto posible?

Las banshees no nacemos de manera natural.

No tenemos ciclos, ni cuerpos fértiles.

¿Cómo es posible que yo estuviera…?

El Profesor Caelum la interrumpió con una calma que no era indiferencia, sino reverencia.

—Yo mismo, nacido de un padre mitad elfo y una madre etérea, soy prueba de que ese tipo de acontecimiento, aunque raro, no es una imposibilidad en el mundo mágico.

Su primogénito… si bien físicamente apenas era una posibilidad, en otro plano ya estaba aferrado al flujo vital de la magia.

Estaba destinado a ser una criatura como yo.

Hizo una pausa.

Su voz, por primera vez, se quebró apenas.

—Hasta que la maldición se los arrebató.

El profesor alzó una mano.

De su palma emergió una luz suave, dorada, que no era fuego ni hechizo.

Era algo más antiguo.

Más puro.

Una energía cálida, palpitante, que flotó en el aire como una brisa viva.

—En medio del caos —continuó—, pude resguardar un eco de esa pequeña energía que se aferraba al flujo de la vida.

Mientras le arrebataban su existencia, algo en él… se negó a desaparecer del todo.

La luz se dividió en dos hilos sutiles, uno flotando hacia Samara, el otro hacia mí.

Cuando nos tocaron, no hubo explosión, ni dolor, ni magia desbordada.

Solo calor.

Un calor reconfortante, profundo, que se instaló en el pecho como una caricia.

Como un recuerdo que no sabíamos que teníamos, pero que reconocimos al instante.

Samara sollozaba.

Yo cerré los ojos en una mezcla de luto y respeto.

—Eso es lo que siente por ustedes —dijo Caelum, su voz ahora más suave—.

Amor.

La magia jamás puede destruir el amor.

Ni siquiera la más antigua, ni la más cruel.

El amor de quien no pudo llegar… es ahora un eco que los acompañará por siempre.

Samara se llevó una mano al pecho, como si intentara contener esa chispa que ahora ardía dentro de ella.

Yo hice lo mismo, sintiendo cómo ese calor se mezclaba con el vacío que había dejado el licántropo.

No lo reemplazaba.

No lo curaba.

Pero lo iluminaba.

Y por primera vez desde el sacrificio, sentí algo que no era dolor.

Un eco.

Un lazo que no se rompió.

Una vida que no fue, pero que, de algún modo, aún estaba con nosotros.

Y eso… lo cambiaba todo.

Caelum guardó silencio.

La luz que había brotado de sus manos se desvaneció lentamente.

El eco de aquella energía seguía latiendo en mi pecho.

Samara seguía con la mano sobre su corazón, los ojos fijos en el suelo.

Yo no podía dejar de mirarla, no porque esperara una reacción, sino porque necesitaba asegurarme de que aún estaba ahí.

Nimue se acercó.

—No hay consuelo para una pérdida así —dijo, su voz tan suave como el viento entre los árboles—.

Pero hay verdad.

Y a veces… la verdad es lo único que puede sostenernos cuando todo lo demás se rompe.

Samara alzó la vista.

—¿Por qué no nos lo dijeron antes?

Nimue suspiró.

—Porque no estaban listos.

Porque el dolor, cuando llega sin nombre, puede ser más cruel que la herida misma.

—¿Y ahora sí lo estamos?

—pregunté, sin ocultar la amargura en mi voz.

—No lo sé —respondió Nimue—.

Pero la magia lo creyó así.

Y yo confío en ella más de lo que confío en mis propios juicios.

Lo que han perdido… no se puede recuperar.

Pero lo que hay entre ustedes… eso apenas comienza.

No lo olviden.

Nos miró una última vez y luego se alejó.

El Profesor Caelum deshizo el círculo de piedra con un gesto de su bastón.

Samara y yo nos quedamos ahí, sentados en el suelo.

—Alun’diel —dijo Samara, con la voz apenas un susurro.

—”Susurro de la arboleda”… —respondí, sin mirar el suelo, sino el vacío que nos rodeaba—.

Muy apropiado… Alun’diel.

El eco de lo que no fue seguía con nosotros.

Pero por primera vez, no dolía tanto.

No porque hubiera dejado de doler… sino porque ahora tenía nombre.

Y los nombres, como las runas, tienen poder.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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