El aullido y el lamento - Capítulo 43
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- Capítulo 43 - 43 La reverencia del bosque
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43: La reverencia del bosque 43: La reverencia del bosque Samara se quedó en silencio unos minutos más.
Luego se levantó con lentitud, como si el cuerpo le pesara menos que el alma.
—Necesito aire —dijo, sin mirarme.
—Solo un poco…iré al bosque.
No quiero estar bajo techo.
Asentí.
No intenté detenerla.
—Yo… me quedaré aquí.
Quiero ordenar mis ideas.
Ella no respondió.
Solo caminó hacia la salida, con pasos suaves, como si no quisiera que el mundo la escuchara.
El bosque oscuro no representaba una amenaza.
No esa noche.
No para ella.
Los árboles seguían ligeramente ladeados, como si aún lloraran.
La tierra, húmeda por la bruma nocturna, parecía contener el aliento.
No había runas.
No había rituales.
Solo duelo.
Samara se adentró sin prisa.
No buscaba respuestas.
Solo silencio.
Solo un lugar donde el dolor pudiera respirar sin ser juzgado.
Fue entonces cuando la vio.
Nimue estaba de pie entre dos robles, su túnica de musgo fundida con la penumbra.
No flotaba.
No brillaba.
Solo estaba ahí, con una mano apoyada en la corteza de un árbol, como si le ofreciera consuelo.
Samara se detuvo.
—Te sentí llegar —dijo Nimue, su voz era apenas un murmullo, cargada de un pesar que parecía emanar de la tierra misma— El bosque entero lo hizo, comparte tu duelo.
—¿Profesora, Desde cuándo lo supo?
—la voz de Samara era un hilo frágil.
—Desde el primer momento en el claro…En cuanto el fuego los envolvió— confesó Nimue, su serenidad se quebró, revelando una profunda angustia —Vi cómo la magia de la hoguera arrancaba una luz de tu vientre.
No era una chispa de poder, Samara…
era el latido de una vida.
Y yo…
no dije nada.
Samara no respondió de inmediato.
El silencio entre ellas era más pesado que cualquier conjuro.
—¿Por qué?
—susurró finalmente.
—Porque Ványar tenía miedo…y yo también— respondió Nimue, sin rodeos.
—Miedo de quebrarlos con la verdad antes de que tuvieran la fuerza para sostenerla.
—Yo merecía saberlo desde el principio — Dijo Samara.
Nimue asintió con la cabeza, y una lágrima solitaria se deslizó por su mejilla, brillando bajo la luz de la luna.
—Fui una cobarde— Su voz se rompió.
—Mi silencio…
ha sido la peor traición a mis principios.
Yo, que escucho el latido de la hoja más pequeña, me negué a escuchar el eco de una vida que se fue.
El dolor me tiene devastada, Samara.
No solo el tuyo.
El de la tierra misma, que sintió cómo le arrebataban una promesa.
Samara bajó la mirada, procesando no solo el dolor de la pérdida, sino el peso del dolor de Nimue.
—Alun’diel —dijo, como si el nombre fuera una ofrenda para ambas— Así se llama.
“Susurro de la arboleda”.
Al pronunciar el nombre en voz alta, una suave brisa recorrió el claro.
Nimue alzó la vista, con los ojos llenos de asombro y reverencia.
—Alun’diel…
—repitió— ¿Lo sientes?
Los árboles, que habían permanecido inclinados en señal de luto, comenzaron a estremecerse.
No con viento.
Con memoria —El bosque lo escucha.
El nombre le da un lugar a la historia.
Ya no es un eco perdido, es una memoria.
Una semilla germinando su raíz.
Lentamente, majestuosamente, los troncos comenzaron a enderezarse.
Como si el bosque, al conocer el nombre, pudiera por fin aceptar la pérdida y permitir que esa nueva raíz se anclara en su historia.
Nimue dio un paso atrás, con una expresión de profundo alivio.
—Gracias por nombrarlo— dijo, con una voz que ya no temblaba —Ahora el bosque puede guardar su historia, y su espíritu puede descansar entre las hojas.
Se giró sin esperar respuesta, su figura desvaneciéndose entre los troncos, como si el musgo la reclamara de vuelta a la tierra.
Samara se quedó sola.
Sola en el bosque, a mitad del duelo, a mitad de sí misma.
sabiendo que no era la única que lloraba esa pérdida.
La naturaleza entera la acompañaba.
Se quedó ahí, con el nombre de Alun’diel latiendo en su pecho.
Y el bosque… guardó silencio.
Al mismo tiempo, en otro rincón de la escuela, yo buscaba un lugar donde el silencio no doliera tanto.
No quería volver a mi habitación.
No aún.
El aire dentro de la escuela se sentía denso, como si cada piedra recordara lo que habíamos perdido.
Necesitaba un lugar donde el silencio no doliera tanto.
Subí a la azotea.
El viento me recibió como un viejo amigo.
No era frío, ni cálido.
Solo estaba ahí, constante, sin exigencias.
La luna, alta y pálida, ya no era juez.
Solo era testigo.
Me senté en el borde del tejado, con las piernas colgando sobre el vacío.
Desde ahí, podía ver los jardines, los pasillos, incluso el bosque oscuro a lo lejos.
Todo parecía quieto.
Como si el mundo estuviera conteniendo el aliento.
—¿Sabes?
Este es uno de mis cinco lugares favoritos de la escuela —dijo una voz detrás de mí.
Me giré con lentitud.
Diana estaba ahí, sentada, abrazando sus rodillas.
Su cabello rojo se movía con el viento, no parecía una criatura desbordada por su propia energía.
Estaba tranquila.
Casi serena.
—¿Cinco lugares favoritos?
—pregunté, sin sarcasmo.
—Sí.
El invernadero, el pasillo de alquimia, la sala de los espejos, el rincón detrás del comedor… y este— Sonrió con suavidad.
—Aquí nadie me juzga.
Y la luna… bueno, la luna nunca me ha pedido explicaciones.
Nos quedamos en silencio.
Ella no hablaba como siempre.
No había torpeza, ni parloteo.
Solo una calma que no le conocía.
—¿Y tú?
—preguntó, después de un rato— ¿Por qué esa cara larga?
No respondí de inmediato.
El viento parecía pedirme que lo pensara bien.
—Porque el precio fue más alto de lo que imaginábamos —dije, al fin.
Diana se giró hacia mí, con el ceño fruncido.
—¿Más alto?
—La magia no tomó nuestra fuerza.
Ni nuestras habilidades.
—Tomó a nuestro hijo.
Sus ojos se abrieron con una mezcla de sorpresa y dolor.
No dijo nada.
Solo me miró, como si intentara entender algo que no tenía forma.
—Samara estaba esperando un hijo— continué, con la voz más baja—.
No lo sabíamos.
Nadie lo sabía.
Pero la magia sí.
Y cuando el fuego nos envolvió… lo tomó como ofrenda.
Diana se llevó una mano a la boca.
Vi el impulso en su cuerpo de correr hacia mí, de abrazarme, pero se detuvo.
Sus manos, que se habían alzado para ofrecer consuelo, cayeron a sus costados, inseguras.
Se quedó inmóvil, a unos pasos de mí, con el rostro quebrado por un dolor que no era suyo, pero que sentía como propio.
Temía abrazarme; vi en sus ojos que no sabía cómo, no sabía si debía.
En ese instante, su silencio y su quietud fueron un consuelo más grande que cualquier abrazo.
No intentó arreglar nada.
No ofreció palabras vacías.
Simplemente se quedó ahí, compartiendo el peso de mi dolor sin tocarlo, respetando mi herida.
Entendí que su quietud no era indecisión, sino respeto.
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