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El aullido y el lamento - Capítulo 44

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  4. Capítulo 44 - 44 La canción del luto
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44: La canción del luto 44: La canción del luto Diana me miro de nuevo, con una suavidad en sus ojos que jamás imagine posible en ella.

—Lo siento tanto, Víktor —susurró finalmente, su voz apenas un hilo en el viento—.

No hay palabras.

Asentí, incapaz de hablar.

La empatía en su mirada era un soporte.

Después de un largo momento que pareció una vida entera, su dolor se transformó en determinación.

—¿Samara lo sabe?

—Lo sabe ahora.

—Respondí Un espasmo visible recorrió su cuerpo, sus piernas temblaron, pero Diana se mantuvo firme.

—Tengo que ir con ella —dijo, su voz recuperando la urgencia.

—Está en el bosque —dije, sin moverme.

—Entonces ahí es donde debo estar—.

Respondió.

Me miró por última vez, con una ternura que no esperaba.

—Víktor… gracias por confiarme esto— Su voz tembló.

—No sé si puedo hacer algo por ella.

Pero no quiero que esté sola.

Asentí.

No intenté detenerla.

Diana se lanzó del tejado, su figura se tornó en la de un ave que se perdió entre las sombras, volando rumbo al bosque.

Y yo me quedé ahí, solo, con el viento, con la luna y con el nombre de Alun’diel latiendo en mi pecho como una promesa que no supe hacer, pero que ahora debía sostener.

Mil pensamientos rondaban por mi mente, quería romperlo todo, romperme a mí mismo de ser posible.

Mientras tanto, en el bosque, Samara se detuvo.

El eco dorado de Alun’diel, que antes era un calor reconfortante en su pecho, ahora se sentía como una brasa ardiente de ausencia.

Su mano, por un instinto que no comprendía del todo, viajó hasta su vientre, presionando contra un inmenso vacío donde antes, sin saberlo, había habido una posibilidad, una promesa.

Imágenes que no eran suyas, pero que le pertenecían, inundaron su mente: la curva de una pequeña mano aferrándose a su dedo, el eco de una risa que nunca sonaría, la sensación de un peso que nunca sostendría en sus brazos.

Cada posibilidad robada era una daga que se clavaba más hondo.

La tristeza se transformó en una rabia helada.

Una protesta silenciosa contra los dioses, contra la magia, contra un destino que le había robado algo que ni siquiera sabía que atesoraba.

Una lágrima solitaria y ardiente rodó por su mejilla.

Levantó el rostro, no hacia el cielo, sino hacia la nada, hacia el vacío que ahora sentía en su interior.

Apretó los puños con tal fuerza que sus uñas se clavaron en sus palmas.

Y gritó.

No fue un simple grito.

Fue un lamento.

El primer lamento verdadero que liberaba desde el sacrificio, y no tenía nada que ver con anunciar la muerte de otros.

Este era suyo.

Era el sonido de un futuro arrancado de raíz, el dolor de una madre por el hijo que nunca acunaría.

Todo el dolor que no sabía que guardaba, todo el vacío que ahora sentía, todo, absolutamente todo salió en ese lamento.

Su voz desgarrada resonó en todo el bosque, no como un presagio, sino como una herida abierta en el tejido del mundo.

Un poder crudo, nacido del amor y la pérdida más profundos, que hizo que hasta los árboles más antiguos se estremecieran en una compasión silenciosa.

Yo seguía en la azotea, de pie en el borde del abismo.

El eco dorado de Alun’diel en mi pecho ya no era un calor.

Era un fuego frío, un hueco ardiente que consumía todo lo demás.

Mi promesa a Samara —”vamos a reescribir el destino”— ahora sonaba como una burla cruel en mi cabeza.

No habíamos reescrito nada; habíamos pagado la misma deuda con una moneda aún más preciosa.

Imágenes de un linaje redimido, de una nueva manada, de un futuro que no sabía que anhelaba, se hicieron cenizas en mi mente.

La rabia me inundó, una furia helada e impotente.

Apreté los puños con una fuerza que hizo crujir mis huesos.

Quería golpear, romper, destrozar algo, no como lo hice con mi habitación, quería venganza, pero no había nada contra lo que luchar.

Ni siquiera el maldito lobo en mi interior estaba ahí para poder culparlo, la fuerza bruta en la que podía refugiarme tampoco respondía mi llamado.

Lleno de ira, dolor, vacío y completamente roto, simplemente… grité.

Grité con todas mis fuerzas, un sonido gutural que rasgó mi garganta humana.

Era un aullido, No fue uno para llamar a nadie, ni para transformar mi cuerpo.

Fue un rugido de pura impotencia, un grito para soltar el peso de un fracaso que me estaba hundiendo.

Un desafío lanzado a un cielo indiferente que no ofrecía respuestas.

El rugido que escapó de mi garganta y el lamento que nació en el corazón del bosque no eran solo sonido.

Eran dolor puro, destilado en su forma más cruda.

Se elevaron hacia el cielo nocturno no como ondas de aire, sino como dos hilos de magia pura: el mío, un torrente enrojecido y furioso; el de ella, una estela verde y melancólica.

Sobre las torres silenciosas de ULTIMA, esas dos corrientes se buscaron con la desesperación de almas perdidas.

Se enredaron en una danza caótica de pesar y, finalmente, se entrelazaron, no con la violencia del combate, sino con la tierna resignación de un abrazo final.

Y en esa unión, el caos se convirtió en música.

El aullido y el lamento se fundieron, creando una melodía que resonó no en los oídos, sino en el alma.

El aullido espectral, esa magia que solo nosotros podíamos desatar, sonaba ahora como una sonata triste pero reconfortante, una canción de luto.

Era increíble, la misma fuerza que había entonado la lujuria en mi dormitorio, el dolor en el sótano y la entrega en la hoguera.

Ahora cantaba con pesar y melancolía.

Era una última canción para acompañar el luto por Alun’diel, un réquiem tejido con las voces de sus padres, un eco que prometía que, incluso en la más profunda de las tristezas, ya no estaban solos.

La magia del licántropo y la banshee aun no estaban aquí.

Pero sus voces… habían regresado para acompañar a su promesa perdida, el eco de Alun’diel.

Desde otro plano, más allá del tiempo lineal, el Profesor Caelum observaba en silencio.

No con ojos, sino con conciencia.

Y desde ese lugar, sonrió.

El aullido espectral había regresado, no como explosión ni como conjuro, sino como un eco, una melodía que no buscaba respuesta.

Supo que, aunque el licántropo y la banshee seguían ocultos, sus voces aún tenían un poder descomunal.

Mientras tanto, en el bosque, Diana llegó convertida en ave, en cuanto la vio, aterrizo junto a Samara y volvió a su forma humana.

No hubo escándalos ni parloteos, solo la presencia de una amiga.

Vio su tristeza, el peso de su pérdida, y sin preguntar, extendió la mano.

—Vamos, Sam —dijo con una voz suave—.

Es hora de dormir.

Samara la miró con gratitud, tomó su mano, y juntas, sin prisa, se retiraron del bosque rumbo a su habitación.

Yo regresé a la mía, dispuesto a descansar.

No había palabras que pudieran ordenar lo que sentía.

Solo quería cerrar los ojos y dejar que el silencio hiciera lo que la magia ya no podía.

Dormí sin sueños.

O al menos, sin recuerdos de ellos.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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