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El aullido y el lamento - Capítulo 45

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  4. Capítulo 45 - 45 El borde de la moneda
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45: El borde de la moneda 45: El borde de la moneda A la mañana siguiente, después de una ducha tibia y un desayuno que comenzaba a sentirse como rutina, me dirigí al aula de lenguas antiguas.

Samara ya estaba ahí.

Me senté a su lado sin pedir permiso.

Ella me miró de reojo, una tregua silenciosa.

La clase transcurrió entre glifos y fonemas olvidados.

Ninguno de los dos mencionó el Aullido Espectral.

Ambos lo habíamos sentido la noche anterior, sabíamos que algo había regresado.

Pero no queríamos tensiones, queríamos un día normal, al menos uno, al menos por hoy.

Cuando la clase terminó, caminamos juntos hacia la Sala de los Ecos.

No hablamos.

No hacía falta.

El Profesor Caelum nos esperaba.

Su figura etérea flotaba en el centro del círculo de piedra, rodeado por las columnas de obsidiana.

Los cristales flotantes pulsaban con una luz pálida a su alrededor.

—Su magia ha despertado —dijo, sin rodeos—.

Sigue escondida, pero está más presente.

Como un animal que ha dejado de temblar, pero aún no se atreve a salir.

Por ahora, trabajen en su relación terrenal.

La magia no se alimenta de poder, se alimenta de vínculo y presencia.

No hubo más instrucciones.

Estaba a punto de darse la vuelta, de disolverse en la nada como solía hacer, pero lo detuve.

—Profesor —llamé su atención antes de que desapareciera.

Se quedó inmóvil, escuchando.

—En el bosque, esa noche, todos dicen que desaparecimos por varios minutos.

Diana nos vio…

irnos.

¿Usted sabe dónde estábamos?

—En el Intersticio —respondió Caelum.

—También se le conoce como el Velo Gris —Continuó—.

No es un lugar físico al que se pueda viajar.

Ni siquiera yo puedo ir allí.

Es un plano de existencia conceptual.

Un estado de transición.

—La magia no considera la Vida y la Muerte como opuestos absolutos, un inicio y un final, sino como dos caras de la misma moneda.

Son vistas como un ciclo continuo de existencia y transformación.

La Vida es una cara de la moneda, la existencia manifiesta.

La Muerte es la otra cara, la transformación de vuelta a la esencia.

—El Intersecto, donde estaban ustedes, es el borde de esa moneda.

Es el “centro”, el momento infinitesimal de pura potencialidad donde un alma no está ni viva ni muerta, sino simplemente en transición.

Me quedé helado, procesando sus palabras.

A mi lado, sentí a Samara tensarse.

—El ritual de la Cosecha Oscura, combinado con la interferencia del Aullido Espectral, fue el equivalente a lanzar la moneda al aire.

El destino dejó caer la moneda apuntando a la muerte…

Sentí que Samara dejaba de respirar.

——La intervención de Diana, al correr hacia el fuego, actuó como un evento disruptivo.

Su propia magia aferrándose a ustedes, hizo que la moneda quedara girando sobre su borde, con ustedes atrapados en su interior durante el tiempo que estuvieron desaparecidos.

El mundo pareció detenerse.

Miré a Samara.

Estaba pálida, sus ojos verdes fijos en Caelum, su cuerpo temblando visiblemente.

—Su eventual regreso —concluyó Caelum— fue el momento en que la moneda finalmente cayó, y el destino, o la suerte, indicó la vida.

Sentí una oleada de culpa tan abrumadora que casi me dobló las rodillas.

Diana.

La chica que corrió hacia el fuego por nosotros.

La que había gritado nuestros nombres.

Ella no solo había sido un testigo.

Había sido el catalizador.

Había sido nuestro escudo contra el destino.

—Diana…

—susurró Samara.

Fue apenas un soplo de aire, pero cargado con un peso de revelación que me partió el alma.

La miré.

Samara ya no temblaba.

Se cubría la boca con una mano, y las lágrimas corrían libremente por sus mejillas.

No eran lágrimas de tristeza.

Eran de vergüenza.

De arrepentimiento.

—Oh, dioses…

—sollozó—.

Cómo la tratamos…

Me golpeó a mí también.

Habíamos llegado al campus y la habíamos dejado sola.

Samara se había ido con Diana, sí, pero ¿le habíamos dado las gracias?

¿Le habíamos preguntado cómo se sentía?

No.

Nos habíamos encerrado en nuestro propio dolor, en nuestra propia pérdida de magia, sin darnos cuenta de que ella también había perdido algo.

Había perdido la inocencia, creyendo que éramos invencibles.

Nos habíamos centrado tanto en lo que habíamos perdido, que habíamos olvidado el por qué seguíamos aquí.

—Ella nos salvó —dije, mi propia voz sonaba ronca—.

Esa chica…

parlanchina, torpe y caótica…

saltó hacia un fuego ritual para salvarnos.

—Y ni siquiera se lo agradecimos —completó Samara, su voz rota—.

Solo la dejamos cuidarnos.

El Profesor Caelum nos observaba, su rostro etéreo impasible, pero sentí una ola de…

¿comprensión?

emanar de él.

—Es una sinergia singular —dijo—.

El licántropo es la fuerza.

La banshee es la percepción.

Les hace falta encontrar el equilibrio.

Caelum se desvaneció, dejando sus palabras flotando en el aire denso de la sala.

Samara y yo nos quedamos solos en el círculo de piedra, el peso de nuestra ignorancia aplastándonos.

—Tenemos que encontrarla —dije, mi voz firme.

—Tenemos que hacerle saber…

—…que estamos agradecidos, por el bosque y sus cuidados —terminó Samara, secándose las lágrimas con una determinación feroz.

Salimos de la Sala de los Ecos, no caminando, sino corriendo.

Nuestros pasos resonaban en los pasillos vacíos.

Teníamos que encontrarla.

Teníamos que arreglar esto.

Corrimos por el pasillo hacia el Ala de Runas, pero la encontramos vacía.

Preguntamos a un Gremlin, que nos ignoró con un bufido.

Volvimos sobre nuestros pasos, la urgencia creciendo, ¿dónde estaría?

—Espera —dijo Samara, deteniéndose.

Regresemos a la Sala de los Ecos.

Estaba vacía, tal como la habíamos dejado.

El silencio era pesado.

—¿Samara?

—Shh.

—Puso un dedo en mis labios—.

¿No oyes eso?

Escuché.

Solo el zumbido de los cristales.

Y entonces…un sonido casi imperceptible.

Un clic…

clic…

clic.

Miramos hacia arriba.

Descendiendo lentamente por una de las enormes columnas de obsidiana, había una pequeña lagartija moteada.

Samara y yo la miramos, confundidos.

La lagartija se detuvo a la altura de nuestros ojos.

Nos miró.

Y luego, su forma comenzó a ondularse.

La lagartija creció, sus escamas se derritieron, sus extremidades se alargaron.

En un parpadeo, Diana estaba de pie frente a nosotros, apoyada contra la columna, su rostro pálido y sus ojos rojos.

Estaba claro que había estado llorando.

—Diana…

—susurró Samara.

Samara corrió de inmediato hacia ella y la abrazó con una fuerza que casi la derriba.

Diana se quedó rígida por la sorpresa, antes de devolver el abrazo, su rostro hundiéndose en el hombro de Samara.

—No quería perderlos —dijo Diana, su voz ahogada, confesándolo todo—.

No intentaba desafiar destinos o seres ultra poderosos, pero no quería perderlos.

Cuando se fueron, me sentí vacía.

Más de lo que esperaba.

Sé que van a decir que estoy loca, todos en esta escuela lo creen.

Es por como soy…

—Diana —interrumpí, acercándome.

Puse mi mano en su hombro.

Ella levantó la vista, sus ojos llenos de una confusión dolorosa.

—Gracias.

Ella parpadeó.

—¿Qué?

—Nos salvaste.

Caelum escuchaste lo que dijo.

La moneda, el borde, el Intersecto.

Tu intervención…fue lo único que nos dio una oportunidad…Te debemos todo.

Diana nos miró, a Samara aferrada a ella y a mi mano en su hombro.

Se quedó en silencio.

Y vi, por primera vez, cómo la tensión abandonaba su cuerpo.

Una inmensa tranquilidad se reflejó en su rostro.

Como si ese vacío del que habló, ese que yo también había sentido, por fin…

ya no existiera.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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