El aullido y el lamento - Capítulo 46
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- Capítulo 46 - 46 Lo que aún nos queda
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46: Lo que aún nos queda 46: Lo que aún nos queda Cuando el sol ya se había ocultado detrás de las torres góticas de la universidad.
Y la conmoción de la sala de los ecos había quedado atrás, Diana se marchado a su habitación, supongo que después de todo lo que escucho, necesitaba un poco de espacio para pensar.
El aire en los jardines era fresco y olía a tierra húmeda y a las últimas flores de otoño.
Samara y yo caminábamos sin rumbo, como lo habíamos hecho varias veces en las últimas semanas.
No había un destino, solo el deseo de estar cerca, de llenar el silencio no con palabras, sino con la simple presencia del otro.
Hice una pequeña pausa, para quitarme los zapatos y los calcetines.
Samara me miro un poco extraño.
—No me mires así, siempre me he sentido mas tranquilo cuando tengo los pies en la tierra.
Seguimos caminando unos pasos y nos sentamos bajo uno de los árboles más antiguos del campus, ese que siempre parecía inclinarse hacia el lago, como si escuchara algo que nadie más podía oír.
Samara se acomodó a mi lado, con las piernas cruzadas y los brazos envueltos en su chaqueta.
Yo me recargué contra el tronco, dejando que la corteza áspera me recordara que aún estaba aquí, sólido, real.
—¿Sabes qué extraño?
—dijo ella, su voz suave rompiendo la quietud.
—¿Qué?
—La certeza… —suspiró—.
Antes, cuando el lamento me hablaba, podía sentir lo que venía.
No siempre con claridad, pero al menos sabía que algo se acercaba.
Ahora todo es silencio.
Ya es más tolerable, pero no deja de ser extraño.
—Yo extraño el instinto —respondí, mi voz apenas un murmullo—.
Esa sensación de que algo me llamaba desde dentro, como si el licántropo supiera cosas que yo no podía entender.
Ahora solo tengo pensamientos.
Y a veces, no son muy lindos que digamos.
Samara sonrió, pero fue una sonrisa triste.
—Nos quitaron lo que nos hacía únicos.
—No —dije, girándome para mirarla—.
Nos quitaron lo que nos hacía criaturas.
Pero lo que nos hace únicos, eso sigue aquí.
Ella bajó la mirada, sus dedos jugando con una hoja seca.
—Comienzo a creer, sabes, que lo que tuvimos fue real —murmuró, casi para sí misma—.
Fue nuestro.
La runa lo aprovechó, pero lo creamos nosotros.
Un calor se extendió por mi pecho, una oleada de alivio tan intensa que casi me dejó sin aliento.
Era la frase que había estado esperando escuchar, la confirmación de que no habíamos sido solo marionetas.
Me acerqué un poco más, no para tocarla, solo para que me sintiera cerca.
—De no ser así, entonces lo que estamos haciendo ahora no tendría sentido —afirmé—.
Aquí estamos, caminando juntos.
Comemos, reímos, lloramos juntos.
El vínculo sigue ahí.
Diferente, pero se mantiene.
Samara se quedó en silencio.
Luego, con voz baja, como si hablara con un fantasma: —A veces me pregunto si Alun’diel habría tenido tu fuerza… o mi sensibilidad.
El nombre, dicho en voz alta entre nosotros, flotó en el aire frío.
Me dolió, pero era un dolor limpio, el de una cicatriz que recuerda la herida, no la herida misma.
—Habría tenido ambas —dije sin dudar—.
Y algo más.
Algo que no viene de la magia, sino de nosotros.
Nuestra terquedad.
Nuestro sarcasmo.
Nuestra capacidad de encontrar la luz en medio del desastre.
Ella me miró entonces.
Ya no con tristeza, sino con una ternura profunda que me envolvió por completo.
Apoyó su cabeza en mi hombro y se quedó en silencio unos segundos más, con la mirada fija en el reflejo de la luna sobre un charco.
Luego se irguió, se giró hacia mí, y su expresión ya no era de duda, ni de miedo, ni de nostalgia.
Era decisión.
—Víktor —dijo, su voz baja pero firme—.
No quiero seguir caminando contigo como si estuviéramos esperando que algo nos vuelva a romper.
Me quedé quieto.
Su mirada era clara, sin adornos.
No había espectro.
Solo Samara.
—No sé si lo que somos ahora es suficiente para la magia —continuó, su voz ganando fuerza—.
Pero sí sé que ya no es suficiente para mí.
Se acercó un poco más, hasta que sus dedos rozaron los míos.
El contacto fue una pequeña descarga eléctrica.
—Quiero que seamos algo más que un eco de lo que fuimos.
Quiero que seamos reales, sin runas, sin magia, sin tragedias.
Tomé su mano, sin miedo a que se apartara, entrelazando mis dedos con los suyos.
—¿Estás segura?
—pregunté, mi voz temblando por la emoción contenida.
Samara sonrió, ya no como la banshee que se burlaba del mundo, sino como la mujer que había sobrevivido a él.
—Sí, Víktor.
Te quiero a ti, aquí, conmigo…siempre, sé que podremos encontrar ese equilibrio que menciono el Profesor Caelum.
El silencio que siguió fue sagrado.
La solté solo para rodearla con mis brazos, atrayéndola hacia mí en un abrazo que no era de urgencia ni de fuego, sino de pura y abrumadora certeza.
Sentí el latido de su corazón contra mi pecho, el aroma de su cabello, la forma en que su cuerpo encajaba contra el mío como si siempre hubiera estado destinado a estar ahí.
Era la sensación de volver a casa.
—Nada me haría más feliz en este momento, Samara —susurré contra su cabello, sintiendo cómo el peso de todo lo perdido comenzaba a transformarse en algo más ligero.
En ese abrazo, supe que el amor, al menos el sentimiento, no se había consumido en la hoguera.
Era lo que aún nos quedaba.
Ella se quedó en silencio un instante, luego se apartó apenas lo suficiente para mirarme con una sonrisa ladeada, esa que siempre anunciaba sarcasmo.
—Te amo, lobo apestoso —dijo, con una ternura que me desarmó por completo.
No pude evitar reír.
Me incliné hacia ella, rozando su frente con la mía.
—Y yo te amo más, fantasma irritante.
Nos quedamos así, abrazados bajo el árbol inclinado, mientras la luna nos observaba desde lo alto.
No éramos los mismos.
Pero aún éramos nosotros.
Y eso, por ahora, era suficiente.
Me aferré a ella un poco más, inhalando el aroma familiar de su cabello y sintiendo el ritmo tranquilo de su respiración.
Por primera vez, no había un tirón de magia, ni la urgencia del instinto.
Este calor, esta calma… era diferente.
No era un destino impuesto por una runa, ni una resonancia de una tragedia antigua.
Era una elección, tan simple y poderosa como el latido de su corazón contra mi pecho.
Besé la coronilla de su cabeza, un gesto que se sintió más real que cualquier transformación.
El camino por delante era incierto, pero ya no importaba.
Lo construiríamos juntos, paso a paso, a partir de ese momento.
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