El aullido y el lamento - Capítulo 47
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47: Una nueva aventura 47: Una nueva aventura Después de aquel intimo encuentro, nos alcanzó la noche, acompañe a Samara de vuelta a su habitación, no había motivos para apresurar las cosas.
La puerta se cerró con un suave clic detrás de ella.
Me quedé unos segundos en el corredor, como si el aire aún conservara el calor de su presencia.
Desde el interior, su voz se elevó con una energía que no escuchaba desde hacía tiempo.
—¡Diana, tengo algo que contarte!
Sonreí.
No por la frase, sino por lo que significaba.
Samara estaba volviendo a ser ella.
Y yo sabía que nada debía interrumpir una noche de chicas.
Me giré y caminé hacia mi habitación, dejando que la sonrisa se quedara conmigo un poco más.
La mañana siguiente transcurrió con una calma que parecía casi mágica.
El comedor estaba lleno, pero el ruido no me molestaba.
Samara llegó poco después, con el cabello suelto y una expresión serena.
Nos sentamos juntos, y cada vez que nuestras manos se rozaban, los dedos se entrelazaban como si no supieran estar separados.
No hablamos mucho.
No hacía falta.
El silencio entre nosotros ya no era una barrera, sino un puente.
Después del desayuno, nos dirigimos a la tutoría con el Profesor Caelum.
Sería la última por un tiempo.
Se acercaba el periodo vacacional, el Día del Silencio de los Dragones y solsticio de invierno.
Era una de las pausas más solemnes del calendario académico.
Los más viejos, como el Profesor Ványar, solían decir que, sin la magia ancestral de los dragones, el mundo se había enfriado.
Antes de su partida, con su poder recorriendo la tierra, el mundo parecía vivir en una eterna primavera.
Ahora, el solsticio solo marcaba el inicio del crudo invierno en Elyndor.
Cuando llegamos a la Sala de los Ecos, el Profesor Caelum ya nos esperaba.
Su túnica de niebla parecía hoy más pálida, casi gris, como si reflejara la melancolía de la festividad que se acercaba.
—El silencio de los dragones nos recuerda que incluso la magia más poderosa puede desvanecerse —dijo su voz, resonando no en las paredes, sino en el espacio que había entre nosotros—.
Pero el silencio también es una forma de memoria.
Hoy, no hablaremos de lo que perdieron, sino de lo que aún permanece.
Samara y yo nos sentamos en el círculo de piedra, la distancia entre nosotros era menor que en días anteriores.
Ya no era un abismo, solo un espacio para respirar.
—Víktor —comenzó Caelum, sus ojos blancos fijos en mí—.
El licántropo era instinto.
Fuerza.
Furia.
Pero tú, el hombre, ¿qué eres?
La pregunta me golpeó de una forma nueva.
Ya no sentía el vacío de la pérdida, sino el peso de la pregunta.
—Soy… terco —respondí, sorprendiéndome a mí mismo—.
Y soy leal.
Y a veces, soy un idiota que cree que puede arreglarlo todo solo.
Caelum asintió lentamente.
—La terquedad es una forma de fuerza.
Y la lealtad, una forma de magia.
No las subestimes.
Luego, se giró hacia Samara.
—Y tú, Samara.
La banshee era presagio.
Lamento.
Distancia.
Pero tú, la mujer, ¿qué eres?
Ella me miró por un instante, y en sus ojos vi un destello de la vieja chispa, la que desafiaba al mundo.
—Soy sarcástica —dijo, con una media sonrisa—.
Y soy observadora.
Y a pesar de todo… soy fuerte.
Más de lo que creía.
—El sarcasmo es un escudo —respondió Caelum, su voz era casi un susurro—.
Y la fuerza que nace del dolor es la más difícil de quebrar.
Lo que ambos describen… eso no lo otorga un linaje.
Eso se construye.
Eso es lo que son ahora.
Nos quedamos en silencio, dejando que sus palabras se asentaran.
Por primera vez, no sentía que me faltara una parte de mí.
Sentía que estaba descubriendo una nueva.
—Las vacaciones serán un tiempo de quietud —dijo Caelum finalmente—.
Úsenlo para escuchar su propio silencio.
No el de los dragones.
El suyo.
Descubran qué memorias guarda.
Hizo una pausa, y su túnica de niebla brilló con una luz tenue, casi imperceptible.
—Deben recordar algo más.
Si bien su magia ha despertado, sigue oculta, latente.
Desde que se reanudaron las clases después del ritual, han asistido únicamente a lecciones teóricas.
Ha sido por su seguridad.
Pero cuando regresen de estas dos semanas de vacaciones, volverán a la práctica.
Ya sea con runas, varitas, se enfrentarán de nuevo a la magia de forma directa.
Espero que la magia invite a la magia.
La frase “la magia invite a la magia” dio vueltas en la mente de Samara por un momento, encendiendo una idea.
Conectó las palabras del profesor con el pergamino que aún guardaban.
—Profesor —dijo ella, su voz cobrando una nueva fuerza—.
La magia invita a la magia…
Tengo un mapa.
Uno que nos entregó la Dama del Velo Gris, señala puntos de poder, lugares donde la magia se acumula.
Hay uno en el mismo Whitepine, otro en un cementerio cercano al pueblo, y un par más en el Bosque Antiguo y el Lago del Velo Gris.
Eso sin contar el punto que había en el Bosque Oscuro, donde se llevó a cabo el ritual.
Caelum la observó, sus ojos blancos parecían ver más allá del mapa, hacia las corrientes de poder que describía.
—Es cierto que estar en uno de esos puntos de poder les arrancó su magia —respondió, su voz era una mezcla de advertencia y curiosidad—.
Pero, aun así, no me parece una mala idea.
Usen este periodo vacacional visitando dichos puntos.
Vayan, sientan, escuchen.
Vean si algo, o algún lugar, resuena con ustedes ahora que la herida ha comenzado a sanar.
Con esa última recomendación, que sonaba tanto a consejo como a misión, Caelum inclinó la cabeza.
—La clase ha terminado.
Y con eso, la tutoría concluyó.
Salimos de la Sala de los Ecos sin prisa, caminando uno al lado del otro.
El aire frío del invierno que se acercaba nos recibió al salir, pero por primera vez, no se sentía como una amenaza.
Se sentía como un comienzo.
Y ahora, teníamos un mapa para navegarlo.
Salimos de la Sala de los Ecos sin prisa, caminando uno al lado del otro.
El aire frío del invierno que se acercaba nos recibió al salir, pero por primera vez, no se sentía como una amenaza.
Se sentía como un comienzo.
Y ahora, teníamos un mapa para navegarlo.
Justo cuando íbamos a girar en el pasillo, una lagartija que corría frenética por las paredes se detuvo justo frente a nosotros.
Con una leve y casi imperceptible descarga mágica, el pequeño animalito se estiró y cambió de forma hasta convertirse en Diana, quien aterrizó con un saltito, sus ojos brillando de emoción.
—¿Entonces iremos a Whitepine y a todos esos lugares mágicos?
—dijo entusiasmada, juntando las manos—.
¿Cementerios, lagos encantados?
¡Suena como la mejor excursión de la historia!
La miré con el ceño fruncido, aunque ya no me sorprendía.
—Te colaste en la tutoría de Caelum otra vez, ¿verdad?
Ella asintió vigorosamente, sin una pizca de vergüenza.
—¡Claro!
Pero lo más extraño es que creo que el profesor lo sabía.
Hizo contacto visual conmigo un par de veces, en mi forma de lagartija, pero no me pidió que me marchara.
Es un poco aterrador, ¿no creen?
Esos ojos blancos que parecen verlo todo… Antes de que pudiera seguir con sus divagaciones, Samara la interrumpió.
Se acercó y le puso una mano en el hombro, con una sonrisa genuina que no le había visto en mucho tiempo.
—Sí, Diana —dijo, su voz clara y firme—.
No podríamos hacer esto sin ti.
Los tres iremos a una nueva aventura.
Yo simplemente asentí.
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