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El aullido y el lamento - Capítulo 48

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48: Antes de partir 48: Antes de partir El plan de viaje era simple en teoría y caótico en la práctica.

Mientras Diana intentaba meter a la fuerza una cantidad absurda de provisiones en su mochila y Samara empacaba con una calma metódica, yo terminaba de asegurar mi propio equipaje.

Estábamos a punto de reunirnos para partir cuando el Profesor Thörne me interceptó desde el pasillo fuera de mi habitación.

—Von Wolf, un momento —dijo, su voz tan seca como siempre—.

Acompáñeme al laboratorio.

Lo seguí en silencio, preguntándome qué nueva reprimenda me esperaba.

El laboratorio estaba en calma, el aire olía a hierbas secas y a la quietud que sigue a una gran actividad.

Thörne se apoyó en una de las pesadas mesas de trabajo, cruzando los brazos.

—Sé que he sido…

exigente con usted desde que llegó a esta universidad —comenzó, sin mirarme directamente, enfocándose en un caldero cercano—.

Pero es porque desde el primer día vi un gran potencial en usted.

Una intensidad que, bien dirigida, podría lograr cosas extraordinarias.

Hizo una pausa, y por primera vez, su tono carecía de su habitual filo.

—Me disculpo si alguna vez mi severidad se confundió con algo más.

No pude evitar una media sonrisa irónica.

—Francamente, profesor, la mayor parte del tiempo pensaba que quería disecarme.

Thörne soltó una risa áspera y genuina, el sonido retumbó extrañamente en el silencioso laboratorio.

—No sea ridículo.

Usted no se vería bien en una sala de trofeos.

Es demasiado dramático.

Su rostro se tornó serio de nuevo.

Me miró directamente, y sus ojos grises, usualmente críticos, ahora mostraban algo diferente.

—Sé por lo que ha pasado, Víktor.

Lo que perdió —dijo, su voz bajando—.

Y verlo ahora, de pie frente a mí, planeando un nuevo viaje no para huir, sino para recuperar lo que es suyo…

eso solo hace que mi respeto y admiración por usted sean aún mayores.

Se acercó a un estante y tomó dos viales pequeños, llenos de un líquido rojizo que brillaba suavemente.

Me los tendió.

—Pociones de sanación.

Las mejores que he preparado.

Espero que no las necesite, pero es mejor estar preparado.

Tenga un buen viaje, Víktor.

Acepté las pociones, genuinamente conmovido.

—Gracias profesor, un remedio para cada mal.

Asentí y me di la vuelta para salir.

Justo cuando llegué a la puerta, su voz irónica regresó, como un viejo amigo.

—Ah, y una cosa más, Von Wolf.

Si en su viaje se encuentra con algo de polvo de luna y alguna raíz de lamento, le agradecería que las recolecte.

Para reponer lo que robó, ya sabe.

Negué con la cabeza, una sonrisa tirando de mis labios.

Algunas cosas nunca cambiaban.

Y, por alguna razón, eso era reconfortante.

Salí del laboratorio sintiéndome un poco más ligero, listo para lo que viniera.

Me reuní con Samara y Diana, y tras una breve y solemne despedida del Profesor Ványar, emprendimos el viaje.

El ambiente en el coche era diferente esta vez.

Diana, sentada en el asiento trasero, seguía siendo un centro de energía, pero esta era más suave, más considerada.

Llenaba el silencio con observaciones curiosas.

—Miren ese árbol —dijo, señalando un viejo roble en una colina.

—Parece que está contando una historia muy larga, ¿no creen?

Me pregunto cuántos inviernos como este ha visto.

Samara, a mi lado, sonrió levemente —Probablemente más de los que podemos contar.

—Exacto —continuó Diana— Y seguro que no se queja tanto como Víktor cuando no desayuna.

La miré por el espejo retrovisor, arqueando una ceja.

Ella me guiñó un ojo.

Su parloteo ya no era un sin sentido despistado, sino una forma de tejer una manta de normalidad sobre nosotros, un esfuerzo consciente por mantener a flote los espíritus.

Y funcionaba.

Llegamos al cementerio al caer la tarde.

Era un lugar antiguo y ceremonioso, donde las lápidas se inclinaban unas hacia otras como si compartieran secretos.

El aire era quieto, cargado con el peso de innumerables historias terminadas.

Diana se quedó en silencio al bajar del coche, observando el lugar con una veneración inesperada.

Yo no sentía nada más que el frío de la piedra.

Pero Samara…

ella se detuvo en la entrada, con la mirada perdida entre las tumbas.

—¿Sientes algo?

—le pregunté en voz baja.

—No como antes —susurra—.

No es el lamento.

Es…

un zumbido, pero está…

incompleto.

Como una canción a la que le falta la última nota.

Siento paz, pero también una pregunta sin respuesta, un anhelo.

Comenzó a caminar entre las lápidas, con los dedos apenas rozando la superficie erosionada de algunas.

Yo la seguía a una distancia prudente.

Se detuvo frente a una tumba sin nombre, cubierta de musgo, solo marcada con la fecha “1884”.

Un enorme roble cercano proyectaba su sombra sobre la tumba, parecía salido de una película de terror.

Samara cerró los ojos y posó la palma de su mano sobre la superficie helada.

Su cuerpo se tensó de inmediato.

Vi cómo su respiración se contenía, su ceño fruncido en una profunda concentración.

Estaba viendo algo, o sintiéndolo, y no era una experiencia sencilla.

—Samara…

—di un paso hacia ella, alarmado.

Abrió los ojos de golpe, jadeando.

—Paz…— murmuró, con la voz quebrada.

—La veo…

o la siento —murmuró, su voz un hilo tenso—.

Murió en paz, rodeada de amor…

pero hay algo más.

Una pequeña espina de tristeza.

Algo se perdió justo al final.

No puedo…

no puedo verlo con claridad.

—Apartó la mano de la piedra, frustrada—.

Es…

es como si el anhelo no estuviera bajo tierra con ella.

Está cerca, pero fuera de lugar…

Apartó la mano con una exhalación de frustración y se tambaleó un poco, abrumada.

La sujeté del brazo, firme, anclándola al presente.

—Tranquila, estoy aquí —dije.

Mi presencia era un contrapeso físico a su experiencia etérea, y sentí cómo se apoyaba en mí por un instante.

Mientras Samara recuperaba el aliento, mi mirada escaneó el entorno.

Mi instinto, si bien fue despojado de la magia del licántropo, aún seguía siendo el de un cazador.

Y un cazador nota lo que no encaja.

Descarté cualquier amenaza y me centré en las anomalías del paisaje.

Mi atención se fijó en el viejo roble que se cernía sobre la tumba, sus ramas nudosas extendiéndose como brazos protectores.

—Miren ese árbol —dije, mi voz un murmullo concentrado.

Diana y Samara siguieron mi mirada.

—¿Qué tiene?

—preguntó Diana.

—Sus ramas —expliqué—.

La mayoría crece buscando el sol.

Pero esa de ahí —señalé una rama gruesa y retorcida justo sobre la lápida—, se curva hacia abajo, como si estuviera protegiendo algo.

Y la corteza…

está más gruesa en ese punto, como si el árbol hubiera crecido alrededor de un objeto extraño durante mucho, mucho tiempo.

Diana me miró, luego a la rama, y sus ojos se iluminaron.

—”Cerca, pero fuera de lugar” —repitió las palabras de Samara—.

¡Víktor, eres un genio!

¡Voy a ver!

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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