Leer Novelas
  • Completadas
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completadas
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

El aullido y el lamento - Capítulo 49

  1. Inicio
  2. Todas las novelas
  3. El aullido y el lamento
  4. Capítulo 49 - 49 Ecos de paz
Anterior
Siguiente
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo

49: Ecos de paz 49: Ecos de paz Sin esperar respuesta, Diana dio un paso atrás.

Su cuerpo se onduló en una transformación rápida y silenciosa.

En un parpadeo, donde antes estaba ella, ahora había una ardilla de pelaje rojizo, con ojos negros y brillantes llenos de determinación.

Con una agilidad asombrosa, trepó por el tronco del roble, sus pequeñas garras encontrando agarre en la corteza antigua.

La vimos moverse por la rama que había señalado, olfateando y escarbando en la madera engrosada.

Después de unos segundos de trabajo frenético, la vimos empujar algo con sus pequeñas patas.

Un objeto pequeño y oscuro cayó, aterrizando con un golpe sordo sobre el musgo al pie de la tumba.

Diana descendió tan rápido como había subido y, al tocar el suelo, volvió a su forma humana.

Se arrodilló y recogió el objeto: un relicario de plata, ennegrecido y abollado por más de un siglo de presión de la corteza.

—Estaba encajado en la madera —dijo, sin aliento.

Samara tomó el relicario con manos temblorosas.

En el instante en que sus dedos lo tocaron, sus ojos se abrieron de par en par.

La visión, ahora, fue completa y abrumadora.

Las lágrimas comenzaron a rodar por sus mejillas.

—Se llamaba Vivian —susurró, con la voz quebrada por la emoción—.

Murió en paz, sí.

Pero momentos antes, el relicario que su esposo le regaló se cayó y rodó fuera de su alcance, perdiéndose en la hierba.

Su último pensamiento no fue de miedo, fue de pena por haber perdido ese símbolo de su amor.

Ese era el anhelo.

La nota que faltaba.

Abrió el relicario con cuidado.

Dentro, a pesar de los años, aún se veían dos iniciales grabadas: “V & T”.

Samara se giró hacia la tumba y, con una reverencia, colocó el relicario abierto sobre la fría piedra.

En ese momento, una oleada de energía cálida y serena emanó de la tumba.

El aire pesado se aligeró, y por primera vez desde que llegamos, escuché el canto lejano de un pájaro.

El nudo se había deshecho.

El eco ya no era una pregunta, sino una historia completa.

Samara se derrumbó en un sollozo silencioso, abrumada por la liberación de tanta emoción contenida.

Me arrodillé a su lado y la abracé, dejando que llorara contra mi pecho.

Fue entonces cuando Diana se acercó deprisa, con el rostro lleno de una pánico genuino.

Rebuscó frenéticamente en su caótica mochila y sacó una galleta de avena con chispas de colores, perfectamente intacta.

—Toma —dijo, ofreciéndosela a Samara con una seriedad absoluta.

—Esto siempre me hace sentir mejor.

La avena es buena para el alma, ¿sabes?

Y las chispas de colores distraen de los pensamientos tristes.

La oferta era tan tierna, tan práctica y tan absolutamente Diana que rompió la solemnidad de golpe.

Samara soltó una risa ahogada entre sollozos, separándose de mí para aceptar la galleta.

—Gracias, Diana —dijo, con la voz aún temblorosa, pero con una gratitud sincera en los ojos.

Por un instante me sorprendí a mí mismo mirando a Diana con una ternura y gratitud incomprensibles, como en la azotea, cuando tan decididamente voló al encuentro de Samara —No era el lamento de siempre, Víktor —dijo Samara, su voz recuperando la fuerza.

—Era un susurro.

La prueba…

la primera prueba de que algo sigue ahí.

Y no es oscuro.

Es…

hermoso, es como si el lamento me mostrara otra parte, algo que no conocía.

La sonrisa de Samara, provocada por la galleta, se mantuvo mientras nos alejábamos del cementerio.

Era pequeña, pero firme.

Mientras Samara y yo caminábamos rumbo al auto, Diana se alejó un poco y se internó en el cementerio, se detuvo frente a una lápida, parecía estar hablando con ella, puso su mano sobre la piedra e inmediatamente después corrió dando saltitos hacia nosotros.

— Lo siento— dijo sonriente.

— No podía irme sin saludar a la abuela ¿en que estábamos?

Sorprendido pero respetuoso de su momento, la miré por un momento y le di un abrazo que no supo cómo responder, seguro la tome por sorpresa.

Inmediatamente como intentando evitar cualquier reacción, saqué el pergamino para orientarnos hacia el siguiente punto, extendiéndolo sobre el capó del coche.

—Bueno, el siguiente punto está en el centro de Whitepine —dije, pero me detuve.

Algo había cambiado.

Samara se inclinó para ver.

—¿Qué pasa?

El pequeño glifo que había estado marcado sobre el área del cementerio parpadeaba con una luz tenue, casi translúcida.

habíamos abierto el pergamino justo a tiempo para ver cómo se desvanecía por completo, dejando solo el cuero vacío del pergamino.

—Se ha ido —susurró Samara, con asombro…y el punto brillante sobre la marca de la cosecha oscura tampoco esta.

Es como si estos puntos de convergencia mágica fueran…

nudos, esperando que alguien los deshiciera.

Por primera vez, pusimos verdadera atención al mapa.

Era verdad, el punto del ritual en el Bosque Oscuro, el origen de todo ya no estaba.

Y ahora, el del cementerio se había desvanecido ante nuestros ojos.

Diana se asomó entre nosotros.

—Entonces, ¿somos una especie de equipo desata-nudos mágico?

¡Me encanta!

—Parece que sí— respondí, doblando el mapa con cuidado.

Nuestra primera misión como equipo había sido un éxito.

No habíamos luchado contra un monstruo, habíamos sanado una herida.

Y lo habíamos hecho juntos.

—Debemos aprovechar la poca luz del día que nos queda para acercarnos al siguiente punto: Whitepine.

La teoría sobre el mapa nos había dado un propósito renovado.

No solo estábamos buscando ecos, estábamos sanando activamente los flujos de magia en estos lugares, liberando la energía estancada.

Quizá por eso el profesor Caelum creyó que sería una buena idea visitar estos puntos.

Después de otro breve recorrido en el auto, llegamos al hotel “El Refugio del Druida” cuando la última luz del día teñía el cielo de naranja y púrpura.

Esta vez, fui yo quien se encargó del registro.

—Dos habitaciones, por favor —le dije al recepcionista, un hombre mayor que nos miró por encima de sus gafas.

Me entregó las llaves sin hacer preguntas.

Le di una a Samara.

—Una para ustedes, una para mí.

Ella me miró, y en sus ojos vi una mezcla de sorpresa y gratitud.

Entendió el gesto.

No había prisa.

No había presiones.

Solo el espacio necesario para que ambos pudiéramos respirar, me dio un tierno beso en los labios y cada uno se encaminó a su habitación.

Una vez ahí, la soledad se sintió diferente.

No era vacía, sino tranquila.

Pedí un café y me senté junto a la ventana, observando cómo las luces del pueblo comenzaban a encenderse.

El día había sido un torbellino de emociones, desde la tensión con Thörne hasta el cálido eco de vida en el cementerio.

Habíamos dado un paso, uno real.

Y sentí que el camino que teníamos por delante, aunque incierto, era el correcto.

Mientras yo me perdía en mis pensamientos antes de dormir, en la habitación de al lado se desarrollaba una escena muy diferente.

Samara y Diana, ya en pijama, habían pedido servicio a la habitación.

Sobre la cama había una fortaleza de postres: un trozo de pastel de chocolate, un plato de galletas, dos malteadas y un tazón de helado.

—Mi teoría es que el azúcar ayuda a procesar los ecos mágicos —declaró Diana con la boca llena de pastel— Es ciencia.

O debería serlo.

Samara reía, una risa genuina y liberada.

—Si es así, creo que estamos a punto de procesar un siglo entero de ecos.

Se quedaron despiertas hasta tarde, platicando entre bocados de dulce.

Hablaron de todo y de nada: de las clases que se habían perdido, de lo ridículo que se veía un gnomo intentando montar una ardilla, de lo mucho que extrañaban la normalidad y de lo extraño que era empezar a encontrarla en medio de una aventura como esta.

Esta vez, Samara no solo escuchaba.

Compartía, bromeaba, se permitía ser solo una chica pasando el rato con su amiga.

El cansancio finalmente las venció, y se quedaron dormidas con las luces encendidas, rodeadas de platos vacíos y la promesa de que, al día siguiente, buscarían juntas el eco del pueblo.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo