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El aullido y el lamento - Capítulo 50

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50: La tienda de recuerdos 50: La tienda de recuerdos A la mañana siguiente, me levanté sintiéndome más descansado de lo que había estado en semanas.

Con una calma expectante.

Me metí al baño y abrí la llave del agua caliente, dejando que el vapor llenara el pequeño espacio.

Después, abrí la fría para templar el chorro y entré, dejando que el agua cayera de lleno sobre mi rostro.

Cerré los ojos, pensando en el eco del cementerio, en el mapa, en que el futuro no se sentía como una amenaza, sino como una página en blanco.

Un suave sonido fuera del baño me sacó de mis reflexiones.

El clic de la puerta de mi habitación al cerrarse.

Antes de que pudiera procesarlo, la puerta del baño se abrió lentamente.

Instantes después, Samara entró.

Se detuvo un momento, su silueta en la cortina de la regadera enmarcada por la luz del cuarto era cautivadora.

No dijo nada.

Simplemente se quitó la ropa con una naturalidad tranquila, dejando que cada prenda cayera al suelo sin prisa, y entró en la regadera conmigo.

Me quedé inmóvil, sorprendido, el agua corriendo entre nosotros.

La observé detenidamente: las gotas que se deslizaban por sus hombros, el brillo de su piel pálida bajo el agua, la curva de sus caderas.

Extrañaba su desnudez, pensé para mis adentros, un anhelo que era más tierno que carnal.

Era la familiaridad, la intimidad que creí haber perdido y ansiaba recuperar.

Samara me miró con una ternura que me llegó hasta los huesos.

Luego, con una pequeña sonrisa, se dio la vuelta.

—¿Vas a enjabonar mi espalda o te vas a quedar mirando mi trasero?

—dijo, su voz era una mezcla perfecta de picardía y afecto.

Una sonrisa se dibujó en mi rostro.

Tomé la barra de jabón.

—¿Por qué no ambas?

—respondí.

Samara soltó una risa cristalina, el sonido rebotó en los azulejos del baño.

—Date prisa —dijo, inclinando la cabeza hacia mí—.

Diana está en la cafetería del hotel pidiendo el desayuno, y conociéndola, si no llegamos pronto no dejará ni las migajas.

Con un cuidado que no sabía que poseía, comencé a enjabonar su espalda, mis manos trazando círculos lentos sobre su piel.

No había urgencia, ni fuego, solo ternura, una intimidad nueva para nosotros, simple y profunda calidez.

Procedimos a terminar de ducharnos y, envueltos en toallas, salimos para vestirnos, listos para alcanzar a Diana.

Cuando llegamos a la cafetería, la encontramos sentada en una mesa junto a la ventana, rodeada por una fortaleza de platos.

Había ordenado panqueques, fruta, tocino, huevos y un tazón de avena que parecía lo suficientemente grande para bañar a un gremlin.

—¡Por fin llegan!

—dijo, con la boca llena de arándanos.

—Estaba a punto de empezar a comerme la servilleta.

Pedí un poco de todo, no sabía qué les apetecía.

Samara sonrió y se sentó, sirviéndose una taza de café.

—Siempre tan considerada, Diana.

Desayunamos con calma, la conversación fluyendo fácilmente entre los tres.

La tensión de los últimos días se había disipado, reemplazada por una camaradería cómoda y un propósito compartido.

Hablamos sobre el mapa y lo que Samara había sentido en el cementerio.

—Era como escuchar una nota final perfectamente afinada —explicó ella— No había dolor, solo…

resolución.

—Bueno, esperemos que el eco del pueblo sea un poco más alegre— dijo Diana —Quizás el eco de un festival o el primer beso de alguien.

¡Eso sería tierno!

—Adoro ese optimismo.

—Ambas me miraron extrañadas como si hubiera hablado en otro idioma, yo ni siquiera note sus miradas, estaba muy ocupado devorando un panqué.

Terminamos de comer y, tras pagar, salimos a las calles de Whitepine.

El pueblo estaba despierto, los lugareños nos saludaban con amables inclinaciones de cabeza y el aire fresco de la montaña olía a pino y a pan recién horneado.

Se sentía increíblemente normal.

Seguimos la calle principal hasta llegar a la tienda “Tesoros del Bosque Antiguo”.

El letrero de madera se mecía suavemente con la brisa y un pequeño cartel de “Abierto” colgaba en la puerta.

Nos detuvimos frente al escaparate polvoriento.

—¿Listos para desatar otro nudo?

—pregunté, mirando a mis compañeras.

Diana asintió con entusiasmo.

Samara respiró hondo, cerró los ojos por un instante y luego los abrió, su mirada clara y decidida.

—Lista —dijo.

Empujé la puerta y una pequeña campana resonó en el interior, anunciando nuestra llegada.

Aun sin el licántropo en mí, era fácil detectar que el aire olía a incienso viejo y madera.

Detrás del mostrador, la Dama del Velo Gris alzó la vista de un viejo pergamino que estaba examinando.

Sus ojos, como cenizas, nos reconocieron de inmediato, pero su mirada se posó en Samara con una intensidad que me heló la sangre.

Una profunda tristeza cruzó su rostro arrugado.

—Mi niña —dijo, su voz seguía siendo como el susurro de hojas secas— Estás…

incompleta.

Sin decir más, se movió con una agilidad que desmentía su edad.

Se dirigió a la puerta y la abrió solo lo suficiente para voltear el letrero de “Abierto” a “Cerrado”, sumiendo la tienda en una penumbra más íntima.

A Diana se le erizó el vello de los brazos; la naturalidad con la que la anciana nos aislaba del mundo exterior le daba escalofríos.

—Esperen un momento —murmuró la Dama, y caminó hacia la parte de atrás de la tienda.

Nos hizo un gesto para que la siguiéramos.

Nos condujo a un pequeño despacho oculto tras una cortina de cuentas.

El lugar estaba abarrotado de libros encuadernados en cuero, extraños artefactos de hueso y cristal, y hierbas secas que colgaban del techo.

Nos invitó a sentarnos en unos viejos sillones de terciopelo gastado y puso a calentar una tetera sobre un pequeño hornillo.

—Tomen un té de hierbas —dijo mientras el agua comenzaba a silbar—.

Y ahora, por favor, cuéntame qué ha pasado.

Con la taza caliente entre sus manos, Samara le relató todo: el caos en la universidad, la verdad sobre la Runa de la Quietud, el sacrificio en el bosque, la muerte de la madre y la pérdida que había venido después.

La Dama la escuchó en silencio, su mirada nunca se apartó de la de Samara, asintiendo de vez en cuando, como si cada palabra confirmara una vieja y dolorosa verdad.

Cuando Samara terminó, la anciana suspiró, un sonido cargado de siglos de pesar.

—Mi niña, qué gran pérdida has tenido que afrontar.

Y tú magia…

—Se interrumpió, con los ojos llenos de una empatía que solo otra banshee podría ofrecer.

—Quiero ayudarte a recuperarla.

Pero como te dije, yo no entendí del todo ese mapa.

Es magia antigua, más vieja que yo.

No sé cuál pueda ser el nudo que buscas en este lugar.

Siéntanse libres de explorar la tienda por completo.

Mientras ustedes hacen eso, pondré un par de veladoras, por la madre y por el eco que te pertenecía y ahora le hace compañía en el más allá.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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