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El aullido y el lamento - Capítulo 51

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  4. Capítulo 51 - 51 El eco del pueblo
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51: El eco del pueblo 51: El eco del pueblo Agradecidos, los tres nos levantamos y comenzamos a recorrer los abarrotados pasillos.

Durante un buen rato, nos dedicamos a buscar.

Toqué la fría superficie de estatuillas de piedra, pasé los dedos por los lomos de libros que se deshacían al tacto, levanté cajas de música silenciosas.

Samara, a mi lado, hizo lo mismo, cerrando los ojos al tocar las paredes, intentando sentir una vibración, un eco, algo que resonara con ella.

Pero no hubo nada.

La tienda, a pesar de estar llena de historia, permanecía en silencio.

La frustración comenzó a asentarse en mis hombros, y vi la misma decepción reflejada en el rostro de Samara.

Por su parte Diana sostenía un antiguo peine de madera.

Le pedía que le revelara sus secretos para deshacer el nudo.

Samara se acercó a la Dama del Velo Gris, la decepción marcaba sus facciones.

—No encontramos nada —dijo con tristeza.

—El mapa aún muestra el punto de energía aquí, en su tienda.

Pero por el momento, haremos una pausa.

Salir a tomar un poco de aire fresco y pensar en una nueva estrategia.

La anciana asintió con una compasión silenciosa.

Samara se acercó y, en un impulso de gratitud, la abrazó.

En el instante en que sus cuerpos se tocaron, el zumbido regresó, resonando en el interior de Samara con la fuerza de un gong.

El despacho de la tienda se desvaneció, y fue arrastrada a otra visión.

Vio a la Dama del Velo Gris, no como una anciana, sino en su forma espectral, una figura de niebla pálida y poder sereno.

Flotaba junto a la cama de una anciana, luego en la habitación de un niño enfermo, después al lado de una mujer joven que había luchado valientemente con una enfermedad terminal.

Vio cómo la Dama usaba su lamento, no como un grito de terror, sino como una nana antigua, una melodía que tejía paz en el aire.

Vio cómo una variedad de mujeres, niños y ancianos recibían el anuncio de su muerte, pero había algo extraño, algo que Samara nunca había conocido: todos morían con serenidad, con una inmensa paz reflejada en sus rostros.

No había terror.

No había angustia.

Solo una aceptación tranquila.

La visión se rompió tan rápido como había llegado.

Samara parpadeó, aun sintiendo el eco de esa paz en su alma.

Miró a la anciana, con los ojos muy abiertos.

—La vi hermana…

—susurró Samara.

—Usando su magia.

Anunciando la muerte…

pero no había miedo.

Solo calma.

La Dama del Velo Gris le dedicó una sonrisa sabia y melancólica.

—Comienzo a creer que ese mapa le muestra a cada uno lo que necesita ver.

Por eso yo no vi nada en él.

Tomó las manos de Samara entre las suyas, su tacto era sorprendentemente cálido.

—Escucha, Samara.

Entiendo por qué piensas que las banshees somos una maldición, las mensajeras del Segador que castigan el mal con terror.

Pero eso no es toda la realidad.

Si bien nacemos de la tragedia, no estamos aquí solo para anunciarla.

Pocas lo sabemos, pero también podemos transmitir amor, bondad y paz.

Podemos darle el anuncio de una muerte digna y en paz a quien en vida se lo ha ganado.

Samara estaba incrédula.

Todo lo que sabía, todo lo que le habían enseñado otras hermanas…

estaba equivocado.

O, al menos, incompleto.

Su naturaleza no era solo una sentencia de dolor.

También podía ser un regalo de serenidad.

—Hay algo más hermana, dijo Samara, sentí una profunda tristeza, como un arrepentimiento, llevas contigo un gran dolor, desde hace mucho tiempo La Dama del Velo Gris suspiró, un sonido que pareció arrastrar el polvo de los siglos.

Sus ojos, usualmente serenos como cenizas frías, se velaron con el recuerdo de un dolor que no era suyo, pero que claramente había custodiado.

—Hace muchos siglos…— comenzó, su voz era como el susurro de hojas secas sobre piedra.

—Un joven de este pueblo fue acusado injustamente de usar magia prohibida y fue ejecutado.

Sentí cómo Samara se tensaba a mi lado.

La palabra “injustamente” pareció resonar en ella de una forma particular.

Diana, por su parte, escuchaba con una quietud que no le era natural, su energía contenida por la solemnidad del relato.

—Su amada murió de pena meses después— continuó la anciana.

—Intenté llevarle paz en su lecho de muerte, pero su dolor era un muro que no pude atravesar.

Por primera vez, vi una grieta en la compostura milenaria de la Dama.

No era solo la historia de una tragedia ajena; era la confesión de su propio fracaso, el de una banshee que no pudo cumplir con su propósito más profundo: dar consuelo.

—Su tristeza se ancló a un objeto que atesoraba, y ese objeto ha llorado desde entonces.

Con el tiempo, me acostumbré a su lamento, y lo guardé aquí en la tienda, al parecer tu amiga lo encontró— Dijo señalando a Diana.

—La chica usaba ese peine de madera cada noche mientras alaciaba su cabello, lloraba desconsolada por la profunda perdida que sufrió, creando así el muro de dolor impenetrable para mi lamento.

Yo me quede mirando a Diana, parecía que su ingenuidad y distracción eran en realidad un don, un intenso y agudo instinto que la lleva a estar siempre en el lugar y momento correctos.

‘esa chica no deja de sorprenderme’ pensé.

Samara se acercó lentamente, su curiosidad pudo más que la frustración.

Extendió la mano, no hacia Diana, sino hacia el objeto que ella sostenía.

—Déjame sentirlo —pidió en voz baja.

Diana asintió y le entregó el peine con cuidado.

En el instante en que los dedos de Samara rozaron la madera de cerezo, una onda de energía nos golpeó.

No fue sutil.

Fue una fuerza arrolladora, un torrente de memoria y dolor.

El despacho de la tienda se desvaneció, y el mundo se disolvió en un eco del pasado.

No fue como las visiones anteriores, donde Samara era la única receptora.

Esta vez, la emoción contenida en el peine era tan fuerte que nos arrastró a todos a su visión, incluida la Dama del Velo Gris.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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