El aullido y el lamento - Capítulo 52
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52: La visión 52: La visión Vi a un joven, no mucho mayor que yo, comprando el peine en esta misma tienda, su rostro iluminado por la ilusión.
Lo vi correr por las calles del pueblo hasta encontrar a su amada junto a la fuente de la plaza, y se lo entregó con un gesto tímido.
Sus dedos se rozaron, un contacto fugaz cargado de una promesa infinita.
Pero el mundo se desgarró.
Pocos minutos después, dos extraños de rostros severos se llevaron al joven.
Lo vimos ser arrastrado al sótano de una casa, donde lo mantuvieron aislado durante días.
La visión cambió, mostrándonos a la joven, desesperada, buscando a su amado por todo el pueblo.
Nadie le decía dónde estaba, solo que estaba acusado de un delito grave.
El tiempo en la visión se aceleró con una crueldad insoportable.
Vimos cómo se organizaba una ejecución pública en la plaza.
Vimos a la joven entre la multitud, su rostro un mapa de horror e incredulidad.
Vimos la imagen de su amado en el patíbulo, la cuerda áspera alrededor de su cuello…
una imagen que quedó grabada a fuego en nuestra propia memoria.
Por ser un “hereje” y un “brujo”, su cuerpo fue calcinado y arrojado a una fosa común.
Los amantes jamás se pudieron despedir.
La visión se rompió con la misma violencia con la que había comenzado.
Volvimos a la penumbra de la trastienda, jadeando, el olor a ceniza y a injusticia aún pegado a nuestra garganta.
Diana tenía lágrimas silenciosas rodando por sus mejillas.
Samara respiraba con dificultad.
La voz de la Dama rota por un dolor centenario llenó el silencio.
—El alma del joven llora esperando a su amada del otro lado.
Ella…
ella está estancada aquí, tras el muro de dolor.
—Es el anhelo— respondí sin pensar, las piezas encajando en mi mente con una claridad dolorosa.
—Cuando el joven le entregó el peine, sus dedos se tocaron.
Esa fue la última vez que sintieron su tacto.
Eso es lo que ella perdió.
—Ella añora ese contacto — dijo Diana, en un entendimiento absoluto de lo que habíamos visto.
—Pero la imagen que se le grabó en la mente a ella, su amado…colgando…
inalcanzable a su manos, eso creó el muro— Interrumpí al notar que la voz de Diana se ahogaba, sobrepasada por el sentimiento.
Habíamos sentido el dolor de la joven como si fuera nuestro.
—Ahora entiendo…
—murmuró Samara.
Apretó el peine entre sus manos.
Vi cómo cerraba los ojos, no para ver, sino para sentir.
Lo poco que se asomaba de su lamento oculto, comprendió el anhelo de la joven, su dolor, su tristeza y su miedo.
De su garganta no brotó un leve sonido melódico, un lamento tejido con pura compasión que solo el peine y el eco atrapado en él podían oír.
Le estaba haciendo saber que la esperaban del otro lado, que su amado aún extendía la mano, esperando reencontrarse con su tacto.
La energía del peine se liberó de golpe.
Una luz suave y cálida emanó de la madera de cerezo por un instante.
La sensación de tristeza opresiva que había llenado la tienda se disipó, reemplazada por una calma profunda, serena.
El alma de la joven, finalmente, había escuchado el mensaje.
Estaba en paz.
Había trascendido.
Instintivamente, saque el mapa.
El punto de poder sobre el pueblo parpadeaba, desvaneciéndose lentamente hasta desaparecer.
El nudo se había deshecho.
Samara miró a la Dama diciendo.
—Gracias, hermana.
Ahora que entiendo un poco más mi naturaleza…
estoy deseosa de recuperar la magia espectral y descubrirla por completo.
—La dama se quedó en silencio.
No había palabras.
La campana de la puerta tintineó suavemente cuando salimos de la tienda, de vuelta a la luz del día.
El aire fresco se sintió como un bálsamo después de la densa atmósfera del interior.
De inmediato, Diana se sacudió todo el cuerpo, como un perro quitándose el agua de encima.
—La Dama es una criatura noble y hermosa en todo sentido, pero me da escalofríos— dijo, abrazándose a sí misma.
Samara y yo nos miramos.
Una comprensión silenciosa pasó entre nosotros, una decisión que no necesitaba ser discutida.
Al unísono, dijimos: —Descanso.
Diana nos miró, confundida.
—Nos quedaremos a recorrer el pueblo, Diana— le expliqué.
—Nos ganamos un día tranquilo.
Mañana podemos ir a los siguientes puntos.
El lago y el bosque están lo suficientemente cerca como para visitarlos en un solo día.
La sonrisa que se extendió por el rostro de Diana fue radiante.
La idea de un día sin misterios, sin duelos y sin magia abrumadora era, al parecer, exactamente lo que todos necesitábamos.
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