El aullido y el lamento - Capítulo 53
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53: Un día normal 53: Un día normal Decidimos que nuestro día “tranquilo” comenzaría sin prisas.
con un almuerzo tardío en un pequeño café con mesas al aire libre.
El sol de la montaña era tibio, y por primera vez, me sentí como un simple estudiante de vacaciones, no como un ex licántropo con el peso de una maldición a cuestas.
Después de comer, comenzamos a pasear por la calle principal.
Whitepine era un pueblo encantador, lleno de tiendas con fachadas de madera y macetas repletas de flores de colores vivos.
El aire olía a tierra húmeda y pino.
Era un mundo familiar, pero visto desde una nueva perspectiva.
—¡Oh, tenemos que entrar aquí!
— exclamó Diana, arrastrándonos hacia una tienda de recuerdos llamada “El Castor Curioso”.
El lugar era un caos de objetos humanos que para Diana eran fascinantes por su sencillez.
La vimos maravillarse con una bola de nieve, sacudiéndola suavemente.
—Es increíble, ¿no?
— le dijo a Samara en voz baja.
— Para ellos, una pequeña tormenta atrapada en cristal es reconfortante.
Las tazas que cambian de color con el calor pueden sorprender a un niño y cautivarlo por horas…Si tan solo conocieran la verdadera magia.
Diana compró un par de sus “tesoros” humanos, porque le recordaban lo fácil que puede ser encontrar un motivo para ser feliz.
Mientras ella exploraba, Samara y yo nos quedamos en un rincón.
Mis ojos se posaron en un pequeño mostrador con joyería.
Había collares de oro y plata.
Sabía que la plata haría un juego perfecto con la piel clara de Samara, aproveché que Samara estaba distraída viendo un par de libros viejos y elegí comprar un delicado collar de oro con un dije en forma de una sola hoja de roble.
Más tarde, con Diana felizmente aferrada a su bolsa de “tesoros humanos”, encontramos un banco de madera en la pequeña plaza del pueblo.
Era un círculo de adoquines gastados con una fuente de piedra en el centro, de la que brotaba un chorro de agua con un murmullo constante y tranquilizador.
Compramos helados en una pequeña tienda familiar; Diana eligió uno de triple chocolate con chispas de colores y lo atacó con un entusiasmo digno de una batalla épica.
Nos sentamos en el banco a ver a los niños jugar.
Sus risas agudas se mezclaban con el chapoteo del agua mientras perseguían palomas que alzaban el vuelo con indiferencia.
El sol de la tarde caía en un ángulo bajo, tiñendo las fachadas de madera del pueblo de un color dorado y cálido.
El silencio entre nosotros era cómodo, una manta tejida con la normalidad del momento.
Mi atención se centró en la escena.
Observé la simplicidad de todo: el juego, las risas, el sol.
Antes, mis sentidos de licántropo habrían estado en alerta máxima, analizando cada sombra como una posible amenaza, cada sonido como una advertencia, cada olor como un rastro a seguir.
Era un zumbido constante bajo la piel, una tensión que nunca desaparecía del todo.
Ahora, no había nada de eso.
Solo la brisa, el sabor dulce del helado y el sonido de la vida humana.
—Es extraño —dije, después de un rato.
Mi voz sonó más baja de lo que esperaba, casi una reflexión para mí mismo.
—Estar…
tranquilo.
Sin sentir ese zumbido constante bajo la piel, sin el instinto diciéndome que vigile cada sombra.
Es increíblemente aburrido.
Samara me miró, ladeando la cabeza.
Dejó de comer su helado y una pequeña arruga de curiosidad se formó en su frente.
—¿Aburrido?
—Sí —respondí, y una sonrisa genuina, la primera en mucho tiempo que no nacía del sarcasmo, se abrió paso—.
Y es lo mejor que he sentido en años.
La sonrisa de Samara fue la respuesta.
No fue grande, pero fue cálida, llena de un entendimiento que no necesitaba palabras.
Sentí sus dedos rozar los míos sobre el banco, un contacto sutil que lo decía todo.
A nuestro lado, Diana, ajena a nuestra conversación, pero inmersa en la misma paz, suspiró contenta, con la cara manchada de chocolate.
Samara sonrió y se recostó en el banco, cerrando los ojos por un instante.
—Yo…
estoy notando los colores.
Antes, todo tenía un filtro, una capa de gris por los presagios que sentía.
Ahora…
veo el azul del cielo, el verde de las hojas.
No sabía que me estaba perdiendo tanto.
En ese momento, saqué el pequeño collar de oro de la bolsa —Espero que también te guste ver esto —dije.
Samara abrió los ojos, sorprendida.
Miró la pequeña hoja de roble y luego a mí, sus ojos brillando con una emoción que no necesitaba magia para ser poderosa.
—Víktor…
es precioso.
Se dio la vuelta y recogió su cabello para que pudiera ponérselo.
Mis dedos, torpes sin la agilidad de la bestia, rozaron su nuca.
Un escalofrío recorrió su espalda, me reí enternecido y terminé de ajustar el collar.
—Saben, para ser dos criaturas increíblemente complicadas, son bastante tiernos cuando se lo proponen, y esa hoja….
¡Qué poético!
— Dijo Diana sonriente.
Nos quedamos allí mientras el sol comenzaba a descender, tiñendo el cielo de tonos rosados y dorados.
Había sido un gran día, nos regalamos un momento de paz.
Cuando caminamos de regreso al hotel, el aire se había enfriado.
Samara se acercó y, sin decir una palabra, deslizó su mano en la mía.
Entrelazó sus dedos con los míos, un gesto sencillo que lo decía todo.
El día no había sido una pausa en nuestra aventura.
Había sido parte de ella.
La parte donde recordábamos no solo lo que habíamos perdido, sino todo lo que aún teníamos por ganar.
Al pasar frente a un viejo salón de madera, la música country sonaba desde el interior, derramándose en la calle junto con la luz dorada de las ventanas.
Sin pensarlo, decidimos asomarnos.
Dentro, varias parejas bailaban con una alegría despreocupada, mientras otras charlaban y bebían en las mesas.
Diana no dijo nada; con una sonrisa traviesa, entró corriendo y se perdió entre la gente que se movía en la pista de baile.
Samara me miró, sus ojos brillando con diversión.
—¿Bailas, Von Wolf?
—Como si tuviera dos pies izquierdos —respondí, con total honestidad.
—¿De verdad?
—dijo Samara, sorprendida, soltando una pequeña risa—.
Siempre imaginé que bailabas con la gracia de un depredador acechando.
—Puedo acecharte cuando gustes, pero no en una pista de baile.
Aun así, me tomó de la mano y me llevó hacia la pista.
Bailamos un par de piezas lentas.
Me movía con una rigidez tan extraña que solo en mi podría resultar natural.
Al menos en una ocasión, mi torpeza me llevó a pisarla, a lo que Samara respondió con una risa en lugar de una queja.
Al cabo de un par de tortuosos pero muy divertidos bailes, nos sentamos en una mesa con Diana, bebimos un par de cervezas y hablamos hasta que la banda dejó de tocar.
Pasada la medianoche, volvimos los tres juntos al hotel, el sonido de la música aún resonando en nuestros oídos, sintiéndonos más ligeros y mucho más unidos que nunca.
Al llegar al pasillo del hotel, el calor y la tranquilidad del lugar nos envolvieron.
Diana, con una energía renovada por la cerveza y la música, corrió delante de nosotros, deteniéndose en seco frente a la primera de nuestras dos habitaciones.
Se giró, nos señaló con una sonrisa de oreja a oreja y exclamó —¡Esta es mía!
Sin esperar respuesta, se metió en la habitación, su risa claramente desinhibida por el alcohol retumbó por el pasillo antes de que la puerta se cerrara.
Samara y yo sonreímos, negando con la cabeza ante su espectáculo.
Nos dirigimos en silencio a la otra habitación.
Dentro, la cama parecía una promesa de descanso.
El día había sido largo, lleno de emociones que iban desde la revelación hasta la simple y pura alegría.
Agotados, nos deslizamos entre las sábanas frías, aún vestidos, demasiado cansados para hacer otra cosa.
Casi al instante, con el murmullo de su respiración a mi lado, nos quedamos dormidos…
abrazados.
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