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El aullido y el lamento - Capítulo 54

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54: Eco de Roca 54: Eco de Roca La mañana siguiente parecía casi una copia de la anterior, una rutina bienvenida que se sentía extrañamente nuestra.

El olor a café y la promesa de un día de “no hacer nada” se habían convertido en un pequeño ritual.

Samara y yo nos duchamos juntos de nuevo, el agua caliente y el vapor creando una pequeña burbuja de intimidad antes de enfrentar el día.

El contacto de su piel contra la mía, ahora sin el filtro de la magia ancestral, se sentía dolorosamente real y reconfortante.

Cuando llegamos a la cafetería, Diana ya nos esperaba en “nuestra” mesa, esta vez con una selección de platos decididamente picantes.

—¡Para la resaca!

—anunció con orgullo, señalando unos huevos con salsa roja—.

La mejor cura, según los viejos mineros del pueblo.

O eso leí en un folleto.

Samara se rio.

—Buena idea, Diana, pero esta vez…

—…yo vine preparado— terminé, sacando las dos pociones de sanación que Thörne me había dado.

El líquido rojizo brillaba dentro de los viales.

Los ojos de Diana se abrieron como platos.

Compartimos ambos frascos entre los tres.

El efecto fue instantáneo: una calidez que recorrió nuestras venas, borrando el más mínimo rastro de cansancio o de la cerveza de la noche anterior.

La energía nos inundó, clara y renovada.

Con el vigor restaurado y el estómago lleno, nos dirigimos a las afueras del pueblo, hacia el Bosque Antiguo en busca del siguiente punto de poder.

El bosque nos recibió no con la oscuridad amenazante del que rodeaba la universidad, sino con una majestuosidad silenciosa.

Los árboles eran gigantes milenarios, cubiertos de un musgo espeso que parecía absorber el sonido.

La luz del sol se filtraba a través de las altas copas, creando pilares de luz dorada en la penumbra del sotobosque.

El aire era denso, olía a tierra húmeda y a tiempo.

A medida que nos adentrábamos, comencé a sentirlo.

Un zumbido bajo, profundo, que no venía de mis oídos, sino que resonaba directamente en mi pecho.

Ya no tenía el instinto furioso del licántropo, pero algo en mí respondía a este lugar.

Era la fuerza de las raíces aferrándose a la tierra, la paciencia de la madera creciendo hacia el cielo.

—Es aquí —dijo Samara, notando el cambio en mi expresión.

El mapa nos guio a un pequeño claro dominado por un roble tan inmenso que su copa parecía sostener el cielo.

Sus ramas se retorcían como brazos sabios y en su base, las raíces formaban un complejo nudo sobre la tierra.

Este era el corazón del eco.

Me acerqué lentamente al roble y, sin pensarlo, puse mi mano sobre la corteza rugosa.

Esperaba sentir la paz del cementerio o la tristeza del lago.

En lugar de eso, sentí un estruendo.

El suelo bajo mis pies vibró con fuerza, no como un terremoto, sino como el latido de un corazón enorme y lento.

Las raíces del roble, gruesas como mis muslos, comenzaron a moverse, retorciéndose como serpientes.

—¡Víktor, apártate!

—gritó Diana.

Era demasiado tarde.

Frente a nosotros, la tierra musgosa y las rocas que rodeaban la base del roble comenzaron a levantarse.

Se unieron, la tierra compactándose, las piedras formando uniones, el musgo tejiéndose como una armadura viviente.

En cuestión de segundos, una figura colosal se alzó frente a nosotros.

Era un Golem, pero no uno de herrería.

Este estaba vivo.

Era un guardián elemental, sus ojos dos puntos de ámbar opaco que nos miraban con una paciencia milenaria.

Diana ya estaba pensando en una transformación, sus manos apretándose fuerte cerrando los puños.

Samara abrazo su mochila, retrocedió un par de pasos asustada, pude ver en su rostro lo vulnerable que se sentía.

—¡Esperen!

—ordené.

Mi voz salió firme, para mi propia sorpresa—.

No ataquen.

No sentía hostilidad.

Era algo diferente.

No era furia, era…

una prueba.

El Golem levantó un brazo de piedra, un gesto lento y pesado, e golpeó el suelo.

La onda de choque nos hizo retroceder, pero no nos atacó directamente.

Nos estaba evaluando.

—¡Tenemos que pararlo!

—gritó Diana.

—¡No!

—respondí—.

No podemos.

No así.

Diana cargó de todos modos, en su forma de oso.

Golpeó al Golem en el pecho.

El sonido fue sordo, como golpear una montaña.

El Golem ni se inmutó.

Lentamente, movió su otro brazo y apartó a Diana como si fuera una mosca.

Ella rodó por el suelo, volviendo a su forma base, adolorida.

—¡Samara, tu lamento!

—le indiqué.

Samara asintió.

Cerró los ojos y dejó escapar el lamento recién descubierto, un sonido de calma y armonía.

El Golem inclinó la cabeza, como si escuchara un ruido, pero la magia no tuvo ningún efecto.

No tenía ira, odio ni miedos, ninguna emoción que apaciguar, aunque nos atacaba, su esencia estaba en paz.

Estaba protegido.

Me sentí inútil.

El licántropo se habría lanzado contra él, habría desgarrado esa corteza.

Pero yo ya no era eso.

¿Qué era yo?

Solo un hombre con los músculos adoloridos.

Cerré los ojos, ignorando al gigante de piedra que nos observaba.

Hice lo que había hecho en el cementerio: escuché.

Pero esta vez, me concentré solo en la roca, en la tierra, en la fuerza que había sentido momentos antes.

El zumbido se convirtió en una oleada de entendimiento.

Sentí la fuerza indomable de lo salvaje, una fuerza que no necesitaba garras ni colmillos.

Era la resiliencia, la conexión con la estabilidad de la montaña.

Sentí las raíces del gran roble bajo mis pies, su lento e imparable avance a través de la tierra, un movimiento de siglos concentrado en un instante.

Era como decía la Profesora Nimue: “la naturaleza le cuenta sus secretos a quien sabe escucharla”.

Y por primera vez, sin el rugido de la bestia en mis oídos, yo estaba escuchando la tierra.

El Golem levantó su brazo de piedra de nuevo, preparándose para otro golpe.

Di un paso adelante.

—¡Víktor, no!

—gritó Samara.

Ignoré su advertencia.

Desarmado, puse mi mano no sobre el Golem, sino sobre la tierra musgosa de la que había nacido.

Proyecté mi propio sentimiento.

No furia.

No miedo.

Solo…

respeto.

Le mostré la imagen de Nimue, de los druidas, de mi propia conexión bestial con el bosque, esa que había perdido junto con mi transformación.

Le mostré que yo no era un intruso, que entendía la fuerza de la roca, la paciencia del ciclo.

El Golem se quedó inmóvil.

Sentí su “corazón” de piedra latiendo lentamente.

Y sentí, a través de la tierra, cómo mi propio latido comenzaba a sincronizarse con el suyo.

La criatura bajó lentamente el brazo.

Sus ojos de ámbar opaco parecieron brillar por un instante.

Habíamos sido juzgados.

Y aceptados.

Con un suspiro que sonó como el de rocas deslizándose, la figura se deshizo.

El musgo, la tierra y las piedras volvieron a su lugar en la base del roble, como si nunca se hubieran movido.

Abrí los ojos, sintiendo un sudor frío en mi frente.

Samara y Diana me miraban boquiabiertas.

—Víktor…

—susurró Samara, señalando mis manos—.

¿Qué es eso?

Bajé la mirada.

Mis manos, que habían estado presionadas contra la tierra, estaban cubiertas por un fino polvo de granito brillante.

Pero más que eso, sentía un poder nuevo vibrando en mis palmas.

Una fuerza pesada, estable.

La esencia de mi linaje, despojada de la furia, permanecía.

Apreté los puños.

La sensación de poder estaba de vuelta.

No la velocidad frenética del licántropo, sino la fuerza inamovible de la tierra misma.

Era Geomancia.

Cuando retiré la mano de la corteza del roble, me sentí más completo que nunca.

Samara se acercó y puso una mano en mi hombro, su apoyo silencioso era todo lo que necesitaba.

—¿Qué fue lo que sentiste?

—preguntó tiernamente.

—La tierra —respondí, mirando mis manos—.

Sentí la fuerza.

La estabilidad.

Creo…

creo que siempre pensé que el licántropo era furia y destrucción.

Pero esto…

esto es permanencia.

Diana, sacó el mapa.

—Chicos…

—dijo, con asombro en su voz.

Miramos.

El glifo que marcaba el Bosque Antiguo parpadeó una última vez y, como los demás, se desvaneció.

El nudo de la tierra se había desatado.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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