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El aullido y el lamento - Capítulo 55

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55: El Eco del Ciclo 55: El Eco del Ciclo Dejamos atrás la quietud del Bosque Antiguo, con la sensación de haber cerrado un capítulo.

Tres nudos desatados.

Solo quedaba uno.

El viaje hacia el Lago del Velo Gris se sintió diferente.

La expectación había reemplazado a la ansiedad.

Mi cuerpo aún se sentía extraño, pesado, pero fuerte gracias a la conexión con la tierra y la roca que había descubierto en el claro del roble.

Era una sensación nueva, una estabilidad que me hacía sentir más plantado en el asiento del coche.

—El lago donde ella nació —dijo Samara en voz baja, mirando por la ventana.

Su voz era apenas un murmullo—.

La Dama del Velo Gris… dijo que surgió de la tragedia de una Dríada.

—Debe ser un lugar increíblemente poderoso —comentó Diana desde el asiento trasero—.

Los lugares donde nacen las criaturas siempre guardan una memoria especial.

Tenía razón.

Mientras conducía por el sinuoso camino que ascendía por las montañas, sentía una creciente presión en el aire.

Era una densidad mágica que me recordaba a la del Bosque Antiguo, pero no era estable como la roca; esta era…

melancólica.

Olía a agujas de pino mojadas y a una profunda tristeza.

Llegamos al atardecer.

El lago no se parecía a ningún otro lugar que hubiera visto.

Era un espejo de agua oscura y perfectamente inmóvil, rodeado de altos pinos cuyas agujas parecían casi negras.

Una niebla delgada y pálida, un velo literal, flotaba a ras del agua, arremolinándose lentamente a pesar de la ausencia de viento.

El silencio era absoluto, profundo, como si el propio lago estuviera conteniendo el aliento.

Nos bajamos del coche y caminamos hacia la orilla.

El suelo era blando, cubierto por una alfombra de agujas de pino de siglos.

No había pájaros.

No había insectos.

Solo nosotros y el peso de la historia.

Me detuve en la orilla, sintiendo el frío húmedo en mi rostro.

Esta vez, no hubo un único zumbido.

Fue una resonancia compartida.

Apreté los puños, preparándome para otro guardián de piedra, para otra prueba de fuerza.

Pero el lago no me desafió.

Simplemente…

nos mostró.

La visión nos golpeó a los tres al mismo tiempo.

No fue un parpadeo.

El mundo no se desvaneció.

Simplemente, otro mundo se superpuso al nuestro.

El lago inmóvil se convirtió en un borrón de bosque verde y sol brillante.

Escuché una risa.

Era el sonido más puro que jamás había oído.

Una niña pequeña, quizás de cinco o seis años, corría por un claro, su cabello como la corteza de un árbol joven.

Era una dríada.

La seguimos con la mirada, y nuestros ojos colectivos vieron a la madre, una Dríada majestuosa, observándola desde el borde del bosque, su rostro una máscara de amor puro.

La imagen se desgarró.

El sol desapareció.

Vimos a una horrenda criatura —una abominación de escamas y garras, algo que no pertenecía a este mundo— arrastrando el cuerpo inerte de la niña y dejándolo en la orilla del lago.

La criatura desapareció entre las sombras, como si nunca hubiera existido.

El tiempo en la visión se aceleró.

Vimos el cuerpo de la niña quedarse allí.

Días.

O semanas.

Vimos la naturaleza reclamarlo.

Los insectos.

La vegetación.

El horror de la descomposición.

Y entonces, la madre la encontró.

El grito que soltó la Dríada no fue un sonido.

Fue una onda de choque de dolor puro.

Sacudió los árboles.

Hizo que la tierra temblara.

La vi arrodillarse.

Vi cómo, sin importar el estado del cuerpo, lo tomó entre sus brazos y lo acunó.

Vi cómo caminaba hacia el lago, sin detenerse, hundiéndose en las profundidades con el cuerpo de su hija, hasta que el agua oscura se cerró sobre ellas.

La visión se desvaneció.

Caí de rodillas.

El dolor no era mío, pero lo sentía.

No era un dolor emocional.

Era…

geológico.

Lo sentí en la tierra bajo mis manos, un eco de ese grito, una cicatriz permanente en el lecho de roca, un lugar donde el mundo se había quebrado por la pena.

A mi lado, Samara estaba temblando, las lágrimas corrían por sus mejillas.

—La pena…

—susurró, su voz rota—.

Es la misma.

Es la misma pérdida.

La sentí.

Diana nos devolvió a la realidad.

Estaba pálida, con los ojos muy abiertos, pero sus manos se aferraron a las nuestras.

Su tacto era cálido, sólido.

—Están aquí —dijo, su voz temblorosa—.

Estamos aquí.

Me quedé mirando el lago.

Seguía inmóvil, como si nada hubiera pasado.

Pero ahora lo entendía.

El bosque seguía vivo.

La visión había sido horrible, sí, pero también nos mostró el ciclo.

El cuerpo de la niña, en esos días que yació en la orilla, había alimentado al bosque.

Los insectos, la vegetación…

era un pensamiento crudo, pero era la verdad.

Y luego, la Dríada y su hija alimentaron el lago desde sus profundidades.

Su muerte, esa muerte antinatural, ese arrebato, ese robo…

aun así, había creado vida.

Y no solo vida.

Creó a la Dama del Velo Gris.

La conectó con el lago.

Todos en una misma cadena.

El Guardián de Piedra me había enseñado sobre la fuerza de la naturaleza.

Este lago me estaba enseñando sobre su propósito.

La bestia dentro de mí, el licántropo, había sido un depredador.

Tomaba.

Imponía su voluntad.

Pero esto…

esto era diferente.

Cazar, comer, morir, descomponerse…

todo era parte del mismo tejido.

Entendimos que el nacimiento de la Dama no fue solo la creación de una banshee; fue la consagración de un lugar como un monumento eterno al dolor, una muestra de cómo la magia no solo nace o se aferra al tejido vivo, está en todos los aspectos de la naturaleza, puede aferrarse a la roca, contar historias en pedazo de tierra, Me quedaba claro, así como Nimue podía hablar con el viento, yo lo hacía con la tierra bajo mis pies.

El dolor…

aún estaba aquí.

El nudo no estaba desatado.

La visión no había sido la prueba.

Había sido la lección.

Quise poner a prueba mi teoría, Puse mi mano en el suelo.

La roca bajo la tierra respondió a mi llamado.

La sentí moverse, juntarse, obedeciendo a la nueva conexión que había forjado en el claro del roble.

Desafiando toda lógica, las piedras se unieron.

Una pequeña lápida de granito crudo emergió del suelo a la orilla del lago.

No tenía nombres, no tenía fechas.

No era necesario.

Era un gesto.

Un monumento de mi parte para honrar a la Dríada y a su pequeña hija.

Un reconocimiento de su dolor, pagado con la única moneda que ahora poseía: la tierra misma.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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