El aullido y el lamento - Capítulo 56
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- Capítulo 56 - 56 Espíritu guardián
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56: Espíritu guardián 56: Espíritu guardián La calma después de la visión fue casi peor que la visión misma.
La quietud del lago se sentía ahora opresiva, como la quietud de una tumba.
Saqué el mapa.
El glifo del lago seguía brillando.
La misión no había terminado.
—¿Y ahora qué?
—preguntó Diana, su voz apenas un susurro—.
¿Esperamos a otro Golem?
Antes de que pudiera responder, la niebla sobre el agua comenzó a moverse.
Se arremolinó, no con el viento, sino con intención.
La niebla pálida se levantó de la superficie y fluyó hacia nosotros, envolviéndonos en un abrazo frío y húmedo que olía a lodo antiguo y a una profunda melancolía.
Nos rodeó, aislándonos por separado del mundo.
Y entonces, una voz resonó, no en mis oídos, sino directamente en mi mente.
«¿QUIÉN ERES?
» La voz era vasta, plural, como el susurro de mil gotas de agua hablando al unísono.
Era la voz del lago.
Del dolor mismo.
Pensé en Samara y Diana.
Me preguntaba si ellas también la habían oído, o si estaba yo solo en este juicio.
«¿QUIÉN ERES PARA PISAR ESTE SUELO SAGRADO?
» Resonó de nuevo la voz Tragué saliva, el aire helado llenando mis pulmones.
¿Qué podía responder?
¿El licántropo ?
La visión de mi linaje fallido me vino a la mente.
¿El guerrero?
Había perdido mi magia.
Busqué en mi interior, más allá de la furia y el orgullo.
Busqué la verdad que había encontrado en el Bosque Antiguo.
—Soy Víktor —dije, mi voz sonaba extraña en la niebla—.
Soy parte del ciclo.
Soy parte del mundo.
Como licántropo he cazado, y he comido lo que me ha dado la tierra.
La misma tierra que algún día alimentaré con mi cuerpo y que hoy puedo sentir y escuchar.
La niebla se arremolinó con más fuerza.
El agarre del frío se intensificó.
¿QUIÉN ERES…
PARA ELLAS?
La pregunta me golpeó donde más dolía.
Pensé en Samara, en como solía mirarme, y en Diana…recordé como se aferraba a mi mano durante la visión del lago.
¿Qué era yo para ellas?
El que rompió la cama.
El que las arrastró a un ritual de sacrificio.
El que falló en protegerlas.
Pero también…
el que había sentido la desesperación, el amor, la duda y el miedo.
El que había prometido no dejarlas solas.
—Soy su roca —respondí, mi voz ganando fuerza.
La conexión que había sentido con el Golem volvió a mí—.
No soy solo fuerza.
Soy permanencia.
Soy su tierra.
Quien provee refugio y alimento.
La niebla se detuvo.
El silencio se alargó, tenso y absoluto.
Y entonces, tan rápido como había llegado, la niebla retrocedió, fluyendo de regreso a la superficie del lago, dejando el aire limpio y fresco.
La última luz del sol se había extinguido.
Saqué el mapa.
El último glifo, el que marcaba el Lago del Velo Gris, parpadeó con una luz plateada y se desvaneció.
El pergamino estaba en blanco.
La misión había terminado.
Nos levantamos, nuestros cuerpos cansados, pero nuestras almas extrañamente en paz.
Nos habíamos enfrentado a los ecos del pasado, y en lugar de ser destruidos por ellos, habíamos aprendido a escucharlos.
Miré a Samara bajo la luz de la luna naciente.
—¿Y ahora qué?
—pregunté.
Ella tomó mi mano, sus dedos se entrelazaron con los míos con una fuerza tranquila y segura.
—Ahora —dijo, con una pequeña sonrisa— Volvemos a casa.
—Podemos ir mañana —dijo de pronto la voz de Diana.
Nos giramos para verla.
Estaba de pie a unos metros de nosotros, señalando hacia un pequeño claro entre los pinos —.
Mientras ustedes estaban…
desconectados, yo instalé la casa de campaña que traía en mi mochila.
Samara y yo la miramos, incrédulos.
—¿Qué no estábamos todos en la niebla del espíritu?
¿no te llevo a ti tambien?
Pregunté —¿Qué no estábamos todos en la niebla del espíritu?
—pregunté, confundido—.
¿No te llevó a ti también?
Diana se rio, un sonido brillante que cortó la solemnidad de la noche.
—Claro que sí, bobo.
Pero supongo que yo respondí más rápido —dijo, encogiéndose de hombros—.
Las preguntas del lago no fueron tan difíciles, aunque me dijo que no podía contarles cuales fueron.
—No me pareció tan complicado.
Tuve tiempo suficiente para armar la tienda mientras ustedes dos volvían de su viaje existencial.
Efectivamente, allí, perfectamente montada, había una pequeña tienda de acampar, con un par de sacos de dormir ya extendidos en la entrada.
La caótica mochila de Diana, al parecer, contenía un universo de posibilidades.
—Pensé que después de…
todo esto —continuó Diana—, pensé que quizás no querrían volver corriendo.
El lago ya no se siente triste.
Solo…
tranquilo.
Samara me miró, una pregunta silenciosa en sus ojos.
Asentí.
La idea de una noche más de paz, lejos de las torres góticas y las expectativas, era exactamente lo que necesitábamos.
Pasamos la noche alrededor de una pequeña fogata que Diana encendió con sorprendente habilidad.
El fuego ardía, lanzando chispas anaranjadas que se perdían en el cielo oscuro y lleno de estrellas.
El aroma a pino quemado se mezclaba con el aire fresco de la montaña.
No hablamos de la pérdida, ni del dolor.
Hablamos de lo que habíamos encontrado.
—Es como si la tierra me hablara en un idioma que siempre estuvo ahí, pero que el rugido de la bestia no me dejaba escuchar —dije, mirando las llamas —.
Siento la fuerza de la roca, la sed de las raíces.
La bestia me hacía parte de la caza; esto…
esto me hace parte del mundo.
Samara, acurrucada cerca del fuego, con las rodillas abrazadas, asintió.
—Yo ya no escucho el final de las cosas —dijo en voz baja.
—.Ahora siento…
el comienzo.
El susurro de una nueva hoja que se abre, la promesa de vida en un huevo sin eclosionar.
Pasé tanto tiempo siendo un eco de la muerte que olvidé cómo suena el pulso silencioso de la vida.
Es…
tranquilo.
Diana, por su parte, nos escuchaba en silencio, girando una salchicha en un palo sobre el fuego con una concentración absoluta.
Le dio un mordisco a su cena improvisada y nos miró, primero a mí, luego a Samara.
—Me alegro por ustedes —dijo con sinceridad.
Hizo una pausa, masticando lentamente—.
Es como si…
antes, ustedes dos fueran una tormenta.
Poderosos, sí, y fascinantes de ver, pero aterradores.
Siempre al borde de destruir algo.
Miró el reflejo del fuego en el agua oscura del lago.
—Y ahora…
ahora son como el bosque y el lago.
Aún poderosos, pero…
en paz.
Sincronizados.
Me gustan más así.
Su observación, tan simple y profunda, nos dejó sin palabras.
Era la verdad.
Diana soltó un bostezo enorme y dramático que rompió el momento solemne.
—Bueno, toda esta paz y reflexión me ha dado un sueño increíble —anunció, levantándose y estirándose—.
Los dejo solos, tortolitos.
No hagan nada que yo no haría.
Lo cual, siendo sinceros, les deja un montón de opciones.
Con un guiño, se metió en la tienda de acampar.
Más tarde, cuando el fuego se había reducido a brasas y los suaves ronquidos de Diana se escuchaban desde la tienda, Samara y yo nos quedamos mirando el reflejo de las estrellas en el agua inmóvil del lago.
Apoyó su cabeza en mi hombro.
—Gracias, Víktor —susurró.
—¿Por qué?
—Por buscar conmigo, incluso cuando no sabíamos qué buscar.
—Siempre —respondí, besando su frente.
Esa noche, bajo un cielo lleno de estrellas silenciosas, dormimos, no como criaturas rotas en busca de una cura, sino como dos personas que, habiendo enfrentado todos los ecos de su pasado, finalmente estaban listas para empezar a construir su futuro
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